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VERDUGOS DEL ANÁHUAC

YEHUANTIN TLATSAKUILTIANIME IKUAN ANAHUAC

Anáhuacmiquiztepicanoah

 

Ipan Chicuei pemulo

Capítulo 8

Hora indeterminada 16 noviembre. Carretera rural del desierto de mojave, en camino al XI Complejo industrial de componentes de comunicación cuántica.  Base de operaciones improvisada del ejército californiano.

 

 

Una desordenada hilera de vehículos avanzaba penosamente por la carretera rural, como un río desbordado que trataba de fluir a través del árido desierto. Desde la órbita, los sensores de un acorazado espacial de la Federación Anáhuac seguían cada uno de sus movimientos, las lecturas térmicas de los motores desgastados formando un débil destello en las pantallas tácticas de los operadores.

 

La caravana era un mosaico caótico de máquinas. Camiones civiles reconvertidos en transportes militares llevaban placas soldadas a toda prisa como blindaje improvisado, sus chasis crujían con cada hundimiento en la carretera de tierra. Algunos todavía llevaban restos de su pasado civil: logotipos de empresas locales, pintura descascarada y cabinas diseñadas para el transporte de ganado genéticamente modificado y otras mercancías. A su lado, vehículos militares y transportes de tropas, trataban de mantener el ritmo, sus motores rugiendo con esfuerzo. Muchos mostraban heridas de guerra: impactos de bala, abolladuras y manchas de hollín por explosiones recientes.

 

Entre ellos, se podían distinguir extrañas creaciones híbridas, ensambladas con partes de vehículos distintos. Una camioneta de carga, tenía un cañón antiaéreo montado en su caja trasera, con su base soldada de manera rudimentaria para resistir los retrocesos de los disparos. Otro vehículo, un antiguo autobús de transporte laboral, estaba cubierto con planchas de acero desigual y equipado con una torreta recuperada de un tanque desmantelado. Incluso había motocicletas con pequeños lanzagranadas adheridos a sus costados, operadas por exploradores que zigzagueaban alrededor de la hilera principal.

 

El ruido constante de motores sobrecalentados y piezas sueltas sacudía el aire, mezclándose con el rechinar de metales mal ajustados y los gritos de los soldados que intentaban mantener el orden. A pesar de los esfuerzos, era evidente que la caravana se desmoronaba poco a poco. Cada cierto tiempo, un vehículo se detenía, sus ocupantes bajando apresuradamente para evaluar el daño. Las ruedas bloqueadas, los radiadores perforados y los sistemas de combustión fallidos eran demasiado frecuentes. Sin piezas de repuesto ni tiempo para reparaciones adecuadas, los vehículos averiados quedaban abandonados al borde del camino, testigos silenciosos del sacrificio de la resistencia.

 

La urgencia de la marcha no era gratuita. En la distancia, las tropas podían escuchar los ecos metálicos de los autómatas de asalto pesado del enemigo, que continuaban su implacable cacería. Estos robots eran máquinas de guerra perfeccionadas, moviéndose con precisión letal a través del desierto. Sus siluetas, visibles en la lejanía, eran un recordatorio constante de la amenaza que los seguía. Torres de sensores giraban sobre sus cabezas blindadas, mientras sus patas articuladas dejaban profundas marcas en la arena. Armados con cañones de energía y lanzadores de misiles, podían arrasar vehículos enteros con un solo disparo.

 

Cada vez que un grupo de soldados quedaba rezagado para intentar proteger un vehículo averiado, el resultado era el mismo: columnas de humo negro y explosiones que iluminaban la noche, seguidas por un aterrador silencio.

 

—¡No se detengan! —gritó un oficial desde la cabina de un vehículo en la vanguardia, su voz amplificada por un megáfono. Su tono era urgente, casi desesperado—. ¡Si quedamos atrás, seremos historia!

 

El desierto, normalmente tranquilo, parecía una extensión infinita de hostilidad. El sol, irradiando un calor que competía con el de los motores. Durante el día, las temperaturas extremas habían cobrado un alto precio en los vehículos más antiguos, cuyos sistemas de enfriamiento no estaban diseñados para estas condiciones.

 

El cielo era otra razón de temor, ocasionalmente, se podían ver destellos de luz provenientes de los autómatas voladores, vigilando cada movimiento. Para los soldados californianos, esta vigilancia era una mezcla de esperanza y temor: sabían que estaban siendo observados, pero no podían estar seguros de si esa observación era de algún aliado y significaba rescate o juicio.

