VERDUGOS DEL ANÁHUAC
YEHUANTIN TLATSAKUILTIANIME IKUAN ANAHUAC
Anáhuacmiquiztepicanoah
Ipan Chiquacen pemulo
Capitulo 6
Complejo militar fronterizo de Tohono O’odham, frontera norte de la Federación Anáhuac.
El Comandante Huey Cuachic entró al comedor en silencio. Se detuvo en la entrada por unos segundos que se hicieron largos, sus ojos oscuros barriendo cada rincón del espacio. Allí estaba su sección, repartida entre las mesas metálicas alineadas con precisión militar. Las voces llenaban la estancia con risas, bromas y debates animados, un ruido de camaradería que parecía desafiar la gravedad de la vida que les aguardaba más allá de esas paredes.
El Huey Cuachic sintió un peso en el pecho, un nudo de amarga inevitabilidad. En las próximas horas, condenaría a algunos de esos hombres a la muerte, una verdad que se le antojaba más dura que las órdenes que había recibido desde lo alto de la cadena de mando. La guerra no respetaba lealtades ni valentía; incluso los mejores podían caer.
Se obligó a caminar hacia el interior del comedor, manteniendo la espalda recta y la mirada firme, aunque cada paso le costaba más de lo que admitiría. La sonrisa que mantenía en las comisuras de los labios no era para él, sino para ellos: su familia de armas, aquellos que confiaban en él para liderarlos no solo con estrategia, sino también con humanidad.
En las mesas, los soldados seguían con sus charlas despreocupadas, ajenos al filo que pendía sobre sus cabezas. Sabían, por supuesto, que cualquier día podría ser el último; la vida militar estaba llena de riesgos. Pero la mayoría de las veces, esos riesgos eran menores: misiones con bajas improbables o bien equipados para enfrentarlas. En el campo, cuando estás rodeado por treinta compañeros con armamento pesado, te sientes más seguro que en tu propia casa, como si el colectivo blindara tus vulnerabilidades.
Pero esta vez era diferente. Esta misión no era como las demás. Era una de esas excepciones que transformaban la rutina militar en una ruleta mortal, donde las probabilidades estaban en su contra.
El Huey Cuachic apartó el recuerdo del informe clasificado que había escuchado esa mañana, pero no pudo eliminar del todo la imagen mental del peligro que acechaba. Un objetivo imposible, un terreno hostil, enemigos que no hacían prisioneros. Y, sin embargo, su sección se alzaría como siempre lo había hecho, sin dudar un instante.
– Ma ye ticmatiyaya in ihti tehuatl, tle mochipa ticahuatihua oc achi?—Si supieran lo que les espera, ¿seguirían riendo así? —se preguntó con un leve dolor en el pecho. La respuesta no tardó en llegar, clara como la luz del día:
– Kena. Kemaj kichiuaskiaj. / Si. Por supuesto que lo harían.
Sus soldados confiaban en él no solo por su rango, sino porque sabían que su líder nunca les mentía. Si les decía que avanzaran, ellos sabían que él también lo haría. Ese pensamiento llenó al comandante de un orgullo silencioso, un sentimiento que envolvió su corazón como una llama cálida en medio del frío.
Mientras avanzaba, el ruido del comedor disminuyó. Su presencia no pasaba desapercibida. Las risas se fueron apagando lentamente, y las cabezas comenzaron a girar hacia él. Uno a uno, los soldados lo reconocieron y ajustaron involuntariamente su postura. No era una cuestión de miedo, sino de respeto. El Huey Cuachic tenía esa aura de liderazgo que hacía que hasta el más experimentado de los soldados quisiera ganarse su aprobación.
Al llegar al centro de la mesa donde estaba la mayoría de su sección, se detuvo. Sus ojos recorrieron nuevamente las caras de su equipo, grabándose cada expresión, cada sonrisa, cada rasgo. ¿Quiénes regresarían y quiénes no? La pregunta lo atormentaba en silencio, pero su rostro permaneció sereno.
