VERDUGOS DEL ANÁHUAC
YEHUANTIN TLATSAKUILTIANIME IKUAN ANAHUAC
Anáhuacmiquiztepicanoah
Ipan Nahui pemulo
Capitulo 4
700 horas. Huey Yankuik Tlanesi traducido como Gran Nuevo Amanecer (antigua ciudad de México), capital federal de la Federación Anáhuac. Complejo militar “Huey Cuahuhcalli ipan ce”
Un alto jefe de las fuerzas armadas nacionales avanzaba a toda prisa por los pasillos del Complejo Militar Número 1, su respiración agitada resonando como un eco inquietante en las paredes estériles. La visión de un general corriendo con tal urgencia, como si fuera un recluta recién llegado al campo de entrenamiento, sorprendió a los centinelas que custodiaban las garitas de acceso. Era una imagen inusual y desconcertante: un hombre que representaba la autoridad y el control absoluto, ahora reducido a un frenesí casi desesperado.
Entre las filas de soldados, algunos intercambiaron miradas nerviosas, mientras otros recordaban el término macegual, aquel apodo con el que los veteranos, con una mezcla de sarcasmo y dureza, se referían a los aspirantes aún no registrados en el instituto armado que como una norma no escrita, eran las únicas personas que se les vería correr dentro de una instalación militar de forma tan ridícula. El general, sin embargo, parecía ajeno a todo. En sus manos llevaba una pantalla de cristal translucido, un objeto sencillo pero que ahora contenía un aviso de alarma que podía alterar el curso de la historia de su nación.
La seriedad grabada en su rostro no dejaba lugar a preguntas, y los guardias, incapaces de ocultar su asombro, abrieron paso sin atreverse a pronunciar una palabra.
Cada garita en la que accedía, estaba custodiada por un pelotón de soldados bajo el mando de un oficial Cuaucelotl, título de un rango militar que evocaba la herencia de los guerreros jaguar del antiguo imperio mexica. La estética de los uniformes de los centinelas, con tonos arenosos y patrones moteados que recordaban las manchas de los jaguares, parecía una declaración simbólica: la ferocidad de sus ancestros había trascendido el tiempo, encontrando un nuevo hogar en las filas de las fuerzas armadas nahuatlatas.
Los soldados no solo evocaban el pasado, sino que lo reimaginaban con tecnología de vanguardia. Sus uniformes estaban confeccionados con microfibras inteligentes que, al detectar impactos de alta velocidad, se endurecían instantáneamente, formando una barrera impenetrable. Sobre estos tejidos, las armaduras de cerámica de blindaje clase 13, diseñadas para resistir explosiones y proyectiles cinéticos, eran una evolución natural de los antiguos escudos de madera y armaduras metalicas. Sus exoesqueletos tácticos, estilizados con soportes laterales y articulaciones motorizadas, les conferían una fuerza sobrehumana, permitiendo que empuñaran armas pesadas con la facilidad de un arquero que dispara una flecha.
La conexión con sus antepasados no terminaba en lo visual. El apéndice de tela que colgaba desde la cintura, inspirado en el maxtlatl, más que un simple adorno, era un símbolo de resistencia cultural. Antes despectivamente llamado «taparrabo» por los colonizadores, ahora era un emblema de orgullo, un recordatorio de que lo que una vez fue motivo de burla había resurgido como una insignia de poder.
En lugar de los tocados de plumas, que en otros tiempos marcaban el rango y los logros de los guerreros jaguar, los nuevos Cuaucelotl llevaban insignias digitales proyectadas directamente en el pecho de sus uniformes. Estas insignias podían cambiar de color y forma según el rango y la función en el campo de batalla, fusionando tradición y modernidad.
El diseño de los cascos era minimalista, pero letalmente funcional, con sistemas de visión multiespectral que incluían infrarrojos, sensores de movimiento y un sistema de interconexión que los mantenía en contacto permanente con el centro de mando. Un casco que, aunque simple en apariencia, contenía más capacidad de cálculo que un computador de la vieja era de la modernidad.