 

Dentro de los vehículos, la tensión era palpable. Soldados, algunos apenas jóvenes, intercambiaban miradas nerviosas. Sus uniformes estaban desgastados y manchados de sudor y arena, mientras ajustaban constantemente sus armas y revisaban los equipos.

 

—¿Crees que llegaremos? —preguntó un soldado, apretando un rosario desgastado en sus manos.

 

—Llegaremos —respondió otro, aunque su tono traicionaba la falta de convicción—. Tienen que hacerlo. No pueden dejar que esos malditos robots nos ganen.

 

En un camión de transporte reacondicionado, una oficial veterana repasaba las tácticas con sus subordinados, su rostro endurecido por las batallas recientes. Sabía que cada minuto contaba y que el enemigo no daría tregua.

 

En la retaguardia, donde los vehículos más lentos y frágiles intentaban mantenerse en movimiento, la situación era más sombría. Los soldados sabían que eran el primer objetivo si los autómatas los alcanzaban. Miraban constantemente hacia atrás, atentos al primer destello de los cañones de energía enemigos.

 

A pesar de todo, la caravana seguía adelante, como una bestia moribunda que se negaba a sucumbir. Cada kilómetro recorrido era una pequeña victoria. Las órdenes eran claras: alcanzar el punto de reunión donde se concentraban las fuerzas de la resistencia, donde se esperaba que los refuerzos pudieran ofrecer una línea defensiva más estable.

 

El ruido de los autómatas crecía lentamente en la distancia, como un eco metálico que presagiaba la muerte. Los vehículos que quedaban atrás marcaban una línea invisible entre los vivos y los que serían alcanzados por el enemigo.

 

Y así, en el corazón del desierto, aquella columna de vehículos desgastados continuaba su marcha desesperada, una mezcla de ingenio humano y esperanza enfrentándose a una tecnología diseñada para destruir.

 

Doce horas antes, el frente norte californiano había colapsado en un torbellino de caos. El empuje de las fuerzas mecanizadas angloamericanas, como una marea de acero y fuego, arrasó las líneas defensivas con una precisión devastadora. Las torretas defensivas y trincheras, fueron reducidas a cráteres humeantes. El estruendo de los proyectiles y el zumbido incesante de los drones formaron una cacofonía que se extendió como un rugido infernal a lo largo del desierto.

 

El repliegue que siguió fue una estampida desordenada, un éxodo de soldados que huían hacia el sur, dejando atrás un reguero de cuerpos, vehículos destrozados y equipos abandonados. En medio del desorden, muchos regimientos y batallones se desintegraron, sus integrantes perdiéndose en el caos. Fue precisamente esta ruptura lo que permitió a las fuerzas angloamericanas infiltrar a sus comandos encubiertos, como lobos mezclados entre las ovejas de un rebaño en fuga.

 

Entre esos comandos se encontraba el soldado raso James K. Polk. él y sus compañeros vestían con precisión simulada los uniformes de sus enemigos. Los conjuntos de ropa, diseñados con textiles inteligentes, se ajustaban perfectamente a sus cuerpos, ocultando sensores integrados en funcionamiento. Los chalecos tácticos y protectores corporales, de un verde olivo opaco, eran funcionales pero desgastados, mostrando arañazos y abolladuras que les conferían un aire auténtico de desgaste en combate.

 

En los cascos llevaban filtros de aire para enfrentar las condiciones adversas del desierto, mientras que sobre las hombreras lucían la bandera tricolor de California: verde, blanco y rojo, con el imponente oso grizzly en posición de ataque al centro del emblema. A un lado, una rama de encino; al otro, una de laurel, símbolos de la independencia y la victoria que tanto significaba para todos los patriotas californianos.

 

El vehículo que los transportaba hacia su próximo objetivo era una monstruosidad improvisada, un testimonio de la desesperación de la resistencia californiana. Era un vehículo civil modificado para el combate, una antigua camioneta de transporte cuyo diseño original había sido devorado por soldaduras apresuradas, placas de blindaje desiguales y una jaula de varillas metálicas que intentaba ofrecer protección mínima. El blindaje reactivo, un recurso escaso, apenas cubría los puntos críticos, dejando huecos por donde el sol implacable del desierto se filtraba, enviando haces de luz polvorientos que atravesaban el interior como cuchillas doradas.

 

El calor dentro del vehículo era sofocante, amplificado por la falta de ventilación y la radiación que convertía la chapa metálica en un horno móvil. Las partículas de polvo entraban por los huecos, formando una neblina que obligaba a los soldados a usar mascarillas con filtros. El zumbido constante de los motores, acompañado del crujido de piezas mal ajustadas, se mezclaba con el murmullo de los hombres, que hablaban en susurros mientras se apretaban hombro con hombro, el sudor empapando sus uniformes.

