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VERDUGOS DEL ANÁHUAC

YEHUANTIN TLATSAKUILTIANIME IKUAN ANAHUAC

Anáhuacmiquiztepicanoah

 

7 pemulo

 

Complejo militar fronterizo de Tohono O’odha, frontera norte de la Federación Anáhuac.

El Comandante Huey Cuachic entro al comedor, durante algunos segundos se detuvo en la entrada, contemplando con la mirada a su sección de soldados que discutían animadamente en algunas de las mesas del interior. Él sabía que en las próximas horas condenaría a la muerte a algunos de esos hombres, lo cual le generaba un amargo sentimiento de pérdida. Aunque la vida militar siempre está llena de peligros, desde la perspectiva de los soldados, esos peligros rara vez superan los de una vida ordinaria; Cuando estas en una situación de riesgo, pero rodeado por otros 30 compañeros cubriéndote la espalda, y cada uno de ellos equipado con toda clase de armamento pesado, es normal que te sientas mucho más seguro de lo que se sentirías estando en el medio civil.  Sin embargo esta misión que le habían asignado a su sección era una de esas temidas “excepciones” a la regla.

 

El comandante sabía que incluso si informara de los detalles y peligro de la misión, aun así todos sus comandos darían un paso al frente sin cavilar en el riesgo a sus propias vidas, ese pensamiento infló su pecho llenándolo de orgullo por la tropa que él comandaba y una leve sonrisa se dibujó en las comisuras de los labios.

 

Entre los comensales no pasó desapercibido cuando llegó su líder de sección. Tan pronto ingresó, los líderes de pelotón mutaron de alegres personas ordinarias para convertirse en autómatas a la espera de su siguiente mandato de su líder. El Huey Cuachic se acercó a la mesa más próxima donde al ver al encargado del primer pelotón, dio la entrega de una terminal de información la cual contenía las autorizaciones para surtir de provisiones y armamento a los verdugos en el almacén local de la base militar.

 

Área de Hangares del escuadrón suborbital de reacción inmediata, Complejo militar de Tohono O’odha, frontera norte de la Federación Anáhuac.

Yatziri era una joven oficial del ejército del aire. Tras dos rotaciones piloteando un carguero de tropas de asalto en la escaramuzas por el control militar del ártico. En su última misión, una avería en el sistema hidráulico de aterrizaje, la cual fue negligente a la hora de reportar, causo más tarde un temible accidente durante el aterrizaje en una zona de combate, por la cual muchos tripulantes intuís de la Republica Kaalahit perderían la vida.

Ese desgraciado error la condeno a ser reasignada para convertirse en una piloto de banqueta; calificativo despectivo que en los países hispanos los soldados de combate usaban para referirse a sus contraparte que hacían trabajos burocráticos o asignaciones restringidas dentro del cuartel. 

Yatziri maldecía diariamente esa negligencia que enterró su carrera militar, condenándola para hacer guardia todos los días en algún hangar donde nunca ocurriría nada.  Cada día que le correspondía estar de guardia, era muy exigente durante el pase de revista antes de recibir su nave asignada. Esa actitud de extrema rigidez la convertía en uno de los pilotos más odiados por los ingenieros del lugar, y lo mismo ocurría con sus compañeros pilotos que jamás entenderían su terquedad de no aceptar el cargo de su aeronave que solo se llenaría de polvo hasta el siguiente relevo de turno.

Yatziri sabía que aquella exigencia por la perfección era inútil, nada borraría la mancha en su historial de servicio que le permitiera regresar a una zona de combate.

La frontera norte de la federación Anáhuac era una de las regiones más militarizadas del mundo entero; Tanto la Federación como la Unión Angloamericana eran países que se odiaban a muerte, pero la amenaza de destrucción mutua había convertido esa región en uno de los lugares más pacíficos durante más de dos siglos y era seguro afirmar que seguiría así durante varias décadas más. Era el lugar perfecto para los “pipiltin” enviaran a sus hijos a cumplir con el servicio militar, y también era el lugar perfecto para enterrar la carrera militar de cualquier soldado desgraciado.

Esa idea fue reafirmada cuando la Unión Angloamericana decidió invadir a su vecina y aliada Republica de California en lugar atacar a la Federación y tener que enfrentarse militarmente a los tres países nativos que la rodeaban.

 

Durante las semanas anteriores muchos diplomáticos californianos habían hecho esfuerzos en la capital federal Yankuik Tlanesi para pedir el apoyo del Anáhuac y el resto de países de la alianza nativa, argumentando el dicho popular que el “enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Pero el Anáhuac no perdona, y jamás un soldado nahuatlata moriría peleando por ayudar a la nación californiana, tal apoyo a un país que alguna vez había levantó las armas contra su gente estaba prohibido a nivel constitucional, y cualquier político que cuestionara dicha prohibición podía ser enjuiciado por traición a la patria y condenado en el altar de sacrificios. No obstante aun así el Anáhuac no tenía problemas en que fueran sus armas las que causaran la muerte de soldados angloamericanos, y con eso en mente. Desde algunas de sus bases fronterizas con la república de california. El “Consejo de los pueblos” decidió enviar cargamentos de pertrechos militares disfrazados de ayuda humanitaria.

Yatziri solo podía ver desde su hangar la partida diaria de cargueros, incluso ser degradada para convertirla en mera repartidora de envíos, parecía en aquel momento una opción para sacarla de su condenada rutina.

Pero aquella piloto frustrada recibiría una gran sorpresa este día, cuando alrededor del medio día fue requerida por comandante jefe del escuadrón aéreo de la zona. La fuerza aérea y el ejército de infantería realizarían una misión de oportunidad en pocas horas, de pura suerte por la premura en la organización del operativo, necesitaban pilotos de cargueros de tropas de asalto con un perfil similar al suyo.

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