A diferencia de los antiguos guerreros aztecas que sucumbieron ante los invasores europeos, las fuerzas armadas nahuatlatas tuvieron siglos para aprender, adaptarse y superar. El resultado era un ejército que honraba su herencia al mismo tiempo que según el discurso patriota, lideraba la vanguardia de la guerra moderna. Donde sus ancestros lucharon con macuahuitls y lanzas, ellos ahora blandían rifles de plasma y drones tácticos, pero el espíritu que los guiaba seguía siendo el mismo: proteger a su gente, su cultura y su tierra, sin importar el costo.
El entorno mismo del complejo militar era un homenaje al dualismo de su civilización: pasillos construidos con materiales compuestos y acero liviano, decorados con grabados láser de los glifos nahuas. Era un espacio donde el pasado y el futuro se daban la mano, como si la historia de sus guerreros nunca hubiera sido interrumpida, solo transformada.
La doctrina militar de los sobrevivientes mexicas, expulsados de sus tierras ancestrales tras la devastadora derrota a manos de los invasores europeos, fue moldeada por el exilio y la necesidad de supervivencia en un mundo hostil. Aquellos que lograron escapar al norte, lejos de someterse, adoptaron una actitud combativa que transformaría su forma de hacer la guerra, integrándose en las hasta entonces despreciadas tribus chichimecas que antes del encuentro con los europeos, fueron percibidas como salvajes inconquistables por las poderosas naciones nativas que ahora se ponían de rodillas ante los europeos.
Algunos años después esas tribus antes despreciadas formarían el grueso de los combatientes en la conocida como Guerra del Mixtón, pero tras la derrota en esa guerra, los fragmentos desorganizados de diversos pueblos indígenas que se unieron en esa lucha, se unificarían en una nueva tribu que trascendió las barreras étnicas y lingüísticas y que se nombró así misma Nikal Tinemi (aquí estamos, aquí seguimos)
Esta coalición multicultural unió a los sobrevivientes nahuas con otomíes, tarascos y otras etnias, creando una resistencia que no solo luchaba por la supervivencia, sino también por la preservación de su identidad colectiva. Esta unidad, cimentada en la tragedia y el exilio, adoptó e incorporó elementos europeos, como las armas de fuego y la caballería, pero siempre los reinterpretó bajo el prisma de su cosmovisión ancestral.
El armamento europeo fue despojado de su carácter extranjero y bautizado con nombres en náhuatl, como los tlacochhuetztli (rayos lanzadores), mientras que la figura del jinete se integró a sus filas como los Cuauhtekimeh (“Águilas veloces”), guerreros montados que usaban tanto lanzas como arcabuces. Así, mientras los colonizadores intentaban destruir su herencia, los sobrevivientes la reinventaban, mezclando lo nuevo con lo antiguo en una síntesis que los fortalecía.
En las regiones ocupadas de la Nueva España, surgieron los nahualli, guerreros especializados en guerrilla y sabotaje que se convirtieron en la encarnación de los temidos “nahuales” de las leyendas coloniales. Se decía que estos hombres podían convertirse en animales: jaguares, águilas, lobos y serpientes, gracias a rituales secretos realizados bajo la luna llena. Aunque los relatos de transformaciones eran exageraciones deliberadas, estas historias amplificaban su impacto psicológico, sembrando terror en las filas virreinales. Los nahualli atacaban con una precisión fantasmal, golpeando rápido y desapareciendo antes de que pudieran ser localizados.
Para el combate frontal, surgió una orden de guerra que redefinió la valentía: los Mikitlatsontekilok, sacerdotes guerreros inspirados por Mictlantecuhtli, el dios de la muerte. Estos fanáticos religiosos adoptaron la estética de la muerte misma. se cubrían el cuerpo enteramente de negro y se maquillaban el rostro con forma de cráneos descarnados. Su aparición, en el cobijo de la noche, no solo desmoralizaba a sus enemigos, sino que les daba la apariencia de fantasmas vengadores de su tierra.