 

Desde fuera, aquel vehículo era una anomalía en la marcha de la caravana. Parecía una tortuga andante, con su blindaje desigual y oxidado, moviéndose pesadamente entre los demás transportes, como un animal tratando de pasar desapercibido en la multitud. Sin embargo, su interior ocultaba a un grupo de comandos letales, cada uno entrenado para transformar la más mínima oportunidad en un golpe mortal.

 

En el interior del vehículo, Polk mantenía los nervios controlados gracias a una dosis de drogas pesadas que le inyectaron sus nuevos compañeros antes de partir a esta misión, sus ojos dilatados fijos en sus acompañantes, adormecido por la droga que lo mantenía calmado. Aunque sus niñeros mantenían la calma, el ambiente estaba cargado de tensión. Sabían que en cualquier momento podrían ser descubiertos, que una mirada demasiado prolongada al llegar al punto de control o una palabra en el idioma equivocado por parte del civil que veían como una carga, podría revelar su engaño y condenarlos.

 

El sitio hacia el cual se dirigían junto al grueso de aquella desordenada caravana no era solo el centro de reunión de las fuerzas locales, sino el corazón palpitante de una nación al borde del abismo. Aquel complejo, conocido simplemente como la Planta Industrial #11, no era un objetivo cualquiera: era el último bastión de la resistencia californiana, un nodo crítico que mantenía conectadas a las fuerzas dispersas en el sur del estado. Sin ese lugar, la coordinación militar de California quedaría irremediablemente fracturada. Era también una importante factoría de componentes de la industria de comunicación cuántica. Por esa razón, tres naciones habían puesto sus ojos en ese terreno árido y hostil, listas para desatar el caos en una batalla decisiva que teñiría de fuego y sangre el horizonte.

 

Desde la órbita terrestre, el panorama era sobrecogedor. La Anacaona, nave insignia de la Primera Flota Espacial nahuatlata, flotaba majestuosa como un coloso de metal forjado para la guerra. Su estructura era una obra maestra de la ingeniería militar: un fuselaje diseñado para absorber las radiaciones enemigas, con líneas angulares que proyectaban una sensación de poder y autoridad. Múltiples antenas y sistemas de sensores sobresalían de su casco como los ojos de un depredador vigilante. A lo largo de su flanco, brillaba el escudo de la federación:

Dos formas circulares de un sol radiante fundiéndose con una luna creciente. El sol con grecas saliendo de sus bordes, representando, la vida y la masculinidad, mientras que la luna simbolizaba, la espiritualidad y la feminidad. En medio de los astros, un árbol primordial de la ceiba desde el cual crecen los destinos de todos los habitantes del Anáhuac, con sus raíces engarzándose firmemente dentro de una piedra basal de los ancestros, una roca sólida e inamovible que simboliza la memoria colectiva y el legado eterno de quienes forjaron el pasado. Dos ramas principales de la ceiba se extienden hacia los astros, conectando la tierra con el cosmos. La ceiba representaba la conexión con la naturaleza, con un águila real sentado en su rama izquierda y un quetzal resplandeciente en su rama derecha. El águila representando la fuerza y la valentía, mientras que el quetzal simbolizaba la belleza y la sabiduría.

– En la parte inferior del escudo, una cinta con la inscripción «Tikun Olam» (en náhuatl, «Un solo corazón»)

El escudo de la Federación Anáhuac estaba grabado en aleaciones reflectantes que parecían desafiar el vacío mismo.

 

El puente de mando de la Anacaona era un espacio vivo, donde humanos y tecnología cibernética se integraban en una sincronía perfecta. La Comandante Ixchel Tepoxtecatl, de pie junto a la mesa táctica holográfica, analizaba la red de datos proyectada con la intensidad de quien sabía que cada decisión podía cambiar el curso de una guerra.

 

Las pantallas panorámicas ofrecían una vista impresionante de la Tierra: los contornos desérticos de California, el profundo azul del océano y las luces titilantes de las ciudades bajo el control enemigo. Sin embargo, dentro del puente, el ambiente era tenso. Oficiales clásicos ajustaban parámetros y confirmaban órdenes desde consolas convencionales, mientras las cápsulas de la tripulación cibernética vibraban tenuemente, llenas de operadores conectados que supervisaban los sistemas más críticos de la nave.

 

Una voz robótica, clara y calmada, surgió de una de las cápsulas cibernéticas:

— Nican tlayekanepahtik amo tlamikayotl tiyekatl amo nihtlapaltikan ahnko hueytlapohuili Angloamérica. Tlakatlalli tlayekantli ompa yahka otekauhtik. (Trayectoria ajustada para evitar detección en los corredores de vigilancia angloamericana. Nave estable en órbita geosíncrona).