Finalmente, con voz firme pero cargada de gravedad, rompió el silencio:
Ipan ce Cuachic Ipan Tlakatlaxin /Primer oficial del primer pelotón.
Nitlacahuaz noyollochihualiztli tlamamalohpan itech in tlaxitlalli. Tihkeman inin yaotlatokayo tlen mitzquihuazkeh in tequipan ihuan in yaoyeknemiliz ic nauhpan. In oc yehuatl in Yaotlapohual, mopohpolohuiz in tlahchi itech in telpochcalli tlen yaoyotl. Xochipepenoh in tlaixpan ompa in tlachpanitlakatl, tlen tepochyahkeh miac tonaltinime. Motetlazohuilizkeh in tlahuelilo yolkopa itech in tlachpanitlakatl yaochihuayan.
Te entrego la autorización para equiparnos en la armería. Lleva este parte de guerra para que te entreguen el equipo para nuestra próxima misión. El resto del Yaotlapohual. Tienen toda la tarde para relajarse dentro de la base militar. Pase de lista al toque de trompeta para el pernocte frente al asta de bandera, nos desplegaran a mitad de la noche desde los hangares de esta base militar.
No hubo preguntas, solo una respuesta unánime y disciplinada. Los soldados comenzaron a levantarse de sus mesas, recogiendo sus utensilios y preparando sus cosas con la eficiencia característica de un equipo bien entrenado. Pero mientras lo hacían, algunos intercambiaron miradas rápidas, como si intentaran leer entre líneas lo que su comandante no había dicho. La tensión era palpable ahora, suspendida en el aire como una tormenta que aún no se desata.
Huey Cuachic los observó a todos por última vez antes de salir del comedor. Su espalda ancha desapareció tras la puerta, pero su sombra seguía proyectándose sobre ellos, una mezcla de esperanza y presagio.
Área de Hangares del escuadrón suborbital de reacción inmediata, Complejo militar de Tohono O’odham, frontera norte de la Federación Anáhuac.
Yatziri era una joven oficial del ejército del aire Xike ra thi (Fuerza de la guerra del cielo» o «Fuerza aérea de la lucha en lengua otomí). Una prometedora piloto cuya carrera había quedado marcada por una tragedia que le robaba el sueño. Tras nueve rotaciones piloteando un carguero de tropas de asalto en las escaramuzas por el control del Ártico, un teatro de guerra tan hostil como el clima que lo envolvía, había cometido un error fatal. En su última misión, una avería en el sistema hidráulico de aterrizaje, que desestimó como menor y no reportó a tiempo, se convirtió en una trampa mortal. Durante el aterrizaje en una zona de combate, el fallo desencadenó un catastrófico accidente que cobró la vida de decenas de soldados de la República de Kaalahit, aliados de Anáhuac en las tensas campañas polares.
Ese único y desastroso momento la condenó a ser relegada, su rango reducido a piloto de banqueta, un término despectivo que sus compatriotas empleaban para aquellos que, en lugar de surcar los cielos, quedaban atrapados en tareas burocráticas o relegadas al mantenimiento de bases militares. Día tras día, Yatziri vagaba por el hangar como una sombra de lo que había sido, viendo despegar y aterrizar aeronaves mientras se sentía una espectadora en el mundo al que antes pertenecía.
Los recuerdos de aquella noche fatídica la atormentaban sin descanso. El fragor de los motores intentando estabilizarse, los gritos en los comunicadores, y la horrenda visión del fuego devorando el fuselaje tras el impacto estaban grabados a fuego en su mente. Cada vez que cerraba los ojos, podía escuchar el ruido seco del metal al romperse y los gritos de los heridos que no logró salvar. Era una pesadilla que llevaba consigo incluso despierta.