Siglos más tarde, tras una lucha encarnizada por la independencia, el Anáhuac emergió como un estado soberano. Entre las primeras decisiones de su nueva élite militar estuvo la creación de la Huey Yaoyocalli o «Gran Casa de Guerra», esta nueva institución que encarnaría el corazón de sus fuerzas armadas nacionales, En un esfuerzo por honrar el pasado, eligió nombres representativos de las culturas que enriquecieron el bagaje multiétnico, para bautizar a las distintas facciones de sus fuerzas armadas.
La infantería, rebautizada como “Yaotlakanenkih” o guerreros caminantes, se guiaría por las tendencias modernas de la guerra, aunque mantendría sus estandartes, cánticos, rangos y códigos de honor que evocaban la memoria de los guerreros mexicas que defendieron Tenochtitlán siglos atrás.
Los nuevos soldados ya no portaban macuahuitls, pero el espíritu del jaguar seguía vivo en sus corazones, ahora plasmado en el diseño de sus chalecos antibalas y en los patrones de camuflaje inspirados en las manchas del gran felino.
El general Tlacochcalcatl llegó al último punto de control. A diferencia de las garitas anteriores, donde los centinelas lo saludaban con gestos tensos y movimientos apresurados, aquí fue recibido por una oficial femenina cuya presencia irradiaba autoridad. Vestía un traje táctico tzitzimitl, de un blanco inmaculado interrumpido por franjas rojas que se extendían como laceraciones a lo largo del uniforme, evocando a los guerreros de alto rango que, en la antigüedad, lideraban vastas tropas bajo el auspicio de la muerte misma. En la federación era el uniforme de cuartel empleado por los oficiales de guardia de las tropas Yaotlakanenkih. Una versión táctica de este uniforme, desprovista de las franjas rojas, era utilizada en misiones de alta montaña y terrenos nevados, donde las condiciones extremas demandaban adaptabilidad y discreción. En lugar del casco ceremonial que representaba al dios Mictlantecuhtli, los soldados operando en esos ambientes extremos, se protegían con cascos de un diseño inspirado en el ‘jaguar blanco de las montañas’ Este emblemático felino, diseñado a mediados del siglo 21 mediante técnicas avanzadas de manipulación genética, se había convertido en un símbolo viviente del Anáhuac. y representaba un esfuerzo concertado por restablecer el equilibrio ecológico tras siglos de devastación y contaminación.
La oficial de guardia, al igual que cualquier otro soldado, se sorprendió al ver a un Tlacochcalcatl corriendo y aunque no podía cuestionar las acciones de un superior, no pudo evitar recorrerlo discretamente con la mirada.
El Tlacochcalcatl aparentaba tener unos 45 años, aunque su verdadera edad era un misterio oculto tras el milagro biotecnológico del tratamiento antienvejecimiento, desarrollado al concluir el siglo XXI. Este avance, fruto de una era marcada por una de las pandemias más devastadoras de los últimos 700 años, había permitido a la humanidad desafiar el paso del tiempo, pero también borrado las huellas naturales de la edad, dejando en su lugar una apariencia casi sobrenatural. Su piel cobrizo profundo, era testigo de su linaje, pero carecía de marcas que revelaron el peso de los años o las cicatrices de sus batallas.
Su rostro estaba completamente lampiño, enmarcado por un corte de cabello mohicano que terminaba en una coleta negra que le llegaba a la nuca, como un vestigio moderno de los guerreros ancestrales. De sus orejas pendían pequeños aretes, decorados con pedrería de jade y plumas finamente trabajadas, elementos que hablaban tanto de un orgullo cultural como de su posición jerárquica. Cada detalle de su atuendo parecía cuidadosamente diseñado para proyectar autoridad y pertenencias: un uniforme de dos piezas de un tono café terroso, adornado con pequeñas guedejas de pelaje de búfalo cosido a los costados.
Un cordón de mando, tejido con hilos dorados y verdes, se extendía desde su hombro izquierdo hasta el pecho, donde se sujetaba con una argolla de obsidiana pulida, un material cargado de simbolismo en la tradición. Sobre su pecho, justo del lado del corazón, destacaba un ideograma singular: una figura humana ataviada con un traje de zorro, escondida entre arbustos. Este símbolo, tan discreto como contundente, identificaba su afiliación a las unidades de inteligencia.