 

El Piloto Principal, conectado mentalmente a los sistemas de navegación, había asegurado una posición estratégica. Aunque físicamente en estado de coma inducido, su mente procesaba cada ajuste con una velocidad que ninguna mano humana podría igualar.

 

Desde su cápsula, la Analista Principal de Sensores transmitió un informe inmediato:

— Ompa niyotlasenkini tekotl tlakatlalli ipan makuili-ome-yeyi. Mositki tlakatlatlauhtli. (Incremento de actividad térmica en el cuadrante tres-dos-cinco. Probable convoy enemigo).

 

La comandante respondió con rapidez, sus ojos sin apartarse de los gráficos tácticos:

— Xijmiyakili, Tepopoyoah itekitl, tiketlakuajkeseyekitl miakayotl. (Oficial de Operaciones Tácticas, confirme los datos con sensores secundarios.)

 

El oficial asintió y ajustó los controles, enviando comandos precisos. En las pantallas del puente aparecieron imágenes más nítidas de la superficie terrestre: vehículos avanzando por el desierto, tropas reorganizándose en posiciones defensivas y movimientos de fuerzas angloamericanas en los alrededores.

 

Ixchel miró de reojo las cápsulas, consciente de la tensión que soportaban sus operadores cibernéticos. Aunque sus cuerpos permanecían inmóviles, sus mentes trabajaban al límite para mantener la superioridad de la Anacaona.

 

Finalmente, la comandante se dirigió a toda la tripulación:

— Tikpiah tlalayekayekatl. Tikitlakuikah ipan amika yoaltlatlauhtik kuamosemiki miakayotl. (Mantenemos posición. Prepárense para una posible retirada si los sensores confirman actividad hostil.)

 

Mientras tanto, la cápsula del Especialista en Armamento Avanzado vibraba ligeramente cuando los sistemas de armas fueron recalibrados. Una voz metálica resonó desde su interfaz:

— Tlayekitltiya kitayektik. Ahmo nitlaka kuikatl. (Sistemas de armamento listos. Capacidad de respuesta inmediata.)

 

El puente entero respondió con un asentimiento sincronizado. Afuera, el zumbido de las turbinas mantenía la nave en equilibrio mientras la Anacaona permanecía vigilante en su misión.

 

Desde la caída de las defensas orbitales californianas, el cielo sobre la nación se había convertido en un tablero controlado por las flotas de los angloamericanos y las naves nahuatlatas. Fragatas de patrulla y buques de guerra más pequeños se movían en formaciones estratégicas alrededor de la Anacaona, formando una red impenetrable. A través de esta red, se vigilaba cada movimiento terrestre y aéreo. Los sensores de las naves, equipados con tecnología de vanguardia, podían captar desde la firma térmica de un convoy hasta las emisiones electromagnéticas de un dron enemigo.

 

Las fuerzas californianas, incapaces de mantener su infraestructura satelital tras los ataques iniciales, habían delegado el control de sus comunicaciones espaciales a la Federación. Era una humillación tácita, pero una necesidad estratégica. Los satélites nahuatlatas ahora retransmitían información vital a los mandos californianos en tierra, un servicio que venía acompañado de una vigilancia constante por parte de sus aliados temporales.

 

Ixchel Tepoxtecatl se acercó a la consola y observó los datos. Se veía como los angloamericanos estaban movilizando unidades mecanizadas. Las próximas horas serían decisivas.

 

Mientras tanto, en las profundidades del espacio, las demás naves de la flota continuaban con su vigilancia incansable. Fragatas más pequeñas, como la Mecatomet, la Powhatan y la Tisquantum, orbitaban en patrones complejos, sus sistemas armamentísticos listos para responder a cualquier amenaza. Los motores de iones usados para maniobrar emitían un resplandor azulado, un contraste contra los motores apagados de desplazamiento vectorial empleados para viajes a altas distancias y el negro infinito del cosmos.

 

Desde estas naves, la Tierra se veía como una joya suspendida en el vacío, hermosa y frágil, pero debajo de esa apariencia serena, el caos reinaba. La lucha por el control del planeta no era más que una fracción de las guerras mayores que se libraban en la vasta inmensidad del sistema solar.

 

El nombre de la nave no era un mero capricho. La Anacaona representaba la fusión de dos historias heroicas: la antigua princesa taína que desafió a los invasores en el Caribe y la Tlacochcalcatl que, siglos después, lideró una de las batallas más importantes de la segunda guerra angloamericana-nahuatlata. Para la tripulación, servía como un recordatorio constante del legado en la lucha por la soberanía.