Para lidiar con ese remordimiento, Yatziri se aferraba a la perfección como una náufraga a un trozo de madera en un mar embravecido. Durante los pases de revista en el hangar, era implacable. Inspeccionaba hasta el más mínimo detalle de su aeronave asignada, aunque supiera que jamás despegaría bajo su mando. Esa obsesión irritaba tanto a los ingenieros que supervisaban el equipo como a sus compañeros pilotos, quienes la acusaban de ser innecesariamente dura. Pero a ella no le importaba: aquella exigencia era un intento desesperado de redimirse, una rutina sin sentido que la mantenía cuerda. Sabía que ninguna cantidad de revisiones podría borrar la mancha en su historial.
El entorno no ayudaba a disipar sus pensamientos oscuros. La frontera norte de la federación, era una de las regiones más militarizadas del mundo, un cinturón tenso donde tres potencias se mantenían en equilibrio gracias a una paz precaria, sostenida más por el temor a la destrucción mutua que por la diplomacia. La Unión Angloamericana, observaba con resentimiento a sus vecinos del norte y el sur: La Federación de Ha-Nu-Nah que se extendía en toda Alaska y la República de Kaalahit, independizada en lo que los colonos vikingos llamaron Greenland, además de su molesto vecino del sur. Estas tres naciones formaban el brazo norteamericano de la Alianza Hatuey, un bloque geopolítico creado para resistir las presiones y ambiciones de los países descendientes de la colonización europea. En este escenario, los rencores históricos aún ardían bajo la superficie, alimentados por los excesos cometidos en el pasado por ambas partes.
La frontera norte, aunque estuviera llena de bases militares, era un lugar seguro, muy diferente de los frentes de guerra activos en otras partes del mundo. Para los altos mandos, esta región era ideal para desterrar a soldados cuya carrera había quedado en ruinas, condenándolos a la monotonía de entrenamientos eternos y despliegues sin propósito real. También era el destino predilecto para los hijos de los pipiltin, las élites que enviaban a sus descendientes a cumplir con el servicio militar obligatorio con la tranquilidad de que no correrían riesgos reales. Aquellos jóvenes, provenientes de familias influyentes, pasaban sus días entre rutinas de cuartel y simulacros sin peligro, disfrutando del prestigio que otorgaba el uniforme sin enfrentarse a las verdaderas dificultades de la guerra.
Esa idea fue reafirmada cuando la Unión Angloamericana en lugar de atacar al Anáhuac por la escalada de tenciones de la guerra fría, teniendo que enfrentarse militarmente a los tres países de la Alianza Hatuey que le rodeaban, decidió invadir a su vecina y aliada Republica de California para seguramente hacerse con sus recursos en un planeta agónico al punto de reventar.
Para alguien como Yatziri, atrapada en un hangar polvoriento y sin perspectivas de redención, la frontera norte no era solo un cementerio de de su carrera militar; era una prisión abierta, inmensa y asfixiante, donde cada día transcurría como un eco interminable de su propio fracaso. La rutina era su mayor castigo: revisar naves que no despegarían, supervisar listas que nadie leería, y soportar las miradas de ingenieros que la consideraban una molestia. Cada vez que un carguero encendía sus motores y se elevaba hacia el horizonte, la sensación de inmovilidad se le clavaba en el pecho como una espina que nunca dejaba de doler.
Durante las semanas anteriores, la diplomacia californiana había intensificado su actividad en la capital federal, Huey Yankuik Tlanesi, implorando apoyo al Anáhuac y al resto de los países de la Alianza Hatuey. Argumentaban, con una lógica desesperada, que el “enemigo de mi enemigo es mi amigo.” Pero los pueblos de Anáhuac no olvidaban, ni perdonaban. La historia estaba grabada en la carne de sus ancestros, y jamás un soldado nahuatlata derramaría su sangre para salvar a un país que alguna vez empuñó las armas contra ellos. Esta prohibición no era solo moral; estaba inscrita en la constitución, y quien la desafiara enfrentaría la pena máxima: la muerte en el altar de sacrificios.