La camisola del general estaba cubierta con otros ideogramas de menor tamaño, cada uno narrando una historia de servicio, campañas y logros, como páginas de un código vivo bordado en tela. Aunque el oficial de guardia no tuvo tiempo de detenerse a analizarlos todos, aquel ideograma central, el del ‘nahual zorro’, fue suficiente para que ella comprendiera que estaba ante alguien cuya autoridad trascendía las líneas de mando visibles. Este hombre no solo lideraba; era un estratega, un tejedor de sombras en el gran telar del Anáhuac.
El Tlacochcalcatl de forma similar que hiso en cada uno de los puestos de control anteriores, ingresó rápidamente su identificación en la terminal, al instante las puertas del acceso se abrieron, no se esperó a recibir el saludo de respeto por parte del oficial de guardia, ni siquiera volteo para mirarla, simplemente continuó hacia su destino a la máxima velocidad que podía correr.
Algunos minutos después el Huey Tlacatecatl, comandante en jefe del Complejo Militar Número Uno, fue interrumpido en su oficina cuando se disponía a salir para formar parte del primer pase de revista del día. No emitió ningún comentario cuando vio a un general correr hacia él, se limitó a esperar que hiciera el saludo militar cerrando el puño derecho y colocándolo de forma vigorosa a la altura del pecho sobre el corazón, después tomó la tableta holográfica que recibió del comandante general del departamento de inteligencia.
El Tlacochcalcatl recito a viva voz un resumen de la situación, al mismo tiempo que su superior revisaba los archivos de la terminal holográfica. cuando el subordinado terminó su informe oral, inmediatamente el Huey tlacatecatl llamó a su secretario asistente para indicarle que avisara al oficial de guardia, que se le asignaba la administración del Complejo Militar hasta nuevo aviso.
Veinte minutos después, los dos generales se encontraron en una videoconferencia, presentando un informe detallado al Cihuacóatl de las Fuerzas Armadas Ella, la máxima dirigente de las siete facciones militares, se erigía como un baluarte de decisión y estrategia, solo subordinada al Huey Tlateomaniliztli, el Gran. Orador, equivalente al primer ministro en la federación Anáhuac. Frente a ella, los generales se expresaban con precisión, conscientes de que cada palabra podía marcar la diferencia entre la acción inmediata o la parálisis política.
El informe recibido esa mañana. por el departamento de inteligencia resolvía finalmente las dudas que hasta entonces pendían sobre los motivos reales de la Unión Angloamericana para justificar su intervención militar en la República de California. Aunque el discurso oficial de los invasores seguramente mutaría con el paso del tiempo, adaptándose a las exigencias diplomáticas de sus aliados en la Commonwealth y en las Américas hispanas, los datos preliminares apuntaban a un trasfondo mucho más oscuro y peligroso. No se detallaba completamente la tecnología experimental desarrollada por los californianos, pero los esquemas obtenidos sugerían algo revolucionario: una máquina capaz de teletransportar materia orgánica e inorgánica de un punto a otro del planeta de manera instantánea. La mera posibilidad de dominar una tecnología semejante reconfiguraría el equilibrio de poder global, otorgando supremacía militar al país que la controlara. Este avance no solo justificaría el ataque angloamericano, sino que también planteaba una amenaza existencial para cualquier nación que se atreviera a desafiar la hegemonía del invasor.
El Huey Tlacatécatl, general de más alto rango en la reunión, introdujo los datos obtenidos en el Tecuhtli Neuralis, el supercomputador de inteligencia artificial militar de última generación. Este sistema, diseñado para evaluar amenazas estratégicas, procesó la información en cuestión de segundos, cruzándola con billones de parámetros históricos, geopolíticos y tecnológicos. La evaluación preliminar arrojó un 86% de probabilidad de que el informe recibido fuera auténtico, un nivel de certeza inquietante para un escenario de tal magnitud. A partir de esos datos, la situación se volvía peligrosa para el Anáhuac, la IA militar pronosticó que, de ser auténtico el informe de la tecnología de tele transporte, había 100% de probabilidades de que aquel desarrollo californiano comprometería peligrosamente el futuro del Anáhuac.
