Anáhuacmiquiztepicanoah 3


VERDUGOS DEL ANÁHUAC

YEHUANTIN TLATSAKUILTIANIME IKUAN ANAHUAC

Anáhuacmiquiztepicanoah

 

Ipan Yei pemulo

Capitulo 3

 

REPÚBLICA DE CALIFORNIA. Nuevo Monterrey 16 noviembre 2208, Madrugada, hora imprecisa. Zona suburbana

 

El cielo estrellado brillaba como un manto de consuelo, un placebo para el vacío que Rosalinda sentía en lo más profundo de su alma. De niña, había soñado con un futuro lleno de posibilidades: ser maestra, artista o quizá una líder de su comunidad. Pero las dificultades económicas y la realidad de haber nacido en la Sierra Tarahumara, dentro de una comunidad indígena marginada, erosionaron esas aspiraciones como el viento desdibuja los surcos de una montaña.

Ahora, aislada en un nuevo mundo, en el que sus recuerdos eran solo eso, recuerdos de un mundo que jamás existió, bajo ese mismo firmamento que solía contemplar con su hermana menor en las noches más oscuras, encontraba un tenue alivio. Las estrellas eran su vínculo intangible, un puente entre dos mundos separados por distancias imposibles: el hogar que dejó atrás y esta dimensión extraña, donde todo parecía un eco distorsionado de su realidad. Aunque los cielos seguían siendo los mismos, la tierra bajo sus pies había cambiado. Frente a ella se extendía un paisaje lúgubre, dominado por el esqueleto de una ciudad bombardeada por ojivas nucleares tácticas y una penumbra que parecía eterna, como si el tiempo mismo hubiera perdido su curso.

Se llevó una mano al rostro para secar las lágrimas que, inevitables, rodaban por sus mejillas. Pensar en la familia que había dejado atrás, especialmente en su hermana, le llenaba el pecho de una mezcla dolorosa de nostalgia y culpa. Pero, al mismo tiempo, el peso de su decisión se equilibraba con la certeza de su propósito. Abandonó todo lo que conocía porque estaba convencida de que su sacrificio era necesario.

Recordó al comandante, esa figura imponente cuya presencia parecía llenar cualquier espacio con autoridad y propósito. Para ella, no era solo su líder; era el artífice de un despertar que había transformado a una comunidad oprimida y desmoralizada en un ejército decidido. Durante generaciones, los pueblos indígenas habían sido tratados como reliquias vivientes, conservados únicamente como elementos pintorescos de un país que lucía su diversidad cultural como un trofeo para el turismo extranjero. La riqueza de su herencia ancestral, en lugar de ser motivo de orgullo y respeto, se había convertido en un escaparate vacío, una postal para «pueblos mágicos» mientras sus habitantes vivían en el abandono y la miseria.

Eran invisibles para un gobierno que solo los reconocía en época de elecciones, cuando se les ofrecían promesas tan vacías como las urnas que llenaban con sus votos. Después, el silencio. Su lucha por agua limpia, educación digna o un simple camino pavimentado quedaba relegada a un último lugar en la lista de prioridades. Año tras año, la injusticia se acumulaba, como una montaña de agravios que ningún discurso conciliador podía disimular.

El comandante y sus tropas aparecieron en medio de ese hartazgo colectivo. Ellos, su gente, no eran académicos ni políticos, eran personas que entendían su dolor desde dentro, que conocían la furia de sentirse olvidados. Su voz resonó en los campos y en las serranías, uniendo a comunidades que antes solo compartían su desamparo. Bajo su mando, el ejército que formaron no se levantó con promesas vacías, sino con armas y convicciones, decidido a derrumbar el sistema que durante tanto tiempo los había ignorado.

Rosalinda recordaba aquel día con una intensidad que aún le erizaba la piel. En la primera gran asamblea, el comandante, con un machete alzado hacia el cielo, se convirtió en el símbolo viviente de su rebelión. Su mirada, dura como el acero, recorría a los presentes: campesinos de manos encallecidas, mujeres que cargaban en sus rostros la dignidad de generaciones, jóvenes que solo habían conocido un futuro incierto y ancianos cuyas historias eran relatos de resistencia. A su lado, sus subordinados principales se erguían como columnas de aquella insurgencia: el estratega silencioso que calculaba cada movimiento, el tirador que jamás fallaba un disparo, el líder de los más jóvenes, cuya energía incendiaba el ánimo colectivo y varios más subordinados que juntos formaban un núcleo de liderazgo tan diverso como el pueblo que representaban, pero unidos por una sola causa.

“Ya no somos piezas de museo, ni adornos para las calles de los ricos. Somos un pueblo vivo, y este país nos debe una deuda que vamos a cobrar”, proclamó el comandante con una voz que no admitía titubeos. Su tono era calmado, pero sus palabras ardían como brasas en los corazones de quienes lo escuchaban.

A partir de ese momento, el levantamiento se convirtió en una realidad imparable. Aquella asamblea no fue solo un acto simbólico; Fue el inicio de una guerra. Las instituciones del país, esas que vestían la fachada de justicia y desarrollo, pero que en el fondo habían perpetuado la miseria y la opresión, eran ahora el enemigo. Los ejércitos nacionales de los estados “nación” en que habían partido la memoria de los pueblos originarios, con sus banderas ondeando como advertencia, eran el brazo armado de un sistema que durante siglos había pisoteado a los pueblos indígenas.