 

Ixchel Tepoxtecatl, al pasar frente al gran mural holográfico de la heroína taína en el salón principal de la nave, murmuró para sí misma: — Ma techyacana motonal ipan ni tlaijiyohuilistli. (Que nos guíe tu espíritu esta prueba).

 

En tierra, el mando californiano, enfrentado a una crisis de proporciones catastróficas, dio la orden de concentrar a los remanentes de las fuerzas defensoras en el Complejo Industrial Número 11, una instalación, que ahora se había convertido en un bastión desesperado. Rodeado por extensas llanuras de concreto y custodiado por torres de vigilancia, el complejo era una amalgama de fábricas de componentes de comunicación cuántica, almacenes de maquinaria y laboratorios secretos. Bajo la sombra de su infraestructura titánica, un ejército agotado y mal abastecido buscaba reorganizarse para lo que parecía ser el asalto final.

 

Dentro de los muros del complejo, la situación era crítica. La escasez de suministros se manifestaba en rostros pálidos, cuerpos extenuados y almacenes semivacíos. La artillería pesada, vital para cualquier defensa prolongada, escaseaba en igual medida que las raciones. Los soldados, muchos de ellos heridos y sin la atención médica necesaria, se reunían en grupos improvisados, reparando armas con lo poco que quedaba de los talleres funcionales. La energía eléctrica llegaba de generadores que chisporroteaban, alimentados por combustibles reutilizados hasta el límite. Sin el flujo constante de ayuda humanitaria proveniente del Anáhuac, cada vez más limitado tras una serie de derrotas en el campo de batalla, el ejército californiano parecía una fuerza al borde de la disolución. Sin embargo, los líderes mantenían la fachada de la esperanza, pues solo necesitaban sacrificar el remanente de sus fuerzas armadas, el tiempo suficiente para que California desplegara todo el poder de su arma secreta que tardaron 30 años en desarrollar.

 

En medio de esa fragilidad inminente, observando desde orbita, la comándate del navío Anacaona mantenía en su mente la pregunta inquietante: ¿por qué Angloamérica no aprovecha su superioridad aérea para bombardear las posiciones dispersas del ejército? La flota angloamericana, compuesta por cazas furtivos y bombarderos orbitales, tenía la capacidad de devastar cualquier instalación desde kilómetros de altura. Pero en lugar de hacerlo, parecía que los invasores optaban por permitir que los remanentes del ejército se concentraran en el Complejo Industrial Número 11, aislándolo como un depredador que acecha a su presa antes del ataque definitivo.

 

El monopolio californiano sobre estos componentes había generado tensiones internacionales durante décadas. Las demás naciones, ansiosas por adquirir la tecnología sin someterse a los elevados costos y restricciones impuestos por California, vieron en la invasión angloamericana una oportunidad para liberarse de esa dependencia. La promesa del invasor era clara y tentadora: liberar las patentes y la información técnica necesarias para fabricar los componentes cuánticos, democratizando su acceso y reduciendo su precio. En un mundo enfrentado a una creciente escasez de recursos y precios desorbitados, esta oferta era demasiado buena para ignorarla.

 

Mientras tanto, los líderes californianos sabían que la caída del complejo significaría no solo el fin de su resistencia, sino también el colapso de su posición como potencia tecnológica. En los pasillos del mando, los estrategas discutían con expresiones sombrías y voces cargadas de frustración.

 

Afuera, en los patios del complejo, las tropas sobrevivientes trataban de mantener el ánimo. La llegada de nuevos contingentes, agotados por el asedio en las líneas defensivas, llenaba de murmullos las improvisadas barracas. Los soldados intercambiaban relatos de sus encuentros con las fuerzas mecanizadas del enemigo, describiendo los autómatas blindados con voces temblorosas. Estas máquinas autónomas o controladas remotamente desde cabinas y manejadas por adolescentes, no mostraban piedad ni fatiga. Eran el rostro implacable de una invasión que no buscaba prisioneros.

 

Al caer la noche, el complejo se sumía en un silencio inquietante, roto solo por el ruido de generadores y el eco de botas sobre el concreto. Desde las alturas, las torres de vigilancia observaban el perímetro, iluminado tenuemente por reflectores que parpadeaban con la energía intermitente. Más allá, el desierto se extendía como una vasta alfombra oscura, interrumpida ocasionalmente por las luces lejanas de los campamentos enemigos.