Cuando la Cihuacóatl escucho los resultados del análisis de la IA tomó la decisión de que el Anáhuac intervendría en California.
El departamento de inteligencia de la facción Yaotlakanenkih desplegaba una estructura sofisticada y diversificada para operar en el extranjero, que comprendía dos tipos principales de unidades. La primera de estas eran los ‘Quimichin’, agentes especializados en espionaje tradicional y operaciones de inteligencia encubierta. Estos operativos, dispersos estratégicamente en la mayoría de los países, incluyendo la ocupada República de California, se infiltraban en los tejidos políticos, militares y civiles de sus objetivos. recopilar información crítica, alimentar campañas de desinformación y ejecutar maniobras de guerra psicológica que podrían desestabilizar a gobiernos hostiles. Sin embargo, los Quimichin, aunque hábiles en la obtención de inteligencia, carecían de la preparación necesaria para llevar a cabo operaciones militares de alto impacto. La situación en California, donde la nación estaba ocupada y sometida, hacía que sus habilidades en propaganda y filtración de información eran prácticamente ineficaces contra un enemigo que ya había declarado su victoria sobre el territorio.
En contraste, los ‘Nahualli’ representaban la cúspide del adiestramiento militar del Anáhuac. Estas unidades, inspiradas por las leyendas de los hombres que podían convertirse en animales para atacar en la sombra, eran especialistas en guerra irregular e infiltración profunda. Equipados con tecnología de camuflaje avanzada, sistemas de comunicación indetectables y escafandras furtivas ligeras que amplificaban sus habilidades de infiltracion, los Nahualli operaban en pequeños binomios con un nivel de autonomía excepcional. Sus misiones no solo implicaban sabotaje y neutralización de objetivos estratégicos, sino también la coordinación con fuerzas locales o unidades regulares de la federación, lo que los convertía en una herramienta versátil y letal. Sin embargo, su efectividad dependía de un soporte logístico significativo que, en un entorno como California, podría volverse complicado bajo la ocupación angloamericana.
Finalmente, la federación Anáhuac contaba con un tercer recurso, una carta que rara vez se jugaba pero que siempre estaba en la baraja: Una orden guerrera clandestina especializada en ejecutar misiones políticamente cuestionables, nunca reconocida públicamente, pero cuya existencia era un secreto a puerta cerrada.
Oficialmente inexistentes, estos operativos eran especialistas en misiones políticas delicadas, diseñados para negar cualquier vínculo con el gobierno en caso de exposición. Su formación combinaba las tácticas más avanzadas de infiltración y sabotaje con un conocimiento profundo en todas las formas de hacer la guerra asimétrica, permitiéndoles ejecutar operaciones de altísimo impacto con consecuencias calculadas en el ámbito global. Estos agentes no solo actúan como soldados, sino como estrategas en el terreno, capaces de iniciar levantamientos locales, desestabilizar alianzas internacionales y alterar el curso de una guerra mediante acciones precisas.
La existencia de estos fantasmas, aunque nunca confirmada oficialmente, era un secreto a voces dentro de las altas esferas del gobierno y el ejército del Anáhuac. En un contexto como el de Baja California, su intervención podría ser decisiva, pero también representaba un riesgo monumental: una operación fallida expondría a la federación a un conflicto directo con la Unión Angloamericana y sus aliados, poniendo en peligro la estabilidad de toda la región. Sin embargo, si el informe sobre la tecnología de teletransportación era cierto, las probabilidades de permanecer inactivos disminuían con cada segundo que pasaba. La federación se enfrentaba a una encrucijada: actuar con rapidez y tomar la iniciativa, o esperar y arriesgarse a ser superada en el tablero global.
Al momento de aquella video-llamada no había ninguna unidad de aquellos fantasmas listos para el despliegue dentro del país, todas se encontraban en algún lugar convulso en el extranjero efectuando misiones clandestinas, si el mando supremo se decidía a ocupar alguna agrupación de estas unidades tendría que evacuarlas primero de su lugar de operaciones.
1100 horas 16 noviembre 2208 Capital regional de Sonota, Tohono O’odham, frontera norte Federación Anáhuac.