Rosalinda, como tantos otros, sintió cómo el discurso del comandante se transformó en un mandato ineludible. En el momento de la insurrección, no solo se alzaron los rifles; se alzó un pueblo entero contra las instituciones que los habían condenado al olvido. Cada subordinado del comandante fue una pieza clave en el engranaje de una maquinaria que no luchaba por venganza, sino por supervivencia y dignidad.

A pesar de la brutalidad de lo que siguió, no podía negar que aquellos hombres, le dieron algo que antes parecía imposible: un propósito. Pero ese propósito no estuvo exento de sombras. Para construir algo nuevo, tuvieron que destruir lo viejo. El comandante había liderado la caída de una nación imperfecta, dejando tras de sí un vacío en la historia. De la destrucción surgía la posibilidad de algo nuevo, algo que quizás su hermana, sus futuros sobrinos o los hijos de sus compañeros y amigos que dejo atrás podrían llamar suyo.

Tras la victoria, Rosalinda sintió que su vida había cobrado un nuevo significado. No solo había luchado por su gente, sino que había encontrado un propósito más amplio: devolverles la gratitud a aquellos hombres que, arriesgaron todo para liberar a su pueblo. Con esa convicción, decidió acompañar al comandante y a su grupo de soldados al mundo que era su hogar, un lugar tan distante y extraño que parecía sacado de un sueño febril.

El viaje a esta nueva dimensión no fue fácil. Rosalinda dejó atrás todo lo que conocía: su tierra, su cielo, incluso la memoria del mundo que había defendido con tanto sacrificio. Pero lo hizo con la misma convicción que la había llevado a unirse a la causa en primer lugar. Sabía que, en este mundo, ellos enfrentaban una lucha similar. Allí también existían amenazas que intentaron aplastar la dignidad de su pueblo, estructuras que, como en su propia realidad, intentaron relegar a otras gentes igual de vulnerables que los suyos al olvido y la explotación.

Al llegar a esta dimensión, los voluntarios que los acompañaron, se encontraron en un territorio que les era completamente ajeno. Las reglas, los paisajes y hasta el aire mismo parecían distintos. Pero lo que más les impactó no fue la extrañeza del entorno, sino el carácter de la gente que habitaba este mundo. Rosalinda quedó maravillada por el orgullo que se relataba de la nación del comandante. En las imágenes y videos que veía en los medios de información, lejos de sus fronteras. No había rastro de opresión en sus rostros, ni de sometimiento en sus gestos. En cambio, vio una sociedad que vivía con la cabeza en alto, una nación valiente que enfrentaba las dificultades con una determinación férrea. Cada habitante parecía portar un compromiso absoluto con la defensa de sus valores y de su forma de vivir. Este era un pueblo que no temía a los peligros ni a la muerte, porque sabían que su lucha era el precio de su libertad y dignidad.

Entendió el carácter de aquellos soldados que por obra de un accidente del destino habían viajado al mundo originario de Rosalinda. Y a aquel comandante, de pie en medio de su gente, no parecía un líder distante, sino una extensión del mismo espíritu indomable que caracterizaba a su nación. Sus soldados, hombres y mujeres curtidos por la batalla, eran héroes en quienes se encarnaba el temple de su sociedad. Cada uno era un pilar de esta resistencia, y Rosalinda sintió, con una mezcla de respeto y humildad, que había llegado a un lugar donde los ideales de lucha y sacrificio se vivían con una pureza que jamás había conocido.

 

Rosalinda entendió que no estaba allí solo como una invitada o una testigo. Se preparó para contribuir, para convertirse en parte activa de esa vigilia constante que mantenía este pueblo contra cualquier amenaza que pudiera poner en peligro su destino. Aquí, la lucha no era algo que se emprendiera en momentos de crisis; era un estado permanente, una forma de vivir. Rosalinda aprendió de ellos a mirar de frente a los desafíos, a encontrar fortaleza en la unión y a reconocer que, en la defensa del bienestar colectivo, no había espacio para el temor ni la indiferencia.

La nación del comandante no era perfecta, pero su gente era un recordatorio viviente de lo que la dignidad y el coraje podían lograr. Rosalinda dejó de sentirse una apátrida. En este nuevo mundo, aunque las raíces de su tierra natal seguían vibrando en su corazón, encontró una causa a la que consagrarse: la defensa de una nación que había adoptado como suya, que le había mostrado que la lucha no termina con la victoria, sino que se renueva con cada amanecer.

Así, junto a aquellos hombres que en este mundo tenían un apelativo terrorífico que demostraba la intimidación que el solo susurro de sus nombres proyectaba en el enemigo, Rosalinda asumió su lugar en esta nueva lucha. Bajo cielos desconocidos y con enemigos invisibles acechando en la sombra, supo que sus acciones, tanto en el campo de batalla como en los momentos de paz, no solo protegerían a esta nación orgullosa, sino que también serían una promesa para las generaciones venideras: la promesa de un futuro donde el pueblo que adoptó prevalecería sobre cualquier amenaza.

Mientras observaba las ruinas en el horizonte, respiró profundamente. En ese aire denso, cargado de polvo y silencio, sintió la dureza de su nueva realidad. Pero también, enterrada en el corazón de aquella desolación, brillaba una pequeña llama de esperanza.

Rosalinda levanto la frente. En la distancia la silueta de un soldado se acercó, a causa de la iluminación de la luna contorneando las líneas de su silueta, ella reconoció que se trataba de uno de sus pocos amigos en este mundo.