A pesar de ello, el Anáhuac sabía aprovechar las grietas en la moral angloamericana. Si sus soldados no podían intervenir, sus armas sí lo harían. Desde varias bases en la frontera con California, el “Consejo de los Pueblos” organizaba descarados envíos de pertrechos militares disfrazados de ayuda humanitaria. Cajas rotuladas con inscripciones que hablaban de alimentos y medicinas ocultaban artillería ligera, sistemas de defensa portátiles y municiones, todas destinadas a debilitar a la Unión Angloamericana desde las sombras. Era una jugada calculada, casi cínica, que mantenía el equilibrio político mientras apoyaba sutilmente a un antiguo enemigo.
Desde su hangar, Yatziri observaba cada día cómo los cargueros se elevaban como aves liberadas, llevándose consigo los suministros que quizás cambiarían el curso de los enfrentamientos. Ella, en cambio, permanecía allí, prisionera de su historial manchado, condenada a ver cómo el mundo continuaba girando sin ella. Incluso ser degradada a una mera repartidora de pertrechos le parecía, en ese momento, una opción más digna que su rutina sin propósito.
Sin embargo, ese día, el destino decidió romper la monotonía. Hacia el mediodía, mientras ajustaba un registro de vuelo que jamás despegaría, un asistente del comandante jefe del escuadrón aéreo apareció en el hangar. Con la formalidad de un mensaje urgente, le pidió que se presentara de inmediato ante el superior. Confundida y algo incrédula, Yatziri caminó hacia la oficina con el corazón latiendo con una mezcla de esperanza y recelo.
Al llegar, el comandante, un hombre de gesto severo pero mirada calculadora, le comunicó lo inesperado: una misión de oportunidad requería la colaboración entre la fuerza aérea y el ejército de infantería. Debido a la urgencia en la organización del operativo, necesitaban pilotos de cargueros de tropas de asalto con experiencia real en el campo de batalla. Su perfil, aunque manchado, encajaba perfectamente en la descripción. Yatziri sintió cómo un torrente de emociones la atravesaba: sorpresa, duda, incluso miedo. Tras meses de ostracismo, por fin podría volver a volar, pero también enfrentaría los fantasmas de su pasado en un despliegue que no permitía margen de error.
El comandante extendió el informe hacia ella con gesto decidido.
— “Ngũ xike” Yatziri, ni mo chantilistli. Ximocualtlalica. Tlaixpowali tlen nochi ipan ome horas teipa tlen nopa tlatsotsonali tlen nopa youali..
—“Guía del cielo” Yatziri, esta es su oportunidad. Prepárese. Pase de revista general a las dos horas pasado el ultimo toque de trompeta…-
Las palabras resonaron como un trueno en su interior. Sin tiempo para digerirlo, su vida volvía a despegar, aunque no sabía si sería hacia la redención o hacia un nuevo abismo.
Hora y ubicación indeterminada. En el interior de la Republica de California ocupada por las fuerzas angloamericanas.
Cuando James K. Polk recibió la notificación de su reclutamiento, sintió que el suelo bajo sus pies se desmoronaba. No podía concebir cómo un historiador, un hombre dedicado al pasado, podía ser útil en un ejército del siglo XXIII, donde el presente y el futuro estaban dominados por máquinas autónomas y cuerpos modificados. Sin embargo, la orden judicial era clara: él y otros académicos especializados en la historia de las Américas serían movilizados para: “auxiliar como especialistas, en el esfuerzo de las fuerzas armadas en una operación humanitaria”. Más tarde el ejército revelaría los detalles después de que las primeras tropas aerotransportadas descendieron en la capital de un país aliado, destrozando todos los edificios gubernamentales e instalaciones públicas del gobierno californiano, en busca de “alguien o algo”. James K. Polk no tenía espacio en sus pensamientos para preocuparse por las situaciones internacionales con California, país del que los medios de información habían reportado un buen bagaje de noticias negativas sobre su incapacidad para mantener el orden público en algunas regiones o su exceso de fuerza pública sofocando las protestas de algunas minorías étnicas.