Fue una sorpresa para la sección de verdugos cuando en la base de Galvarino, les llegó la noticia de que tan pronto se desmontaron sus exoesqueletos tácticos e hicieron entrega del equipo en la armería local, un aerodeslizador de la fuerza aérea inca los transportaría hasta su cuartel en el complejo militar número uno en la capital de la Federación. Las últimas rotaciones que operaron dentro de la zona costera del amazonas, tuvieron que esperar más de dos días en esa base aérea para que algún dirigible militar con ruta a Yankuik Tlanesi, los regresara para disfrutar de sus dos semanas de descanso.
La alegría en los rostros de los comandos desapareció cuando el transporte en lugar de aterrizar en la capital federal, descendió en la base aérea fronteriza de Tegucigalpa, y sus dos semanas de descanso eran aplazadas hasta que completaran otro operativo de último minuto. De mala gana y con resignación los comandos subieron a un nuevo transporte que en una hora aterrizó en la ciudad de Tohono O’odham, ciudad capital de la región norteña autónoma de Sonota.
A diferencia del norte, donde la frontera era un paisaje dominado por siglos de militarización constante, la frontera sur de la Federación Anáhuac ofrecía un contraste marcado. Allí, la geografía natural actuaba como un escudo protector. El conjunto de archipiélagos e islas, formados tras el aumento del nivel del mar durante los desastres medioambientales del pasado, se extendía como un collar de perlas rotas a lo largo de la costa sur, dificultando cualquier intento de incursión extranjera. Más allá de esa barrera natural se encontraba Gran Colombia, no solo un vecino estratégico, sino también un socio vital en la prosperidad y seguridad de la región.
Gran Colombia se había convertido en un nodo logístico esencial. Desde sus puertos resguardados por gigantescas barreras de concreto que se alzaban como murallas en el Caribe, hasta los avanzados sistemas ferroviarios subterráneos sellados al vacío, la Federación Anáhuac tejía un complejo entramado de conexiones con Gran Colombia y desde ahí con su principal aliado militar en el hemisferio sur, el Tawantinsuyu. Estas líneas de transporte, ocultas bajo la superficie terrestre, recorrían millas de kilómetros en tubos herméticamente sellados, donde trenes de levitación magnética se movían como flechas silenciosas a través de un entorno optimizado para la eficiencia. Los envíos de maquinaria pesada, componentes tecnológicos y suministros militares de toda la Alianza Hatuey fluían de norte a sur y viceversa, asegurando que seis naciones estuvieran siempre conectadas. Las ciudades fronterizas como Caracas y Medellín eran bulliciosos centros de comercio, donde los mercados mezclaban influencias culturales y económicas, uniendo a las seis naciones en una danza de intercambio continuo.
Mientras tanto, en la frontera norte, el panorama era completamente distinto. Durante casi tres siglos, esta región había permanecido en estado de alerta permanente, una herida abierta en el paisaje de la Federación. Desde las alturas, la ciudad de Tohono O’odham se alzaba como un baluarte inquebrantable, una urbe fortificada cuya arquitectura combinaba la sobriedad brutalista con los elementos tradicionales de los antiguos pueblos del desierto. Los muros de la ciudad, recubiertos de aleaciones blindadas y decorados con glifos que narraban la resistencia de sus habitantes, reflejaban tanto orgullo como advertencia.
A lo largo de toda la frontera norte, los colosales cañones de riel montados sobre plataformas giratorias se erguían como guardianes imponentes. Sus siluetas, negras contra el horizonte, eran visibles desde kilómetros de distancia, y su sola presencia proyectaba una amenaza silenciosa hacia cualquier enemigo potencial. Alimentados por reactores compactos, estos gigantes eran capaces de disparar proyectiles hipersónicos con precisión milimetrica, una prueba de la avanzada tecnología militar desarrollada por la Federación. En las noches de tormenta, los rayos iluminaban brevemente las formas de estas armas dormidas, dándoles un aura casi sobrenatural, como si fueran deidades vigilando la frontera.
