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VERDUGOS DEL ANÁHUAC

YEHUANTIN TLATSAKUILTIANIME IKUAN ANAHUAC

Anáhuacmiquiztepicanoah

 

Ipan Macuil pemulo

Capitulo 5

 

Comandancia de Inteligencia y Operaciones Logísticas, Complejo militar fronterizo de Tohono O’odham, Sonota.

 

En las instalaciones militares, la espera era una constante. Esperan en la calzada peatonal pacientemente a que la cinta mecanizada se mueva. Esperan a ser identificados en la línea de seguridad siempre equipada con tecnología de vanguardia para el escaneo biométrico. Esperan para que les autoricen el acceso los guardias de seguridad, siempre armados y con expresión seria, vigilantes de cada movimiento y listos para responder a cualquier amenaza.

 

Más allá de la línea de seguridad, si se trata de personal foráneo, esperan a algún centinela que los acompañe al sitio de su destino, con los ojos vigilantes de la seguridad interna siempre estricta. Los puntos de control estratégicamente ubicados en los corredores del interior, y mas guardias de seguridad revisando cuidadosamente a cada persona antes de poder acceder a las áreas restringidas.

 

Pero el comandante verdugo no tuvo necesidad de esperar. Tan pronto él y su sección descendieron de la aeronave, una figura emergió del grupo que aguardaba junto al puerto de la instalación. Era una mujer esbelta, de piel morena y cabello negro azabache, anudado con precisión en dos trenzas que se extendían por su espalda. Vestía un uniforme ajustado color negro, carente de adornos superfluos, pero impecable en su sobriedad. La insignia de la División Tlilxochitl, una estilizada flor de fuego, brillaba discretamente en el pecho izquierdo de su uniforme.

 

El leve chirrido de los huaraches de suela de goma contra el pavimento resonó cuando dio un paso al frente, deteniéndose justo ante el Verdugo con una precisión que delataba su entrenamiento. Su mirada, intensa y analítica, se posó brevemente en los ojos del comandante, como si evaluara cada aspecto de su presencia en un solo parpadeo. Sin más preámbulo, con un tono firme y carente de adornos, le indicó que debía seguirla.

 

El Verdugo asintió, respetando la autoridad implícita en su comportamiento, y comenzó a caminar tras ella. La oficial avanzaba con una celeridad estudiada, sus movimientos eran fluidos, casi mecánicos, pero no carentes de gracia. Cruzaron el bullicioso puerto hasta llegar al imponente edificio de la compañía de inteligencia y operaciones logísticas, una estructura de líneas austeras pero que imponía respeto con su sobria monumentalidad. Los escáneres corporales genéticos en la entrada eran una barrera ineludible, y el comandante tuvo que detenerse brevemente para que verificaran su identidad. La oficial aguardó con paciencia, observándolo desde un lado sin dejar de proyectar una calma imperturbable.

 

Una vez superado el protocolo, el comandante de la compañía de inteligencia apareció para recibirlo. Era un hombre robusto y de mirada aguda, vestido con un uniforme similar al de la mujer, pero con insignias que denotaban un rango más alto. Se saludaron con una inclinación breve, pero cargada de formalidad. El comandante de inteligencia corroboró una última vez la identidad del Verdugo, repasando detalles en una tableta táctil, antes de dar su aprobación con un gesto de la cabeza.

 

-Xíhuitl nimitztotohui. (camine conmigo), ordenó, y lo condujo por los intrincados pasillos de la comandancia. La oficial Tlilxochitl se quedó momentáneamente atrás, observando cómo ambos hombres se alejaban. Sus manos, cruzadas detrás de su espalda, descansaban con la misma calma.

 

Caminaron un largo pasillo de piedra gris, murales en las paredes iluminados con luces fluorescentes, que glorificaban las hazañas militares de los ejércitos de la federación desde la época de la ocupación. Finalmente, llegaron a una pequeña bóveda con una puerta herméticamente cerrada en el centro, custodiada por dos soldados equipados con escafandras acorazadas de nivel aeroespacial y ametralladoras balísticas de alta precisión. El equipo de los centinelas era muy superior al empleado regularmente por el comandante verdugo, y parecía diseñado para enfrentar amenazas de nivel cósmico.