Samuel se acercó agachado a la francotiradora agazapada en la cornisa del edificio, mirando el recién llegado a su compañera con su cuerpo arqueado y unos glúteos que encendían pasiones, él se quedó inmóvil momentáneamente devorándola con la mirada…

-Rápido, termínate el taco de ojo y dime que te trae a mi aburrida guardia.-espetó ella con severidad.

-Lo siento, sabes que aquí es imposible no deleitarse con la figura de una sensual dama y menos si está acompañada por una atractiva chica mexicana-  respondió Samuel mientras le dedicaba su sonrisa más picara.

-Idiota, sigue haciéndote el gracioso con mi rifle y la próxima vez que te encuentre desprevenido en tu vigilia, le pediré a mi “dama” que te de un culatazo en el hocico.

-Tranquila no es para tanto. La coronel Veronica me pidió avisarte personalmente para mantener el silencio de radio que ya casi es hora de la infiltración. La escuadra del comandante está a 5 minutos del objetivo, debes prepararte para dar cobertura en caso de que surjan imprevistos. Entonces ¿Ese es el arma que llaman “El ultimo rifle”?

-Según lo que me comentó el comandante así parece, es un nombre que le pusieron en Europa después de una de tantas guerras entre los musulmanes contra los blanquitos de Europa oriental. El Anáhuac desarrolló el rifle pero llegó tarde para que lo desplegaran en grandes cantidades, al final quedó guardado en los almacenes de sus filiares en aquellos países, luego vino lo gracioso, los europeos después pasaron a un estado de idealismo hippie. No querían recordar nada que tuviera que ver con su última guerra o no querían desembolsar presupuesto en veteranos de guerra clínicamente discapacitados, y tan pronto sustituyeron sus fuerzas armadas por defensas automatizadas, intentaron aplicar la eutanasia a todos los militares veteranos…

-Vaya… ¿Y qué pasó? ¿Asesinaron a los veteranos?-

-Se supone que lo intentaron, pero ellos lograron organizarse y el tiro les salió por la culata a los burócratas. Los veteranos armaron una mierda de guerra civil contra los gobiernos que intentaron aplicarles eutanasia forzada y después de hacer toda clase de destrozos, huyeron y fundaron su propio estado protegido dentro del territorio de la Novorossiya. Ahora Europa Oriental tiene por un lado a los musulmanes envalentonados que pretenden invadir las ciudades europeas, y por otro lado a una pequeña nación de exmilitares resentidos que tienen a este rifle como símbolo de su bandera, que en cualquier momento si se desata otra guerra regional esos renegados participaran en el desquite…

Según me dijo el comandante, uno de los veteranos escribió un libro, tan pronto termine esta guerra y por fin conozca la Federación Anáhuac, buscaré una versión de coleccionista impresa en alguna amoxcali.

-¿A y como se llama el libro?

-“El fin de las armas”

-Buen nombre para un título…

-Bueno, vayamos al trabajo entonces, seré tu observador…

Desde lo alto de un rascacielos en ruinas, Rosalinda y su compañero, los dos vigilaban con precisión. Sus ojos, ocultos tras lentes de alta tecnología, exploraban las sombras que se extendían como un manto denso sobre la ciudad devastada. A través de los teleobjetivos de rayos X, podían escudriñar cada rincón de las estructuras abandonadas que rodeaban el centro urbano. Desde allí, su misión era clara: proteger al comandante y a su grupo, avanzando como espectros en la penumbra de las calles abajo.

En la periferia, el equipo de comandos se movía con una sincronización casi orgánica. Ocho figuras se desplazaban en formación cerrada, cada paso calculado, cada movimiento reflejo de entrenamiento impecable. Sus armas, levantadas en todas direcciones, transformaban su formación en algo más que un simple grupo de soldados: parecían un híbrido extraño, una criatura de guerra, mitad gusano alargado, mitad puercoespín, cuyas espinas letales eran rifles apuntando a cada ventana, puerta o sombra que pudiera esconder un enemigo.

La ciudad misma parecía conspirar contra ellos. Ventanas rotas y muros derruidos formaban un laberinto que ofrecía infinitas posibilidades de emboscada. Cada esquina era un posible escondite, cada crujido del viento un recordatorio de los peligros invisibles. Rosalinda, con el dedo rozando el gatillo de su rifle de francotirador, barría los sectores asignados con paciencia de cazadora. Cada respiración lenta y controlada le permitía alinear su puntería, buscando cualquier movimiento extraño que rompiera el ritmo del paisaje desolado.

“El comandante está cerca de la zona objetivo,” susurró su compañero a través del comunicador, su voz baja como un eco en la oscuridad. Rosalinda asintió, manteniendo su vista fija en un edificio en la distancia, cuyas sombras parecían moverse de manera imperceptible. Ella sabía que el éxito de la misión dependía no solo de la habilidad del equipo en tierra, sino de su capacidad para ver lo que otros no podían. En las alturas, era sus ojos y su rifle quienes guardaban el destino del hombre que había cambiado su vida.

Mientras el equipo se acercaba más al centro del peligro, Rosalinda sintió cómo el peso de su responsabilidad se hacía tangible. A pesar de los nervios, sabía que no podía permitirse ni un error. Ella y su compañero no eran solo vigilantes; eran el escudo invisible que protegería a los suyos. La luna apenas iluminaba el cielo, pero la luz de las estrellas era suficiente para que Rosalinda supiera que estaba lista.