Mientras tanto, las trincheras subterráneas y los túneles fortificados conectaban las bases militares distribuidas estratégicamente a lo largo de la línea limítrofe. Los soldados, muchos de ellos descendientes de los habitantes que alguna vez vivían más al norte, realizaban patrullajes constantes, con la determinación heredada de generaciones pasadas. La tecnología moderna, como drones autónomos y sistemas de vigilancia orbital, complementaba la vigilancia humana, asegurando que cada centímetro de la frontera estuviera bajo constante observación.
Sin embargo, esta disparidad entre las fronteras norte y sur no se limitaba al ámbito militar, sino que también tenía profundas implicaciones económicas. Mientras el sur prosperaba gracias al comercio con Gran Colombia, el norte representaba un drenaje constante de recursos. Aquella línea de defensa perpetuamente activa requería un flujo interminable de inversión para sostener su operatividad, lo que provocaba tensiones internas en la Federación.
A pesar del malestar latente, pocos se atrevían a expresar sus inquietudes. El temor a que tales críticas fueran interpretadas por el sistema judicial como deserción ideológica en favor del enemigo disuadía cualquier disidencia. Aquellos que se atrevían a cuestionar la situación arriesgaban no solo su posición, sino también su vida, ya que una voz discordante podía fácilmente ser condenada al ostracismo o incluso a un trágico final.
En ese ambiente de censura implícita, solo los defensores de una vigilancia inquebrantable podían alzar la voz en el consenso. Cualquier sugerencia de relajar las defensas no era percibida como un acto de pragmatismo o un intento de optimización, sino como un acto de traición encubierta. Proponerlo equivalía a desafiar los pilares sobre los que descansaba la identidad misma de la Federación: fuerza, vigilancia y memoria. El miedo y la desconfianza no eran defectos, sino combustibles esenciales que mantenían en funcionamiento el colosal mecanismo defensivo. La historia misma se usaba como un recordatorio inquebrantable de los costos de la complacencia, reforzando una determinación colectiva alimentada tanto por el orgullo como por el temor de un nuevo fracaso.
La base militar a la que llegaron los comandos era un reflejo físico de esta mentalidad. La nave aterrizó suavemente en una pista de concreto impecable, rodeada de imponentes estructuras que parecían fusionar la austeridad brutalista con el esplendor de la arquitectura prehispánica. A primera vista, los edificios eran fríos y funcionales, pero una inspección más detenida revelaba una profundidad simbólica cuidadosamente diseñada. Los muros blancos relucían bajo el sol abrasador del desierto, proyectando una sensación de pureza inquebrantable, como si fueran guardianes silenciosos de un juramento antiguo. En sus fachadas, figuras geométricas en tonos ocres y rojizos se entrelazaban, trazando patrones extraídos directamente de los códices ancestrales. Grecas complejas narraban mitos de creación y destrucción, mientras siluetas de jaguares acechantes y serpientes sinuosas parecían moverse bajo la luz cambiante del día, dando vida a un simbolismo que unía el pasado con el presente.
Cuando el Huey Quachic descendió primero del transporte, su mirada se fijó de inmediato en la figura que lo esperaba junto al puerto de la instalación. Era una oficial de inteligencia, vestida con el uniforme oscuro que marcaba su pertenencia a las filas de la temida División Tlilxochitl, una agrupación conocida tanto por su discreción como por su eficacia en operaciones encubiertas. Ella permanecía inmóvil, con las manos detrás de la espalda y una expresión impenetrable que combinaba profesionalismo con un aire de autoridad. El Huey Quachic le dirigió una ligera inclinación de cabeza, un gesto de reconocimiento que parecía cargar con el peso de múltiples significados: respeto mutuo, urgencia y una tácita aceptación de que lo aguardaban asuntos graves.
Sin detenerse, delegó el mando temporalmente al líder del primer pelotón. Este, con un asentimiento rápido, asumió el control y comenzó la marcha hacia el comedor, mientras el Huey Quachic se dirigía hacia la oficial que ya lo esperaba.
La formación de los soldados era impecable: treinta figuras avanzaban en sincronía, sus botas resonando al unísono contra las calles pavimentadas con hormigón de tezontle. El eco de cada pisada se fundía con el entorno como un tambor ceremonial invisible. El material volcánico, con su profundo tono rojizo, evocaba la sangre de antiguos sacrificios.