 

Sin embargo, como el resto de su orden guerrera, el activo militar más importante que poseían los verdugos era su genética «trans humana», la cual los hacía temiblemente superiores a sus equivalentes mejor armados. Existían rumores que incluso los verdugos eran capaces de asesinar a un tigre dientes de sable con sus propias manos, sin necesidad de armas ni equipo especializado. Los tigres prehistóricos eran una de las varias especies extintas reintroducidas en la fauna empleando la manipulación genética, desde que la Federación Hah-Nu-Nah clonó exitosamente el primer mamut a finales del siglo 20. La posibilidad de que los verdugos fueran capaces de enfrentar y derrotar a criaturas tan feroces y poderosas era un tema de debate que jamás se pondría a prueba, no por falta de valor en los soldados, sino porque como activos del ejercito solo ejercían violencia contra las amenazas al estado.

Al interior de la puerta hermética se encontraba una sala de conferencias de alta seguridad, diseñada para garantizar la confidencialidad de las reuniones y discusiones que se llevaban a cabo allí. Tan pronto el comandante verdugo atravesó la entrada, esta se cerró con un suave sonido, y el verdugo sintió que la presión había cambiado. El militar exhaló para aclarar sus oídos, un gesto reflejo que había aprendido a hacer en espacios como este.

La sala estaba construida con dos juegos de paredes infundidas con nanopartículas, en medio de las cuales había un fluido que circulaba a alta velocidad para difundir cualquier señal o transmisión que entrara o saliera. Se rumoreaba que el fluido era radiactivo, lo que añadía un elemento de peligro y exclusividad a la sala. La tecnología utilizada para construir la sala era de vanguardia, y solo estaba disponible para los más altos niveles de la cadena de mando.

Al centro de la sala de reuniones había un periférico holográfico, capaz de proyectar imágenes y datos en tres dimensiones. Al fondo de la sala, una pantalla de 4 x 6 metros dominaba la pared, proporcionando una plataforma para la comunicación visual y la presentación de información. Los mandos militares preferían las pantallas para comunicarse, ya que les permitían ver a sus interlocutores de frente, sin tener que girarse todo el tiempo y dar la espalda a algún observador. Esta era una consideración importante en un entorno en el que la seguridad y la confidencialidad eran fundamentales.

A los pocos segundos de que el verdugo ingresó, la pantalla al fondo se encendió. El comandante quedó sorprendido al descubrir con quién tendría la videoconferencia. El máximo jefe de todas las fuerzas armadas nacionales, que al mismo tiempo era la mujer más poderosa de toda la federación; La Cihuacóatl Tshaukuesh Penashue.

El título de “Cihuacóatl” fue una herencia del desaparecido imperio mexica. Las mujeres en la civilización azteca fueron percibidas como tenedoras de un gran coraje. Normalmente relacionado con la fecundidad. Al grado que las mujeres que morían pariendo una nueva vida eran reverenciadas con los mismos honores de un guerrero abatido en el campo de batalla. El cuerpo sin vida de las mujeres fallecidas en labor de parto era venerado a un grado divino y su valentía admirada por el grueso de la sociedad. Luego de la ceremonia fúnebre, los hombres más cercanos debían cuidar sus restos, asediados por los guerreros como amuletos por su valía. No era extraño que algunos guerreros dibujaran el tepili femenino (clítoris) en su chimalli (escudo), o se hicieran con el cabello de una mujer muerta durante las labores del parto para imbuirse con su coraje en la batalla.

Tampoco resultó sorprendente que uno de los cargos más importantes en su civilización fuera la figura de la mujer serpiente, conocida como “Cihuacóatl”. En la sociedad mexica precolombina, este rango estuvo tradicionalmente ocupado por sacerdotes varones que fungían como auxiliares principales del Tlatoani. Sin embargo, tras la reforma cultural de 1850, impulsada por el movimiento cultural “Ihuicatl Tlatepan” (Renovación Nacional), el puesto adquirió un nuevo simbolismo y funcionalidad al ser ocupado por mujeres que encarnaban el liderazgo inclusivo y protector.

 

La reforma se inspiró no solo en las tradiciones mexicas, sino también en otras culturas nativoamericanas donde las mujeres históricamente ocuparon roles de autoridad y poder decisivo. Los iroqueses, por ejemplo, mantenían una sociedad matrilineal en la que las mujeres mayores, conocidas como las «Madres de Clan», tenían la última palabra en decisiones cruciales, incluida la elección de líderes y la declaración de guerra. En el pueblo cherokee, las mujeres ejercían influencia en los consejos de gobierno y participaban en estrategias militares, siendo consideradas guardianas del equilibrio entre la comunidad y la naturaleza.