Su preocupación era más inmediata, le preocupaba haber sido arrancado de su ecosistema civil, sentirse secuestrado o esclavizado por las ordenes de su país para verse obligado a estar en el ambiente bárbaro que era la guerra como si su país lo hubiera llevado en un viaje a través del tiempo a una remota época oscura en el que la violencia era el día a día.
La guerra, al igual que la tecnología, había avanzado hasta volverse irreconocible. Las fuerzas armadas de la Unión Angloamericana eran la cúspide de la automatización: “drones de combate, autómatas humanoides e inteligencias virtuales de comando llevaban el peso de las operaciones. Los humanos, reducidos a una minoría, ocupan principalmente roles de supervisión técnica o mantenimiento de sistemas complejos. Los soldados de carne y hueso que permanecían en el frente eran un producto de la bioingeniería y la robótica. Prótesis avanzadas sustituían extremidades orgánicas; implantes cerebrales conectaban sus mentes a redes tácticas, y la resistencia física sobrepasaba cualquier límite natural. En este contexto, un historiador como Polk era tan útil como un pintor medieval en una estación espacial. La irrelevancia del conocimiento humano. En un mundo donde las inteligencias artificiales podían reconstruir cualquier evento histórico en segundos y analizar tendencias culturales con precisión matemática, el oficio de historiador parecía haber perdido toda relevancia. De hecho, durante años había luchado por justificar su trabajo en un entorno académico dominado por “asistentes virtuales” que hacían el mismo trabajo a una fracción del costo y con mayor rapidez. ¿Por qué entonces lo habían seleccionado? Esa pregunta lo atormentaba en cada momento de silencio, como un cuchillo girando en una herida.
A medida que avanzaban las semanas, James K. Polk seguía confinado en la base militar desde donde el comando desplegaba sus contingentes, en busca de ese “alguien o algo”
«What am I doing here?» /»¿Qué estoy haciendo aquí?» ,
La base militar a la que lo tenían asignado era un hervidero de actividad mecánica, un lugar donde lo humano era casi un vestigio. Por todas partes, soldados mejorados con implantes robóticos caminaban con movimientos precisos, casi coreográficos, como si respondieran a una música inaudible y drones suspendidos sobre el aire transportaban cargas y suministros a los transportes aéreos o terrestres
Para James, aquello era un espectáculo alienante.
«I don’t belong here»/»No pertenezco aquí», se decía una y otra vez.
intentaba calmarse repitiéndose en voz baja:
“This must be a mistake. They will send me back soon. I don’t belong here.”
«Esto debe ser un error. Me enviarán de regreso pronto. No pertenezco a este lugar”.
En los abundantes momentos de descanso, aburrimiento y hastío que tenía, sintiéndose como prisionero, o secuestrado por su propio gobierno. Que lo mantenía en este bárbaro lugar con la excusa de tenerlo accesible si en algún momento se le requería, eso fue lo que experimento hasta ese dia.
Ese día, al mediodía, James fue convocado a una reunión a puerta cerrada. Un oficial de alto rango lo esperaba, de pie junto a una pantalla holográfica que proyectaba un mapa de la región californiana. El hombre, cuya postura rígida y mirada acerada reflejaban años de disciplina militar, fue directo al grano:
«Mr. Polk, history is a battlefield like any other. You will accompany our troops on a special mission to locate a weapon of mass destruction that we have evidence was developed by Californians. If your unit finds evidence, your role will be to serve as a war correspondent and develop a historical justification for our presence in California, based on your first-hand experiences. These will be recorded using sensory equipment to ensure authenticity for public dissemination. Think of it as your contribution to the war effort.»