El líder del pelotón levantó la mano en un gesto preciso, una señal que cortó el silencio como un cuchillo. Sus movimientos eran metódicos, casi mecánicos, pero cargados de la urgencia silenciosa que dicta la supervivencia en un escenario de guerra. Cada soldado entendió la orden al instante: mantener el ritmo del avance, pero sin bajar la guardia.

El grupo se detenía cada vez que alcanzaban un cruce de calle o avenida, como si las sombras mismas del entorno los estuvieran observando. En esos momentos, el comandante al frente hacía señales con las manos, tan claras y eficaces como si fueran palabras susurradas en la oscuridad. Dos soldados se adelantaban entonces, moviéndose con pasos controlados, casi imperceptibles, hasta encontrar refugio detrás de un muro de la siguiente calle. Allí, en su posición de vigía, escudriñaban cada rincón en la distancia, buscando cualquier atisbo de movimiento que pudiera revelar una amenaza.

Solo cuando los exploradores daban la señal de que el camino estaba despejado, el resto del grupo avanzaba. Dos a la vez, como un reloj sincronizado, cruzaban el cruce con armas en alto, vigilando cada ventana rota, cada sombra que parecía alargarse en el borde de su visión. La formación compacta, semejante a un puercoespín de guerra, volvía a formarse en cuanto la última pareja alcanzaba la siguiente calle. Luego, todo el proceso comenzaba de nuevo, con una precisión que hablaba de entrenamiento incansable y nervios templados en el fuego de innumerables batallas.

El avance era lento, pero seguro. Les había tomado más de tres horas recorrer toda la distancia que los separaba de su destino en los suburbios desolados de Nuevo Monterrey. Los edificios, en su mayoría residenciales, no se alzaban más de cinco pisos, pero cada estructura parecía un gigante dormido, repleto de secretos y peligros, esperando cualquier error para devorarlos.

Finalmente, los comandos llegaron al edificio marcado como su destino. La estructura, aunque modesta, se alzaba imponente en medio de la devastación, como si resistiera el paso del tiempo y la guerra con una obstinación silenciosa. El equipo se desplegó de inmediato en parejas, siguiendo un patrón cuidadosamente ensayado. Dos soldados se posicionaron a la izquierda, ocultándose tras un muro derrumbado, mientras otros dos tomaban el flanco derecho, utilizando como cobertura un auto-motor abandonado.

El líder del pelotón avanzó hacia la puerta principal, su figura erguida pero alerta, introduciendo una clave en el panel de acceso. Mientras tanto, tres de sus hombres se colocaron detrás de él, formando un escudo humano, listos para entrar al edificio en cuanto las puertas cedieran. La tensión era casi palpable, como una cuerda tirante que amenazaba con romperse en cualquier momento. Cada segundo que pasaba, cada crujido distante o susurro del viento, parecía alargar el tiempo, estirándolo en una atmósfera sofocante de expectativa.

El edificio en el que  acababan de ingresar era una casa de seguridad de la Federación Anáhuac localizada en la ciudad de Nuevo Monterrey, capital de la república de California desde que el aumento del nivel del mar inundó la vieja capital Monterrey.

El líder del grupo era un veterano curtido por incontables batallas, un estratega frío y calculador cuya experiencia en operaciones clandestinas y guerra de guerrillas le había conferido un aura de leyenda entre sus seguidores. Sin embargo, esa reputación llevaba consigo un peso oscuro: las cicatrices invisibles de años de decisiones moralmente ambiguas, ejecutadas en la sombra y lejos de cualquier escrutinio. Para él y su pelotón, los límites entre el heroísmo y el fanatismo se habían vuelto borrosos, difuminados por un ideal que justificaba incluso las acciones más cuestionables en nombre de un bien mayor.

En los años recientes, este grupo de soldados había llevado a cabo operaciones encubiertas que superaban cualquier mandato oficial. Más que soldados, se habían transformado en arquitectos del caos, manipulando el tablero político y social de la republica de California sin la autorización —y mucho menos el conocimiento— del gobierno que representaban. Sus tácticas incluían la infiltración en comunidades locales de supremasistas angloamericanos, la incitación de conflictos étnicos en contra de minorías californianas y la promoción subrepticia de células extremistas. Alimentaron el odio y la desconfianza entre las minorías y las clases dominantes, fracturando el tejido social mientras sembraban dudas profundas sobre la capacidad del estado para proteger a sus propios ciudadanos.

Cada misión que llevaban a cabo dejaba un rastro de devastación en el tejido de esta sociedad. Siempre auto justificándose, diciendo que todo era parte de un plan superior, que las grietas que abrían en la sociedad eran necesarias para completar un circulo, un viaje y un destino que comenzó muchos años atrás.

Cuando su pelotón regresó a este mundo, lo hicieron con un propósito tan ambicioso como inquietante. Acababan de completar una operación cuyo impacto resonaría durante generaciones. Aquella misión, registrada únicamente en los archivos más secretos de su nación, era un evento fundacional, una chispa que redefiniría no solo la historia de su propia civilización, sino también el destino de toda la humanidad en este planeta.

Al final de esa misión, los sobrevivientes del pelotón cargaban consigo no solo sus armas y equipo con el cual habían partido al combate, volvieron trayendo consigo los recursos estratégicos de todo un planeta, y también información de un valor incalculable. Era conocimiento que, si se utilizaba correctamente, alteraría toda la historia futura de su civilización e incluso de toda la humanidad a una escala muy superior de lo que abarca la imaginación.