 

Estos precedentes culturales sirvieron como fundamento para incorporar a las mujeres en posiciones de mando dentro de las fuerzas armadas del Anáhuac. Se argumentaba que, al igual que sus antecesoras iroquesas o cherokees, las mujeres poseían una capacidad natural para equilibrar el cuidado de la vida con las demandas del poder, tomando decisiones estratégicas con un enfoque más empático y menos impulsivo.

 

La doctrina de guerra Nahuatlata, adoptada tras la reforma, reflejaba esta filosofía. Establecía que las mujeres eran idóneas para roles de mando no solo por su empatía natural, sino también por su habilidad para mantener un enfoque estratégico desapegado de pasiones como el orgullo o la ambición personal.

 

En lugar de delegar la decisión de enviar soldados al combate en líderes masculinos que muchas veces actuaban motivados por la gloria personal, la reforma apostó por la determinación femenina, centrada en proteger a sus comunidades y familias. Tal como lo demostraron las mujeres lakota durante la expansión de sus territorios, o las guerreras aymaras que resistieron la conquista, las mujeres eran capaces de tomar decisiones firmes y pragmáticas, incluso en momentos críticos.

 

El liderazgo femenino no solo evitó guerras innecesarias, sino que fortaleció las estructuras militares y sociales de la federación. Las mujeres guerreaban primero en el campo político y diplomático, buscando soluciones que preservaran tanto las vidas humanas como los recursos estratégicos.

 

El nombramiento de la primera Cihuacóatl femenina, egresada de la Academia Militar de Mando de Yankuik Tenochtitlán, marcó un cambio profundo en las fuerzas armadas. Bajo su liderazgo, las tropas se cohesionaron en torno a un modelo de disciplina férrea pero humana. Las mujeres en altos mandos eran percibidas no solo como estrategas, sino como figuras maternas, capaces de liderar con autoridad y comprensión.

Los soldados, enfrentados a los desafíos del combate, encontraban consuelo en seguir órdenes de líderes que valoraban su vida y bienestar. “Nos guían no porque quieran ganar la guerra, sino porque quieren que sobrevivamos para regresar a casa”, se decía entre los destacamentos.

Además, la presencia de mujeres en el ejército contribuyó a un ambiente más inclusivo y menos jerárquico, promoviendo un respeto mutuo que trascendía géneros. La reforma prohibió los abusos de poder y las dinámicas de intimidación, reemplazándolas por una cultura de cooperación y profesionalismo.

La incorporación de mujeres en roles de mando también se inspiró en figuras legendarias de otras culturas indígenas. La heroína inca Coya Mama Huaco, quien lideró tropas en batalla y ayudó a consolidar el imperio inca, o las mujeres de las naciones hopi y navajo, quienes participaron activamente en la administración comunitaria y la defensa territorial, fueron modelos que resonaban con los ideales de la Federación Anáhuac.

Estas figuras históricas reforzaban la legitimidad de la participación femenina, demostrando que las mujeres siempre habían sido pilares de sus sociedades, ya fuera como líderes, guerreras o guardianas del conocimiento.

Entre la tropa, la Cihuacóatl tenía incluso un apelativo afectuoso. “Tonantzin” (Nuestra querida madrecita)

Pero para el verdugo ver a través de la pantalla a “Tonantzin” le causó todo tipo de reacciones nada agradables, la evidencia de que seguramente sería esa superior la que asignaría personalmente a su sección una misión solo podía significar una palabra…

…PROBLEMAS.

 

 

 

800 horas 16 noviembre 2208. Campo de adiestramiento federal “Mictlán” Región autónoma de Tollan, a 90 Km de Tollancingo.

 

 

Un yermo desolado se extendía hasta donde alcanzaba la vista, un paisaje de soledad interrumpido por formaciones de roca basáltica que se alzaban como estalagmitas esculpidas por eones de viento y tiempo. Estas torres de piedra parecían las ruinas de un antiguo mundo, silenciosas y majestuosas en su abandono. El polvo, arrancado sin clemencia por un viento perpetuo, danzaba en remolinos irregulares antes de ser arrastrado a lo desconocido. El aire, seco y cargado de una fina arena abrasiva, resonaba con gritos guturales, el sonido del viento desbordándose entre los escondrijos y las grietas de las rocas, como si la tierra misma exhalara lamentos de un pasado perdido.