 

En el puente de la Anacaona, Ixchel Tepoxtecatl observaba el complejo desde órbita, su rostro pétreo reflejando tanto determinación como incertidumbre. Desde su perspectiva, el destino de California no parecía depender solo de su resistencia, sino de una variable aún más imponente: el tiempo. ¿Serían capaces los californianos de sostenerse lo suficiente como para convertir su desesperación en una oportunidad?

 

 

 

Madrugada del 17 noviembre 2208. Complejo industrial número #11 de componentes de comunicación cuántica. Base del alto mando militar californiano.

 

Era una noche que comenzaba como cualquier otra para los centinelas, una vigilia más bajo el cielo estrellado, pero esa fecha, marcada en el calendario del Anáhuac como el Año 1 Cuchillo de Pedernal, estaba destinada a trascender los anales del tiempo y del espacio. Aquel instante sería el inicio de un suceso que reconfiguraría no solo el futuro, sino también el pasado de la humanidad, un evento que conectaría mundos y épocas en un solo acto de audacia. Sin embargo, ni los soldados apostados en las trincheras californianas, ni los equipos mixtos de fuerzas especiales nahuatlatas tensos y listos para el combate, ni siquiera los infiltrados angloamericanos que ya rompían los perímetros terrestres, podían imaginar la magnitud de lo que estaba a punto de desatarse.

 

En el corazón del complejo industrial, un centenar de metros bajo tierra, protegido por capas de concreto y acero diseñadas para soportar incluso impactos orbitales, el físico teórico Rogelio Mondragón contemplaba con satisfacción la culminación de 30 años de esfuerzo, sacrificios y ambición. Ante él, brillaba con una luz espectral la máquina que, según su visión, cambiaría para siempre el destino de la humanidad: el Portal Transdimensional, un dispositivo monumental construido en torno al raro y precioso elemento Alto Californio, descubierto en los laboratorios de la principal universidad de su país décadas atrás.

 

El portal no era solo una obra de ingeniería; era el epítome de la ambición científica. Basado en la teoría expandida del entrelazamiento cuántico y potenciado por reactores que aprovechaban la energía de partículas subatómicas exóticas, el dispositivo podía abrir un umbral hacia otras realidades. Mondragón lo describía como una «ventana de tiempo y destino», una herramienta capaz de perforar el tejido del multiverso para conectar esta línea temporal con infinitas versiones alternativas de la Tierra.

 

Pero el propósito del portal iba mucho más allá de la simple exploración científica. Mondragón tenía un plan grandioso y peligroso: trasladar un contingente de californianos seleccionados, soldados y científicos leales, a una realidad alternativa donde podrían intervenir en el curso de la historia. Su objetivo no era menor que construir desde los cimientos un Imperio Hispánico unificado, utilizando el conocimiento avanzado y la tecnología de su mundo original para moldear una nueva América Hispana, cohesionada, fuerte, y preparada para resistir cualquier amenaza externa.

 

El plan de Mondragón tenía varias etapas:

 

Intervención en las Independencias

Mondragón planeaba llegar a un momento crítico en la historia de la América Hispana: el período de las independencias. En esa línea temporal, usarían tecnología avanzada para influir en los eventos clave.

Neutralizarían los focos de resistencia y cohesión indígena que esperaban el momento oportuno para iniciar una rebelión unificada.

Desmantelaría las rebeliones criollas que dividieron al continente y consolidaría el territorio bajo un solo liderazgo, unificando todas las regiones en una Nueva España imperial. Este imperio no sería una reconstrucción nostálgica, sino un híbrido de tradición y progreso, dirigido por las mentes más brillantes de ambos mundos.

 

Una vez asegurado el control del continente, Mondragón preveía un periodo de avance sin precedentes. Con acceso a recursos ilimitados y tiempo infinito, este nuevo imperio integraría tecnologías futuristas con la rica herencia cultural y espiritual del mundo hispano. Universidades, laboratorios y centros de manufactura transformarían la América Hispana en una potencia global capaz de rivalizar con cualquier civilización del multiverso.

 

Cuando el imperio estuviera listo, cuando su poderío alcanzara su cúspide, regresaría a su mundo original. Para esta realidad, el paso del tiempo sería insignificante, apenas un parpadeo; pero para Mondragón y su contingente, habrían transcurrido siglos, incluso milenios, de preparación. Retornarían no como un grupo de exiliados, sino como una fuerza imparable, equipados con ejércitos, flotas y tecnologías que harían obsoletas las armas de cualquier invasor.