Todas las maniobras clandestinas, crímenes cuidadosamente orquestados y atentados de falsa bandera llevados a cabo por su grupo de extremistas culminaron en un éxito que podría describirse tanto como maquiavélico como aterrador. Dos meses atrás, las fuerzas militares del histórico aliado y protector de los californianos, lanzaron una invasión repentina y devastadora contra el norte de esta república. Fue un movimiento calculado, alimentado por años de fracturas internas que habían debilitado las bases sociales y políticas del país invadido. Las disensiones sembradas entre las etnias minoritarias de descendientes de inmigrantes angloamericanos, los levantamientos subversivos y las violentas represiones gubernamentales habían erosionado cualquier posibilidad de unidad nacional, dejando a la república vulnerable como una presa herida en un desierto lleno de depredadores.

A ello se sumó la astuta filtración de información crítica. Los documentos proporcionados a los espías del ahora país invasor eran como semillas venenosas plantadas en su inteligencia militar, advertencias envenenadas sobre la creciente amenaza que esta república representaba para la propia supervivencia de su nación. El temor era un fuego que consumía rápidamente la cordura de los altos mandos del vecino país, y la narrativa cuidadosamente manipulada los convenció de que no tenían otra opción: si no intervenían de inmediato, la amenaza de una nueva tecnología militar que por mérito propio era mucho más amenazante que cualquier arma de destrucción masiva creada hasta entonces por la humanidad, se extendería más allá de sus fronteras y podría devastar del planeta entero.

Para el país invasor, esto no era solo una acción militar; era una cuestión de supervivencia. La existencia misma de su nación, su cultura, sus valores, y su historia, parecía pender de un hilo. En sus ojos, la república que ahora atacaban no era más que un volcán dormido al borde de la erupción, y la única manera de evitar la catástrofe era tomar el control del terreno y tomar para si mismos el control sobre la amenaza y el grial que prometía la tecnología de esta nación. La invasión, aunque sorpresiva, fue devastadora en su precisión, como una tormenta cuidadosamente dirigida que destruyó estratégicamente puntos clave del norte del país en cuestión de días.

La amenaza existencial que justificó la invasión no solo había sido creada, sino que había sido amplificada y dirigida con una rigurosa precisión. Las tensiones internas de la república invadida habían sido como grietas en una presa, y el grupo de operaciones clandestinas se había asegurado de convertir esas grietas en un colapso completo.

 

Y ahora, mientras las sombras de la guerra se extendían por todo este país, los soldados bajo el mando del líder seguían operando con la misma frialdad, aprovechando el caos que ellos mismos habían ayudado a desencadenar. Su misión no había terminado; apenas comenzaba en un escenario donde las líneas entre el bien y el mal se habían convertido en un pantano nebuloso, y cada decisión parecía llevarlos más lejos de cualquier redención posible.

La Unión Angloamericana había mordido el anzuelo, ningún estratega de cualquier agencia de inteligencia se habría imaginado que, todos los eventos ocurridos en California en los años recientes fueron solo una serie de pasos en un elaborado juego de patolli, destinadas sólo a asegurar el éxito de la importante tarea que le esperaba al interior de esta casa de seguridad.

 

Casa de seguridad de las Fuerzas armadas nahuatlmeh Nuevo Monterrey

 

 

El Verdugo y su comitiva avanzaron con pasos firmes por el interior del inmueble, cada rincón envuelto en sombras parecía ocultar secretos. Finalmente, llegaron a la oficina principal, una habitación amplia decorada con un mobiliario que evocaba un estilo austero, pero con detalles discretamente ornamentados, testigos mudos de un pasado lleno de intrigas y poder. Sin perder tiempo, comenzaron a inspeccionar meticulosamente en busca de un interruptor oculto, uno que, según los informes, debía estar integrado en algún elemento del mobiliario.

 

Treinta largos minutos de escrutinio exhaustivo transcurrieron antes de que uno de los soldados, con una mezcla de alivio y orgullo, identificara el mecanismo escondido. Era una pequeña escultura de un jinete cherokee, tallada en madera oscura y desgastada por el tiempo, pero que aún conservaba detalles exquisitos: el rostro del jinete, tallado con solemnidad, parecía mirar hacia el horizonte, mientras su caballo galopaba eternamente sobre una base de mármol negro. Los jinetes nativoamericanos eran un símbolo poderoso de la Federación Anáhuac, uno de los muchos íconos distintivos que tejían el mosaico cultural de la nación. Este símbolo no solo representaba su destreza en la guerra, sino también su resiliencia y orgullo en una historia marcada por luchas constantes.

 

La escultura evocaba un episodio decisivo de la Segunda Guerra Anáhuac-Angloamericana, un conflicto librado a inicios del siglo XX. Durante esta guerra, los jinetes cherokee, junto con regimientos blindados, infantería mecanizada y otras divisiones del ejército del Anáhuac, lanzaron un ataque sorpresa sobre el sur de Angloamérica. Era un momento de estrategia magistral: las fuerzas angloamericanas, completamente distraídas por su intervención en Europa para asistir al Tercer Imperio Francés, no vieron venir el asalto. En cuestión de semanas, las tropas anahuacas ocuparon vastas extensiones de territorio, avanzando con una rapidez que desbarató las líneas enemigas y desmoralizó a las fuerzas locales.