 

En este desolado paraje, un droide militar patrullaba con precisión metódica. Su cuerpo mecánico, gastado por el tiempo y la intemperie, avanzaba en círculos alrededor de una destartalada construcción, cuya silueta destacaba en aquel paisaje árido. La estructura tenía la forma distintiva de un nodo de comunicación cuántica, una cúpula de metal ennegrecido por años de exposición a los elementos, con antenas desgastadas que apuntaban inútilmente al cielo estrellado.

 

La comunicación cuántica funcionaba a nivel subatómico. Un átomo de Alto californio, elemento radioactivo artificial superpesado que tenía la cualidad de que era producido en pares llamados “clones”, fue creado por un científico californiano a finales del siglo pasado y era el componente principal de la comunicación cuántica. Este tipo de tecnología permitía comunicarse a cualquier distancia de forma instantánea.

 

La comunicación cuántica representaba un avance revolucionario en la historia de la humanidad. Su funcionamiento se basaba en fenómenos subatómicos que durante siglos habían desafiado las leyes tradicionales de la física. El descubrimiento de un elemento artificial, el Alto Californio, marcó el inicio de una era en la que las distancias siderales dejaron de ser una barrera insuperable para la comunicación. Este elemento, un radioisótopo superpesado y altamente inestable, poseía una propiedad extraordinaria: se producía en pares idénticos llamados “clones cuánticos”, los cuales permanecían conectados entre sí sin importar la distancia que los separara.

 

Este fenómeno, basado en el entrelazamiento cuántico, permitía que cualquier cambio en uno de los átomos se reflejara instantáneamente en su gemelo. Así, la información podía transmitirse de un punto a otro del sistema solar —o incluso más allá— sin la limitación de la velocidad de la luz, una frontera que la humanidad había asumido como infranqueable desde la formulación de la teoría de la relatividad.

 

El Alto Californio fue sintetizado por el científico californiano Rogelio Mondragón, cuya vida y obra estuvieron envueltas en misterio y controversia. Inspirado por fenómenos desconcertantes como el experimento de la doble rejilla, que desde el siglo XIX había puesto en jaque a los físicos teóricos, Mondragón exploró el comportamiento extraño de las partículas subatómicas. En particular, se fascinó con la posibilidad de que las partículas no solo se entrelazaran, sino que también pudieran desaparecer y reaparecer en nuestra realidad.

 

Esta hipótesis, considerada por muchos como una extravagancia, sugería que las partículas podrían estar escapando a dimensiones desconocidas, fuera del alcance de nuestra capacidad de observación o medición. Mondragón postuló que estas dimensiones no eran meramente especulativas, sino que podrían ser claves para entender el universo en su totalidad, un concepto que algunos llamaron «la mecánica de lo invisible».

 

Desafortunadamente, Mondragón murió en circunstancias sospechosas pocos días después de anunciar el desarrollo del Alto Californio, dejando únicamente avances del nuevo elemento artificial en los laboratorios del Tecnológico de California que ya había compartido avances de su investigación a la comunidad científica internacional. Su muerte alimentó teorías conspirativas que acusaban tanto a gobiernos rivales como a fuerzas que operaban más allá de nuestra comprensión.

A partir del método de creación de los átomos de dicho elemento, mantenido en secreto por la Republica de California, se creó la comunicación cuántica. En la tierra las ventajas de dicha tecnología eran poco significativas, pero en el espacio fueron una revolución que rompieron con la barrera de la velocidad de la luz como límite para poder comunicar las colonias y flotas espaciales.

Antes de este avance, las comunicaciones dependían de señales electromagnéticas que viajaban a la velocidad de la luz, lo que podía generar retrasos de minutos, horas o incluso días dependiendo de las distancias. Esta limitación complicaba enormemente la coordinación entre las colonias espaciales y las flotas interplanetarias.

La implementación de la comunicación cuántica permitió transmitir órdenes, reportes y datos científicos de manera instantánea, creando una red de comunicación eficiente que conectaba incluso las regiones más remotas del sistema solar. Esto no solo mejoró la logística, sino que también fortaleció los lazos culturales y sociales entre las colonias humanas, superando el aislamiento emocional y psicológico que antes aquejaba a los pioneros espaciales.

Uno de los aspectos más fascinantes del entrelazamiento cuántico y el Alto Californio era la posibilidad de que las partículas subatómicas pudieran desaparecer de nuestra realidad y reaparecer en algún lugar o dimensión desconocida. Esta idea, aunque especulativa, encendió la imaginación de físicos y filósofos por igual.