 

El portal dominaba el vasto laboratorio subterráneo, sus anillos concéntricos girando lentamente mientras emitían un brillo iridiscente. Cables del grosor de un brazo humano se extendían desde las paredes hasta el núcleo de la máquina, alimentando un campo de energía tan poderoso que el aire en la sala parecía vibrar. Los cálculos necesarios para estabilizar el portal requerían procesadores cuánticos dedicados, cuyos monitores desplegaban constantes matrices de ecuaciones y proyecciones dimensionales.

 

Mondragón, vestido con un austero uniforme de laboratorio que apenas reflejaba la grandeza de su visión, observaba mientras sus asistentes ultimaban los preparativos. El científico se acercó a un joven técnico que verificaba las lecturas del núcleo.

—¿Está lista la transferencia inicial?

El técnico, nervioso pero confiado, respondió.

 

— Solo necesitamos completar la transferencia de energía para aumentar el tamaño del umbral a un diámetro que permita el paso de nuestro equipo de expedición, doctor Mondragón. El portal está estable, pero será necesario monitorear las fluctuaciones de energía durante el proceso para evitar un colapso dimensional. —El técnico ajustaba los controles del panel principal, con las manos temblorosas, consciente de la magnitud de la tarea.

 

Mondragón avanzó lentamente, con los ojos fijos en el portal que ahora irradiaba una luz azulada y pulsante. Cada latido del portal era un recordatorio de que el futuro estaba al alcance de sus manos. Este instante sería el crisol de una nueva era.

 

Tomó una bocanada de aire, sabiendo que estaba a un paso de escribir una narrativa distinta para la humanidad, una donde California no sería recordada por su derrota, sino como el punto de partida de un renacimiento glorioso. En su mente, el sacrificio del presente era un precio insignificante comparado con la grandeza del mañana.

 

El laboratorio era un espacio monumental, un templo de ciencia enterrado bajo toneladas de concreto y acero. La estructura del portal dominaba la sala, un círculo titánico de metal dorado encajado en el centro de una plataforma circular. Cinco pilares cóncavos , construidos con una aleación desconocida, se arqueaban sobre la base, emitiendo débiles vibraciones conforme el campo energético crecía. Robots obreros, de diseño esquelético pero eficiente, transportaban embalajes y equipos a la plataforma, depositándolos con precisión ocupando cada área libre de la plataforma donde ascendería el equipo de exploracion.

 

Las paredes estaban cubiertas de supercomputadoras masivas, sus luces parpadeando al ritmo de cálculos inimaginablemente complejos. Estas máquinas coordinaban la asignación de las coordenadas interdimensionales, utilizando el fenómeno del entrelazamiento cuántico y partículas de Alto Californio como faros en un océano de infinitas posibilidades. Los monitores cercanos mostraban gráficos y diagramas incomprensibles para cualquiera que no tuviera una mente del calibre de Mondragón.

 

En el aire, flotaba una mezcla de ozono y aceite mecánico, un aroma que para Mondragón parecía extrañamente reconfortante. Este era su santuario, el lugar donde los límites de lo posible habían sido demolidos por su genio.

 

Un único pelotón de soldados humanos armados hasta los dientes estaba apostado dentro del laboratorio, formando un círculo protector alrededor del portal y sus operadores. Estos hombres y mujeres, eran la Guardia Pretoriana de Mondragón, habían sido seleccionados por su lealtad absoluta y porque carecían de implantes cibernéticos, un riesgo innecesario en una guerra donde los sistemas podían ser hackeados con facilidad.

 

En los niveles superiores y los accesorios, los sistemas de defensa eran casi completamente automatizados. Docenas de autómatas ciegos patrullaban los pasillos, máquinas de guerra diseñadas para reaccionar con una precisión letal. Sin embargo, esta dependencia en la tecnología tenía un punto débil: los angloamericanos, antiguos aliados de California, conocían las especificaciones exactas de estos autómatas, y los rangers enviados en misión de infiltración tenían las herramientas para explotarlas.

 

Ocultos por las sombras y armados con dispositivos de guerra cibernética, los rangers avanzaban por los pasillos del complejo, desactivando silenciosamente a los autómatas con ataques de red dirigidos. Cada máquina que encontraban se desactivaba temporalmente, dejando atrás un rastro de cuerpos metálicos que nadie descubriría hasta que fuera demasiado tarde.

 

Con movimientos perfectamente coordinados, los rangers llegaron a las puertas ciegas del laboratorio principal. Allí, usaron un dispositivo portátil que imitaba los códigos de acceso de los sistemas californianos. Las puertas, diseñadas para resistir explosiones, se deslizaron lentamente con un sistema neumático. Mondragón y su equipo no tuvieron tiempo de reaccionar.