Pero la historia de los jinetes y la Federación Anáhuac no comenzó allí. Mucho antes, en los primeros años del siglo XIX, las tribus fundadoras del «Consejo de los Pueblos», un órgano multiétnico que sentaría las bases del gobierno anahuaca, enfrentaron desafíos aún mayores. En una serie de enfrentamientos históricos, los ejércitos convocados por los líderes del Consejo derrotaron a las fuerzas coloniales americanas de España. Estas batallas culminaron en la histórica victoria de Managua en 1814, donde las tropas anahuacas, combinando tácticas tradicionales y modernas, expulsaron al último bastión español de sus tierras. Más al sur, cruzando la frontera de la selva de Darién, los países sudamericanos continuaron la lucha, logrando expulsar a los españoles de todo el continente.

 

Fue un momento transformador. El triunfo en Managua no solo aseguró la liberación de las tierras del Anáhuac, sino que también marcó el nacimiento de una nación unificada y heredera de las civilizaciones antiguas de América. Los aztecas, los mayas, los purépechas, los zapotecas y otras culturas que alguna vez florecieron en el zócalo del continente dejaron su impronta en la identidad de esta nueva nación. El nombre Federación Anáhuac, elegido para simbolizar la unión de los pueblos y el respeto por su legado, resonó en el resto del mundo como un emblema de independencia y resistencia frente a la opresión colonial.

 

A pesar de los logros, las cicatrices del pasado eran evidentes. La guerra había desplazado a muchas comunidades nativas de sus territorios ancestrales, y aunque el Consejo de los Pueblos se había esforzado por integrar a todas las etnias en un proyecto común, las tensiones internas nunca desaparecieron por completo. Cada batalla, cada conquista y cada sacrificio habían dejado una marca imborrable, tanto en la tierra como en la memoria colectiva de los anahuacas.

 

Mientras el Verdugo observaba la escultura, sus pensamientos vagaron por un instante hacia esa rica y turbulenta historia. En su mente se entrelazaban las imágenes de los jinetes cherokee cabalgando con bravura por los campos del sur de Angloamérica, con los guerreros de Managua defendiendo férreamente las fronteras nacientes de una nación en ciernes. Era como si cada figura de bronce, con sus detalles labrados, contuviera en su galope la promesa y el sacrificio de aquellos que lucharon por un sueño de unidad y libertad.

 

El proyecto de la Federación Anáhuac fue mucho más que una independencia política; fue un ambicioso renacimiento de los pueblos nativoamericanos. Desde las montañas de Ma-tuh-ZEL, donde la capital oculta de Huey Tenango servía como refugio y centro estratégico, los ejércitos anahuacas marcharon con resolución. A su paso, pueblos dispersos y sofocados bajo la opresión virreinal se unieron a una causa que prometía no solo emancipación, sino redención cultural. Los Nikal Tinemi, guardianes de tradiciones antiguas, lideraron con astucia y fuerza, transformando una rebelión en un movimiento histórico.

 

El encuentro con las fuerzas insurgentes criollas marcó un punto de inflexión. Los líderes criollos, acostumbrados a manipular a las comunidades indígenas como un medio para sus propios fines, no previeron el fervor y la astucia de los tlacatecatl, quienes rápidamente tomaron el control del movimiento. Lo que siguió fue un acto simbólico de reivindicación: los insurgentes traidores fueron inmortalizados en los primeros Tzompantli de la nueva era, no como un acto de barbarie, sino como una declaración de que los días de subordinación habían terminado.

 

La marcha triunfal de las fuerzas anahuacas hacia el sur culminó en la liberación de la región maya, unificando bajo un mismo estandarte los territorios de la Nueva España y la Capitanía de Guatemala. Sin embargo, el éxito inicial trajo consigo un exceso de confianza. En 1820, tras declarar oficialmente su independencia, la Federación miró hacia nuevos horizontes. En lugar de consolidar su posición enfrentando los últimos bastiones españoles en el Caribe, que Inglaterra ya se encontraba disputándole a España. El Anáhuac dirigió su atención hacia Florida, una región cargada de tensiones. Años antes España que en aquel momento estaba en guerra declarada contra Inglaterra, vendió los territorios ocupados de Florida a la recién formada nación angloamericana, sin embargo, los españoles no se tomaron la molestia de indagar en la opinión de los pueblos nativo americanos y prófugos afroamericanos de las plantaciones de algodón, quienes residían al interior de la Florida.

 

En Florida, la historia se teñiría de sangre y tragedia. Aunque los líderes anahuacas llegaron con la esperanza de incorporar el territorio al proyecto federativo, pronto quedó claro que el enemigo al que se enfrentaban superaba sus capacidades logísticas y militares. La incipiente armada nahuatlata, aunque impulsada por la voluntad y el idealismo, carecía de los medios para transportar y sostener una fuerza suficiente para contrarrestar las disciplinadas tropas angloamericanas.

 

El conflicto, conocido como la Guerra de Florida, fue un amargo recordatorio de las limitaciones del nuevo estado. Los ejércitos angloamericanos, temerosos de perder la región recién adquirida, desplegaron toda su maquinaria bélica para erradicar cualquier resistencia. Los seminolas, aliados y parientes de los anahuacas, fueron objeto de una campaña de exterminio sistemático. Sus aldeas fueron incendiadas, sus familias dispersadas y sus guerreros cazados sin piedad.