 

¿Adónde iban estas partículas? ¿Eran absorbidas por un espacio-tiempo alternativo? ¿O existía una red subyacente, invisible, que conectaba todas las realidades posibles? Algunos teóricos aventuraron que estas partículas podrían estar interactuando con un «universo sombra», un dominio paralelo donde las leyes de la física operaban de manera diferente.

La comunicación cuántica se erigió como uno de los logros más extraordinarios de la ciencia humana, una herramienta que no solo superó las barreras de la distancia, sino que también desafió los límites de nuestra comprensión del universo. Sin embargo, detrás de su éxito permanecía el enigma del Alto Californio y el destino desconocido de las partículas que oscilaban entre dimensiones.

 

Tal vez, algún día, los avances científicos permitirían descifrar estos misterios. Mientras tanto, la comunicación cuántica seguía siendo un símbolo de lo que la humanidad podía lograr cuando combinaba su ingenio con la curiosidad insaciable por explorar lo desconocido.

 

El droide de combate llevaba 135 horas ininterrumpidas patrullando los alrededores de lo que su programación identificaba como una torre de comunicación cuántica de alta prioridad Una obra maestra de la ingeniería militar, el droide estaba equipado con un arsenal de sensores multifuncionales: cámaras térmicas capaces de detectar variaciones mínimas de calor, radares de microondas que penetraban el. terreno y espectrómetros diseñados para analizar la composición química del aire. Cada elemento de su diseño lo hacía infinitamente más eficiente que cualquier pelotón humano. Sin embargo, a pesar de toda su tecnología, el droide ignoraba que a escasos metros, oculto entre las rugosidades de una formación rocosa, un intruso aguardaba con la inmovilidad de una estatua. Painalli, cuyo nombre significaba. «El de los pies veloces», llevaba dos días inmóvil, guardando con paciencia sobrehumana el momento perfecto para avanzar hacia su objetivo. Era un nahualli, un soldado entrenado en el arte de la infiltración al más alto nivel. Su escafandra militar, equipada con camuflaje termo-óptico de última generación, lo hacía invisible al ojo humano y difícilmente detectable por sensores básicos. Sin embargo, el droide no era un adversario común. Sus sistemas avanzados podían identificar incluso partículas de polvo suspendido en el aire, lo que hacía que el camuflaje, aunque impresionante, ofrecía poca ventaja táctica en este escenario

El droide escaneaba constantemente todo su alrededor y podría captar las partículas suspendidas de polvo fijadas a su armadura. El truco para que un nahualli pudiera burlar los sensores, era acercarse con el mínimo de movimientos manteniendo frente al droide las partes de su armadura que se mantuvieran libres de las partículas de polvo. Eso era mucho más difícil en la práctica que en la teoría. Desde que inició la operación, perdió la comunicación con el resto de sus compañeros.

Painalli desconocía si quedaba alguien además de él para completar la misión, las comunicaciones de ondas radiales estaban inhabilitadas. El éxito de la misión le aguardaba a escasos metros, pero llevaba dos días en su última posición esperando que algo llamará la atención del centinela robótico y ese algo aún no ocurría. Parecía que Painalli era el único nahualli que seguía operativo. En ese momento se escuchó un deslave de roca cercano y tuvó confianza de que no estaba solo.

Cuando el droide centinela giró su atención hacia la fuente del sonido, Painalli aprovechó el instante con la precisión de un cazador acechando a su presa. Salió de su cobertura en un movimiento fluido, sus pasos rápidos y calculados tocaban solo las superficies que había identificado previamente como seguras, evitando cualquier ruido que pudiera delatar su presencia. Las rocas desnudas, pulidas por los siglos de viento y polvo, se convirtieron en un sendero silencioso hacia su objetivo.

 

Aunque el droide carecía de verdadera inteligencia, su programación era eficiente y letal. La máquina no olvidaba su retaguardia, y sus sensores periféricos estaban en constante actividad. Sin embargo, sus circuitos estaban temporalmente ocupados escaneando el lugar de donde provenía el ruido, evaluando las posibles amenazas con un algoritmo frío y metódico.

 

En ese momento exacto, Painalli saltó. Su cuerpo se arqueó en el aire, y durante un instante parecía suspendido sobre el vacío antes de caer sobre el droide. El impacto hizo que la máquina se tambaleara bajo el peso inesperado, sus articulaciones metálicas protestaron con un breve chirrido mientras trataba de estabilizarse. El infiltrador contuvo el aliento.