 

Mondragón giró hacia la puerta cuando escuchó el sonido de la apertura. Su mente, siempre anticipando posibilidades, evaluó rápidamente la situación. Estos hombres no eran parte de su equipo. Por un instante, pensó que era un golpe interno, una facción de políticos o militares que quería arrebatarle el control del portal en el último momento. Pero algo en la forma en que los soldados se movían le hizo darse cuenta de la verdad: estos eran infiltrados.

 

—¡Intrusos! ¡Defiende el portal! —gritó Mondragón con una voz que resonó como una orden divina.

 

Los rangers no esperaron. Con una precisión letal, abrió fuego contra la Guardia Pretoriana. Los soldados californianos cayeron uno tras otro, sin tiempo ni siquiera de buscar cobertura. Las balas de los rangers eran tan certeras que no se malgastó un solo disparo. El laboratorio, antes un templo de ciencia, se transformó en un infierno de humo y sangre.

 

Mondragón retrocedió hacia la consola principal, sus ojos buscando frenéticamente alguna forma de salvar su creación.

— ¡Detengan el ataque! No tienen idea de lo que están interfiriéndose. Este portal no es solo una máquina. Es el futuro de la humanidad. ¡Es la salvación! —vociferó, intentando ganar tiempo.

 

Un ranger, cuyo casco cubría completamente su rostro, respondió con frialdad.

— No habrá futuro para los tiranos. Tu máquina es una amenaza, y no permitiremos que caiga en las manos equivocadas, incluidas las tuyas.

 

Mondragón activó un comando en su consola. Inmediatamente, las luces del portal brillaron con mayor intensidad, y los anillos exteriores comenzaron a girar más rápido.

—No entienden. Si desactivan el portal ahora, no solo destruirán este laboratorio. Podrían provocar un agujero negro o colapsar esta línea temporal. —gritó, su voz teñida de desesperación.

 

Mientras los rangers avanzaban entre el caos del laboratorio, uno de ellos, identificado por la insignia de especialista técnico en su uniforme, se dirigió con precisión hacia lo que claramente era la consola principal del sistema. Con movimientos rápidos y entrenados, extrajo de su equipo una unidad de almacenamiento protegida, diseñada específicamente para recuperar y almacenar datos críticos bajo cualquier circunstancia. Insertó la unidad en un puerto auxiliar del ordenador principal y, tras teclear una serie de comandos, inició la transferencia.

 

El sistema respondió lentamente mientras la unidad descargaba toda la información recuperable del laboratorio. Esto incluye esquemas técnicos, datos de investigación y detalles operativos de la imponente máquina enemiga que dominaba el centro del lugar. Durante esos tensos segundos, el ranger se mantuvo alerta, observando las lecturas que parpadeaban en las pantallas y asegurándose de que la transferencia estuviera completa.

 

Cuando finalizó la descarga, retiró el dispositivo con cuidado, revisándolo rápidamente antes de guardarlo en un compartimiento ciego de su equipamiento. Este estuche fue diseñado para aislarlo de pulsos electromagnéticos y otras amenazas, garantizando la integridad de los datos en cualquier circunstancia. Una vez asegurada la unidad, el ranger cambió su enfoque al siguiente paso de su misión.

 

Con una eficiencia fría, configuró un explosivo electromagnético de área limitada y lo coloco sobre la consola central. La potencia del explosivo era suficientemente segura para apagar la consola principal sin inhabilitar toda la instalación que su ejército deseaba capturar. Retrocedió unos pasos, asegurándose de que estaba fuera del rango inmediato de la detonación, y activó el temporizador. La carga explotó en cuestión de segundos, liberando una onda de energía que sacudió el laboratorio. Las luces parpadearon violentamente, las computadoras conectadas a la consola principal chisporrotearon y se apagaron, y las pantallas se llenaron de líneas distorsionadas.

 

Sin embargo, el vórtice de energía que se formó en el núcleo de la máquina permaneció intacto, su intensidad incrementándose como si fuera una entidad viviente que se alimentaba de su entorno. Las lecturas se volvieron erráticas, mostrando picos y caídas imposibles de interpretar, pero el ranger sabía que el objetivo principal —recuperar los datos— estaba cumplido. Ahora, lo único que quedaba era salir del laboratorio antes de que la inestabilidad del vórtice los consumiera.

— ¡No entienden lo que han hecho! —gritó, mientras el rugido del portal aumentaba y la plataforma comenzaba a vibrar violentamente.

 

Mondragón cayó de rodillas, observando impotente cómo su obra maestra comenzaba a desestabilizarse. El futuro glorioso que había imaginado pendía de un hilo.

 

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