 

Mientras tanto, los barcos de la armada nahuatlata, inicialmente enviados para la ofensiva, se transformaron en flotas de salvamento. Las cubiertas de madera crujían bajo el peso de mujeres y niños, cuyas miradas reflejaban tanto el miedo como la esperanza. En tierra, los soldados anahuacas libraron una lucha desesperada, no por la victoria, sino por ganar tiempo. En el caos de la retirada, los guerreros se erigieron como un muro de carne y acero, permitiendo que los refugiados cruzaran el golfo hacia Tejas.

 

En los días finales de la guerra, la resistencia anahuaca fue recordada no por su éxito militar, sino por su humanismo. Los barcos abarrotados que partían hacia Tejas llevaban consigo algo más que vidas; transportaban la semilla de un espíritu inquebrantable. Aunque la Guerra de Florida terminó en derrota, dejó una cicatriz imborrable en la memoria de ambos bandos. Para los anahuacas, fue una lección amarga, pero también una reafirmación de su misión: la construcción de una América nativa libre, incluso si el precio era el sacrificio de generaciones.

 

Tras aquel descalabro inicial contra la América Angloamericana, las tensiones no tardaron en intensificarse. El enemigo, astuto y paciente, encontró en Tejas un campo fértil para sembrar la discordia. La región, una vasta extensión fronteriza habitada por una mezcla de comunidades nativas, mestizas y blancas, se convirtió en un polvorín cuando grupos de colonos blancos, alentados en secreto por agentes angloamericanos, promovieron abiertamente la secesión. La Guardia Fronteriza del Anáhuac, conocida por su disciplina férrea y medidas implacables, respondió con rapidez y severidad, sofocando la sublevación en una serie de acciones que serían recordadas por su brutalidad ejemplar.

 

Sin embargo, lo que inicialmente se celebró como un acto de control y autoridad, pronto se convertiría en una de las más dolorosas derrotas políticas de la Federación. Los sublevados blancos, derrotados en el campo de batalla, encontraron en la narrativa de su supuesta victimización una poderosa herramienta. Con el apoyo de periódicos y diplomáticos angloamericanos, la población blanca de la región comenzó a difundir relatos de atrocidades y abusos, pintando al gobierno anahuaca como un régimen opresor que, según ellos, gobernaba con mano de hierro y un odio indiscriminado hacia los americanos de herencia europea.

 

En los salones de la Unión Angloamericana, estas historias no tardaron en convertirse en armas propagandísticas. Políticos y líderes angloamericanos, deseosos de debilitar a la creciente Federación, amplificaron estas denuncias, retratando a los líderes anahuacas como tiranos que oprimían a su propia gente. La imagen de un «gobierno de indios» que castigaba indiscriminadamente a los colonos blancos encendió una oleada de indignación en las poblaciones fronterizas. Lo que comenzó como un levantamiento aislado en Tejas se transformó en un movimiento separatista más amplio, alimentado por la desinformación y el resentimiento.

 

El golpe final llegó cuando la Unión Angloamericana decidió intervenir directamente en las Californias. En aquel entonces, estas tierras, pobladas mayoritariamente por colonos criollos, ya eran un semillero de descontento. Los criollos, resentidos por las reformas del gobierno federal que habían expropiado sus tierras y eliminado los privilegios heredados de la era virreinal, encontraron en la independencia una oportunidad para recuperar su posición de poder. Con el respaldo logístico y militar angloamericano, la rebelión en las Californias ganó fuerza rápidamente, y las tropas federales, desgastadas por los conflictos previos y superadas en número, no pudieron contener la avalancha.

 

En menos de una década, la Federación Anáhuac perdió no solo vastos territorios, sino también algo más profundo: la confianza de una parte significativa de su población no indígena. La narrativa del «despotismo indígena», cuidadosamente cultivada por sus enemigos, se extendió como un incendio, debilitando las alianzas internas y fortaleciendo la percepción de vulnerabilidad ante potencias extranjeras. El recuerdo de Tejas y las Californias se grabó en la memoria colectiva del Anáhuac como una herida abierta, una lección amarga de la vileza con la que las voces promotoras de intereses extranjeros podrían, causar graves estragos en la Federación.

 “-Pero al final Huitzilopotztli se aseguró de hacerles pagar su suerte a los malditos blancos.” -murmuró el cuachiq.

 

Recordó las lecciones de historia que recibió en el Calmécac y sus propias experiencias recientes al experimentar vívidamente otra realidad que le permitieron saber lo que podría haber sido de su sangre si la historia se hubiera movido por distintos rumbos.

Con la independencia de la República de California, muchas comunidades nómadas y sedentarias de nativos se vieron obligadas a abandonar los territorios que durante generaciones habían sido sus hogares. La expulsión masiva, orquestada bajo pretextos de seguridad y orden por los nuevos gobernantes criollos de California, se llevó a cabo con brutal eficiencia. Los ancianos, que recordaban las historias de sus antepasados sobre las primeras rebeliones contra los invasores europeos, ahora caminaban con dificultad bajo un sol abrasador, llevando lo poco que pudieron salvar sobre sus hombros o en carretas desvencijadas. Los niños, con miradas cansadas y pies descalzos, seguían a sus padres a través de caminos polvorientos, dejando tras de sí un rastro de lágrimas y esperanza rota.