 

El riesgo era palpable, y el destino de la misión pendía de un delicado equilibrio. En su programación, el droide tenía tres posibles respuestas al evento:

 

Registrar el movimiento como un ataque y enviar una alerta inmediata a la torre de comunicación cuántica, que a su vez transmitiría un aviso al cuartel enemigo, asegurando el fracaso de los nahualli.

Interpretar el desequilibrio como una falla interna. Aunque intentaría compensar el error, enviaría igualmente un informe de mantenimiento al cuartel, alertando a las fuerzas enemigas.

Registrar el evento como una anomalía menor o ignorarlo por completo, permitiendo que Painalli mantuviera su encubierta posición.

Painalli sabía que las probabilidades estaban divididas: dos de las tres opciones significaban el fracaso. Pero aquel margen del 33% de éxito, por mínimo que fuera, debía ser suficiente. La respiración del infiltrador era controlada, cada músculo de su cuerpo tensado al máximo para permanecer en equilibrio sobre el torso oscilante del droide.

 

Desde su posición cercana, el nodo de comunicación cuántica se alzaba imponente contra el cielo pálido. Sus antenas se extendían como los brazos de un titán mecánico, capturando y transmitiendo señales que desafiaban las leyes de la física conocida. Era un símbolo de poder y vulnerabilidad, un puente que conectaba a los enemigos dispersos a través de distancias siderales, pero también un talón de Aquiles que Painalli debía aprovechar.

 

El plan era claro: alcanzar la torre sin desactivar el sistema automatizado de defensas. Si los droides centinelas permanecían funcionales, la IA militar no detectaría anomalías suficientes para encender las alertas y enviar refuerzos. Pero cada movimiento de Painalli era una danza sobre el filo del abismo. Si cometía el menor error, todo el equipo de infiltración estaría condenado.

 

Mientras el droide reanudaba su patrulla, ajeno a la carga que llevaba, Painalli ajustó su posición con movimientos casi imperceptibles. Sus manos, protegidas por guantes reforzados, buscaron puntos de sujeción en la estructura metálica. Su mente trabajaba con la precisión de una máquina, anticipando cada uno de los pasos que lo acercarían al éxito… o a una muerte silenciosa y sin gloria.

 

De pronto, un deslave de roca resonó a espaldas del droide. El ruido reverberó entre las formaciones basálticas, como un eco que despertara a un titán dormido. La máquina, obediente a su programación, giró su torso metálico con un crujido seco y comenzó a moverse en dirección al sonido, alejándose unos pasos del nodo que se asemejaba a una pequeña torre. El cambio, aunque breve, fue suficiente para que Painalli notara una oportunidad crítica: el droide ahora estaba a solo tres metros de la torre, su objetivo final.

 

El tiempo era su mayor enemigo. En cuestión de segundos, los demás centinelas acudirían al lugar del deslave para verificar la anomalía. Si detectaban a uno de los infiltradores o cualquier rastro de actividad humana no autorizada, la misión sería irremediablemente un fracaso. El nodo cuántico, con su estructura metálica destartalada, debía ser comprometido antes de que las alertas se encendieran y el enemigo desplegara refuerzos.

 

Painalli deslizó su mano derecha a una ranura táctica de su escafandra y sacó el dispositivo de inyección. Un pequeño cilindro negro, discreto y funcional, cargado con un virus informático que, una vez introducido en los sistemas del objetivo, corrompería los datos críticos y abriría un canal de acceso para los nahualli. Sus dedos apretaron el dispositivo con firmeza, el sudor cubría sus dedos contenidos dentro de la armadura, y por un momento el mundo pareció reducirse al peso diminuto de aquel objeto.

 

Cada segundo pesaba como una eternidad. Painalli sintió cómo su cuerpo, agotado tras 135 horas de operación encubierta, le recordaba sus límites. Su mente, mantenida alerta por los estimulantes, combatía los efectos del cansancio, pero no podía evitar los micro-sueños: esos lapsos breves pero traicioneros en los que la conciencia flaqueaba y el mundo real se desdibujaba. Era un soldado disciplinado y entrenado, pero no era un superhombre. A diferencia de los mercenarios alterados genéticamente, el ejército regular mantenía estrictos estándares éticos: no experimentaban con el cuerpo de sus soldados, no manipulaban su biología más allá de lo estrictamente necesario.

 

Painalli aspiró una última bocanada de aire, preparándose para el salto decisivo, pero justo en ese instante el centinela se detuvo abruptamente. Un crujido metálico cortó el silencio, y el horizonte que se extendía como un yermo infinito parpadeó antes de desvanecerse. El cielo artificial se apagó, y las paredes de la bóveda revelaron su verdadera forma: una estructura de placas lisas de cristal transparente que reflejaba la luz tenue de los sistemas de iluminación internos. La ilusión del paisaje agreste se derrumbó, dejando al descubierto que todo había sido una simulación.