A medida que avanzaban, los soldados pasaban bajo arcos monumentales decorados con relieves de dioses nahuas. Los ojos tallados del dios Huitzilopochtli parecían seguirlos desde las alturas, juzgando en silencio si aquellos guerreros eran dignos de portar el legado que él y otros dioses entregaron en un ambiguo pasado a esta raza de hombres. Más adelante, pequeñas fuentes rituales se dispersaban a lo largo del trayecto añadiendo un elemento de calma. El agua fluía perpetuamente desde figuras esculpidas de animales míticos del folclor de diversos mitos, brillando como cristal bajo la luz solar, un recordatorio constante de la dualidad entre la guerra y la vida.
El comedor que era su destino, y les esperaba al centro de la base, frente a una explanada, varios hangares y torres de control que se alzaban como colosos vigilantes. Al frente del edificio, los soldados pudieron distinguir un asta, donde ondeaba la versión roja de la bandera del Anáhuac, reservada exclusivamente para uso militar. El lienzo carmesí, se agitaba con vigor bajo el abrazo del dios Ehecatl. Para los soldados, esa bandera era más que un estandarte; era una promesa silenciosa de gloria y sacrificio. El viento, cargado con el calor del desierto, parecía transmitir una voz ancestral que murmuraba historias de resistencia y victoria.
Al ingresar al comedor fueron recibidos por un paisaje boscoso. Las paredes del interior estaban recubiertas con pantallas de inmersión realista que los transportó a una reserva natural, la fresca briza del sistema de ventilación reafirmo dicha sensación. Si no fuera por las máquinas expendedoras de alimentos precocinados y el mobiliario donde sentarse para consumirlos sería correcto decir que se encontraban en algún lugar al aire libre. Había un detalle adicional que contrastaba con el paisaje silvestre y era que en una de las secciones de la pared se estaban reproduciendo las noticias locales.
La sección caminó directamente a las máquinas expendedoras haciendo fila para retirar un guisado de carne vegetal envasada en plástico biodegradable, no prestaron atención al reportero que narraba las noticias de la región autónoma fronteriza de Sonota hasta que el presentador de noticias mencionó la frase:
“-Timokwepah ika in chihchiwalistli ikitsakwil in angloamericana iixpewalis in Weyi altepetl Californiapan-“
-“Volvemos con la última actualización de la invasión angloamericana en la Republica de California”-
«En la pantalla mural, una mujer de rasgos orientales, con un hijo pequeño en brazos, hablaba con orgullo. Relataba cómo su esposo había decidido quedarse en California, luchando como voluntario en las guerrillas antianglosajonas. Su tono era firme, una mezcla de orgullo y dolor, y detrás de sus palabras se entreveía la esperanza de que su sacrificio no fuera en vano.
Entre los comensales recién llegados como el resto de soldados relajándose, la ironía en las circunstancias de la invasión no pasó desapercibida. Las conversaciones se entrelazaban con murmullos y comentarios amargos, y no faltó quien dejara escapar un reproche xenófobo hacia los californianos.
La independencia de la República de California fue una herida abierta en el corazón del proyecto de unificación nativa Lo que una vez fue un sueño grandioso de unidad, extendiéndose desde la región de Nicanahuac —renombrada Centroamérica durante los siglos de ocupación— hasta las gélidas islas. aleutianas de Alaxsxaq (o Alaska, según los mapas europeos), se vio súbitamente truncado. Aquella tierra compartida, que alguna vez floreció como un mosaico de culturas indígenas y mestizas, quedó desmembrada por la traición californiana. El golpe más doloroso fue la entrega de Oregón, que los mismos californianos entregaron en bandeja de plata al odiado enemigo de ultramar, lo que quedó del proyecto de unificación nativa original se bifurco en dos federaciones independientes, el Anáhuac y Hah-Nu-Nah. Aunque después de la reforma que siguió a esa derrota, el Anáhuac se esforzó por convertirse en un modelo de respeto e inclusión para todos los pueblos y culturas; Ese respeto jamás incluyó a Europa occidental ni a sus hijos blancos americanos.