 

El éxodo no fue solo físico, sino también espiritual. Los círculos sagrados, donde sus ancestros habían celebrado rituales milenarios, fueron abandonados; las montañas y ríos que alguna vez fueron venerados como espíritus protectores quedaron atrás, ahora mancillados por los nuevos propietarios que no entendían ni respetaban su significado. Los nómadas, acostumbrados a moverse libres por las vastas llanuras y desiertos, ahora se sentían como bestias acorraladas, forzadas a seguir rutas impuestas que los conducían a una Federación que de la noche a la mañana había sido amputada de una buena parte de las tierras bajo su gobierno y protección.

En las nuevas fronteras de la Federación, los recién llegados eran recibidos por soldados que poco podían ofrecerles más allá de palabras de consuelo. Los campos de refugiados improvisados se levantaron con materiales precarios, y pronto los bosques cercanos quedaron despojados de madera para construir refugios. El hambre y la enfermedad se extendieron entre las familias desplazadas, mientras los líderes comunitarios luchaban por mantener vivas las tradiciones y el espíritu combativo de su gente.

 

El Huey Quachic, observando este panorama, no pudo evitar reírse al reflexionar sobre la ironía de los acontecimientos. La República de California, que había expulsado con mano dura a las comunidades nativas para construir su propia visión de independencia, había caído apenas dos meses atrás, traicionada por el mismo aliado que la había apoyado en su nacimiento.

 

El Huey quachic accionó el interruptor en forma de jinete, y el zumbido de un mecanismo oculto llenó la habitación mientras una terminal emergía lentamente de la pared, como si despertara de un largo letargo. Por un momento, se quedó inmóvil frente a ella, sintiendo que el peso de los últimos veinticinco años se acumulaba en sus hombros. Respiró profundamente, cerrando los ojos para apaciguar el tumulto en su pecho. Era como un náufrago que, tras años varado en una isla desierta, divisaba al fin un barco en el horizonte. La oportunidad de volver a casa, de retomar el contacto con su gente, era tan cercana que casi podía tocarla, y sin embargo, el miedo a fracasar lo atenazaba.

Cada detalle de su informe de misión se agolpaba en su mente, pero los pensamientos no se ordenaban; eran ráfagas caóticas de recuerdos y estrategias. La tecnología secreta que había descubierto, ese Santo Grial que podía alterar el curso del destino de su gente y quizás de toda la humanidad, ahora estaba al alcance de ser entregado en las manos de todo su pueblo. Era una paradoja inquietante: aquel descubrimiento, capaz de salvar vidas, también contenía el potencial de destruirlas. Pero en su convicción no había lugar para dudas. Si alguien debía apoderarse de ese poder, sería su nación. No el enemigo que para su gente era el pueblo californiano, ni los invasores igualmente odiados que se movían como hienas entre las ruinas de esta guerra.

Finalmente, exhaló, como quien expulsa años de soledad y sacrificio, y se inclinó hacia la terminal. Con manos firmes, pero con un leve temblor apenas perceptible, introdujo un dispositivo de almacenamiento de información en la ranura principal. El pequeño artefacto, un simple objeto de metal y circuitos, contenía todo lo que había logrado en este mundo. Era el grito desesperado de un hombre perdido, lanzado hacia las profundidades del espacio, esperando que lo escucharan.

En cuanto los datos comenzaron a transmitirse hacia el cuartel general de Yaotlakanenkih, cientos de kilómetros más allá, la pantalla cobró vida. Un suave destello azul iluminó el rostro oculto del comandante bajo su casco de combate, mientras las líneas de código y gráficos se sucedían en un flujo constante. La sala, vacía y silenciosa, parecía vibrar con la intensidad del momento. Era como si la propia habitación entendiera que un cambio crucial estaba en marcha, que el futuro de naciones enteras dependía de lo que sucediera en los próximos minutos.

Entonces, con voz grave y alterada por un aparato modificador dentro de su casco, comenzó a grabar su informe:

—Nika, Anáhuacmiquiztepicanoah. Tlajtoli tlen tekitl… / Aquí, El Verdugo. Informe de misión…

Cada palabra que pronunciaba era una chispa que encendía una llama. Relató cómo había manipulado las tensiones internas de esta república, cómo había desestabilizado sus cimientos desde las sombras, y cómo el caos resultante había abierto la puerta para la invasión del país vecino. Explicó los riesgos que había asumido y los sacrificios que su equipo había realizado para obtener esta información. La tecnología experimental que había descubierto no era solo un arma: era una llave que podía abrir la puerta a un nuevo paradigma, para bien o para mal.

Mientras hablaba, sentía que el peso de los años desaparecía lentamente. Era como si las cadenas invisibles de su aislamiento se rompieran, liberándolo del silencio que lo había mantenido prisionero durante tanto tiempo. Pero al mismo tiempo, un nuevo peso se depositaba en su alma: la responsabilidad de lo que estaba entregando a su nación.

Cuando el informe terminó, la transmisión de datos se completó con un breve pitido agudo. El Verdugo se quedó inmóvil por un momento, observando la pantalla mientras las líneas de datos desaparecían, tragadas por la lejanía del cuartel general. Era el momento de la verdad. Su mensaje era un disparo lanzado al vacío; ahora dependía de su gente recibirlo y usarlo sabiamente.

 

Finalmente, apagó la terminal. La habitación volvió a sumirse en la penumbra, y él se quedó allí, en silencio, contemplando el aparato inerte. Sabía que había cumplido su parte, pero la guerra, como siempre, continuaría. Era una partida de ajedrez donde cada movimiento contaba, y él acababa de entregar una reina. Ahora, el destino decidiría si ese sacrificio sería suficiente para ganar el juego.

 

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