 

Painalli sintió un nudo en el estómago. El fracaso era una palabra que le ardía en el alma, y ahora, sin siquiera saber qué había salido mal, ese ardor comenzaba a transformarse en una mezcla de pesadumbre y rabia contenida.

 

Desde la distancia, un movimiento captó su atención. Akbal fue el primero en apagar su camuflaje óptico. Descendió con agilidad del punto elevado donde había provocado el primer deslave, su silueta robusta emergiendo como una silueta translucida en el espacio revelado. Cuando retiró el casco, su rostro, de proporciones amplias y de un porte que recordaba las esculturas de cabezas olmecas, mostraba una expresión de molestia que rayaba en la indignación.

 

—¿Tlen tichihua, Painalli? / ¿Qué demonios hiciste, Painalli? —gruñó Akbal, su voz resonando con la dureza de un pedernal al chocar contra el acero.

 

Painalli mantuvo la mirada baja por un instante, intentando controlar la rabia que comenzaba a hervirle en el pecho. Sabía que cualquier error cometido en estos ejercicios no solo significaba el fracaso de la misión simulada, sino que también los privaría de sus días de franquicia. Después de tres días agotadores de adiestramiento extremo, el pensamiento de tener que repetir todo el ejercicio tras un descanso de solo 12 horas era un castigo que ponía a prueba la cordura de cualquier soldado.

 

—¿Ticmatika? Cuix tlen tichihua, iuhquin timomachtihkeh tlamachtiani tlatzintlanahuatiani. / ¿Vas a decir algo? ¿O acaso cometiste el error que nos enseñaron a evitar desde la academia? —insistió Akbal, su tono cargado de reproche. Dio un paso adelante, sus botas resonando sobre la superficie metálica como si cada pisada subrayara su enojo—. Ni tla xihuitl huehcauh xihualtlahcuilohua, in mixcopa mochipa tiazqueh huelimotlamia. / Por tu culpa vamos a estar aquí otros tres días, maldita sea.

 

Painalli levantó finalmente la cabeza, sus ojos fijos en Akbal. Aunque su rostro permanecía inexpresivo, su mandíbula estaba tensa, y los músculos de su cuello se marcaban con cada respiración. No estaba dispuesto a cargar con una culpa que no le pertenecía.

 

—Ahmo nimitstlami. Ahmo nin itech tlen nechilhuitiya. Ce tlahtohkeh tlatzintlanahuani oc ixpan mochihua. / Yo no fallé. Esto no es culpa mía. Tú causaste el deslave y nadie lo puede negar —respondió Painalli, su tono medido pero afilado.

 

La tensión entre los dos hombres era palpable, un hilo a punto de romperse. Akbal apretó los puños, y por un momento pareció que estaba listo para arremeter con algo más que palabras. Sin embargo, un altavoz interrumpió el intercambio, llenando la bóveda con una voz mecánica y autoritaria:

 

—Amo xichiwa nin tekitilistli, tlanechikolli “In mikistli nontli” ximonechikokan onka in yaochiwatlaixyehyekolistli iyeyan nepan in kalihtikaxitl, tinamechilwiskeh kemin tikchiwaskeh nochi. / Ejercicio cancelado, equipo “Muerte Silenciosa”, reúnanse en la habitación de tácticas de combate de este domo para recibir instrucciones.

 

Painalli y Akbal intercambiaron miradas. El eco de las palabras del altavoz rebotaba en el interior de la bóveda, y por un instante, el enojo de Akbal se transformó en algo diferente: una mezcla de confusión y frustración mal disimulada.

 

—¿Cuix amo nimitztlapohualtia? ¿Ni tlatzintli ohuaya? / ¿Acaso te das cuenta? ¿Ahora qué dirán? —murmuró Akbal con incredulidad, como si las palabras fueran ajenas a su vocabulario.

 

Painalli no respondió. Su mente ya estaba trabajando para desentrañar lo que significaba aquello. La cancelación era algo poco común; los ejercicios solo se detenían por circunstancias críticas o errores catastróficos en los sistemas. Pero más allá de cualquier especulación, el agotamiento se hizo presente en ambos hombres, una carga invisible pero ineludible que colgaba de sus hombros como una losa de piedra.

 

Mientras ambos comenzaban a moverse hacia la sala de tácticas, el ambiente estaba cargado de una tensión no resuelta. Painalli podía sentir la mirada de Akbal en su espalda, un peso que no podía ignorar.

 

Chimaltepoztli (Escudo de Hierro), el imponente líder del equipo “In mikistli nontli” (Muerte Silenciosa), convocó a su grupo con un simple gesto de la mano, en respuesta a las órdenes emitidas por la voz automatizada. Su escafandra reflejando la luz tenue de los cristales de la bóveda.

 

Poco a poco, los cuatro integrantes restantes del equipo emergieron como siluetas translucidas mientras el camuflaje de sus armaduras se desvanecía. Tres binomios perfectamente sincronizados y su líder formaron un semicírculo frente a la puerta que daba acceso a la sala de tácticas. Painalli y Akbal, aunque aún tensos por su enfrentamiento anterior, se ubicaron al margen, esforzándose por mantener la compostura pese al evidente desgaste físico y mental.

 

Cuando finalmente ingresaron en la sala, los recibió una figura imponente: el comandante jefe del centro de adiestramiento federal. Sus ojos fríos y calculadores parecían examinar no solo al grupo, sino sus fallas, fortalezas y las marcas de un entrenamiento reciente. A su lado, una consola holográfica proyectaba el mapa tridimensional del continente Hatuey, donde varias líneas de color rojo parpadeaban, indicando conflictos activos y áreas de alta tensión.

 

Sin ceremonias, el comandante extendió a Chimaltepoztli un conjunto de unidades de información selladas.

 

—In amoxtli ompa kampa ihtoa / Aquí están las órdenes —dijo con un tono tan firme como una hoja afilada—. Ompa Tollancingo, ompa in toltecalli cehua in Pixán. Huel mitl tequihuih yeh kampa Tlaltepactikpa, huel tlapowiltik. / Diríjanse al aeródromo militar de Tollancingo. Ahí los espera una nave clase Pixán lista para trasladarlos a la frontera norte, donde tendrán unas horas para descansar antes de entrar en acción.

 

El equipo reaccionó con disciplina y silencio, asintiendo al unísono. Sin embargo, entre ellos se podía sentir la mezcla de alivio y tensión renovada. No había fracasado su misión simulada, pero su próximo destino no era un simulacro: era el frente.

 

Mientras el grupo abandonaba la sala, Painalli reflexionaba sobre el transporte Pixán, una nave de infiltración tan avanzada que parecía casi un mito. En la antigua cultura maya, Pixán representaba el espíritu invisible que abandonaba el cuerpo al morir. Según la tradición, el Pixán podía ascender al paraíso, bajo las ramas de la ceiba sagrada, o descender al Mitnal, el inframundo. No era casualidad que el transporte llevara ese nombre: la nave se movía como un fantasma entre los sistemas enemigos, deslizándose entre las sombras electrónicas y burlando cualquier detección.

 

La nave Pixán, el orgullo tecnológico del Anáhuac, no solo era indetectable por su revestimiento de camuflaje óptico y su fuselaje de meta-materiales, sino que su sistema de propulsión vertical anti gravitacional y propulsores magneto-plasmáticos para su desplazamiento horizontal le hacían mortalmente silencioso y eficiente. Era el transporte de elite reservado para los comandos más especializados, y su presencia marcaba la importancia de la misión que les esperaba.

 

Cuando abordaron el transporte terrestre hacia el aeródromo, Akbal rompió el silencio, con un tono que pretendía ser despreocupado pero que no ocultaba del todo su malestar:

 

—Tlayi, Painalli. ¿Tlani tlatlacotzi in tlatzintli? / Dime, Painalli. ¿Crees que las cosas saldrán mal otra vez?

 

Painalli lo miró de reojo, el ceño fruncido, y respondió con una voz baja pero cargada de peso:

 

—Ahmo tlen tlani huel tiquicualani. Ahmo huel ic nimitzihuikah. / Nada saldrá mal si tú haces tu trabajo. No tengo tiempo para tus dudas.

 

El intercambio fue breve, pero el filo de las palabras quedó suspendido en el aire mientras el transporte se ponía en marcha. El grupo permaneció en un silencio cargado, cada uno inmerso en sus pensamientos. Painalli sintió cómo el agotamiento lo pesaba, pero sabía que debía mantenerse firme. Algunas horas de descanso en la base militar de la frontera norte serían lo único que separaría la extenuación del combate real

 

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