«Señor Polk, la historia es un campo de batalla como cualquier otro. Usted acompañará a nuestras tropas en una misión especial para localizar un arma de destrucción masiva que tenemos evidencia de que fue desarrollada por los californianos. Si su unidad encuentra pruebas, su función será apoyar como corresponsal de guerra y elaborar una justificación histórica de nuestra presencia en California, basada en sus experiencias de primera mano. Estas se registrarán utilizando un equipo sensorial para garantizar la autenticidad para su difusión pública. Piense en ello como su contribución al esfuerzo de guerra».
La noticia cayó sobre James como un balde de agua helada. Hasta ahora, su papel había sido confuso, pero al menos seguro. Ahora, lo estaban enviando al frente, acompañado por un pelotón de Rangers de asalto, soldados híbridos.
Intentó protestar, aunque sabía que sería inútil:
«I’m a historian, not a soldier! I’ve had no real training for this!
«¡Soy historiador, no soldado! ¡No he tenido ningún entrenamiento real para esto!
El oficial no mostró compasión:
«Everyone has a role to play, Mr. Polk. You will adapt. Everyone does.»
«Todos tienen un papel que desempeñar, señor Polk. Usted se adaptará. Todos lo hacen»
«Why me? What can a historian do in a war zone?
«¿Por qué yo? ¿Qué puede hacer un historiador en una zona de guerra?
El oficial lo observó durante un largo instante, su expresión era una mezcla de irritación y algo cercano al desprecio, como si Polk fuera un grano de arena que se había infiltrado en los engranajes perfectamente aceitados de su base militar. Su mandíbula apretada y los ligeros movimientos de sus dedos sobre la mesa sugerían que su paciencia estaba al borde del colapso. Cada palabra que Polk había pronunciado parecía golpear contra un muro de acero; el militar no tenía interés alguno en escuchar las protestas de un civil desubicado.
«Anything else, Mr. Polk?»
«¿Algo más, señor Polk?», espetó finalmente el oficial, con un tono seco y cortante que convirtió la pregunta en una orden para terminar la conversación. James, consciente del abismo que los separaba, intentó una última súplica, pero el oficial alzó una mano con un movimiento brusco, como quien aparta una mosca molesta.
—I don’t have time for this, civilian. Your job is simple: do your duty. Let me worry about the rest.
—No tengo tiempo para esto, civil. Su trabajo es sencillo: cumpla con su deber. Déjame preocuparme por el resto.
Luego de lo cual, aquel oficial, con una cara de molestia como si no quisiera perder más un solo segundo con un civil que pudiera contagiarlo o ensuciarlo con algo de si, simplemente lo despidió sin atender a sus suplicas.
El Departamento de Inteligencia había interceptado una serie de filtraciones provenientes de simpatizantes californianos que apoyaban, en secreto, la causa angloamericana. Aunque fragmentadas y envueltas en cripticismo, esas filtraciones señalaban la existencia de un complejo tecnológico oculto en la región rebelde de California, una instalación clave que podría albergar los secretos capaces de alterar el curso de la humanidad que el ejército había estado buscando desesperado.
Para investigar esos rumores, James Polk fue asignado, junto con un grupo de militares, a infiltrarse en el corazón de la zona rebelde. La misión no era solo riesgosa; era suicida. Cuando se le notificó la orden, sintió un vacío helado apoderarse de su pecho, como una sentencia de suicidio.
Polk seguía sin entender por qué alguien como él había sido reclutado, y se negaba a aceptar su realidad. Sus superiores se lo habían explicado con frialdad, pero se negaba a aceptar dicha explicación
El día de la invasión, cuando fue evidente que era imposible contener a los angloamericanos, la estrategia californiana fue ceder las áreas más desprotegidas colindantes con la Unión angloamericana y replegar a sus fuerzas armadas al sur. Durante siglos California se había preparado para enfrentar una hipotética invasión por parte de la federación Anáhuac. Creyendo estar protegidos en su frontera norte, bajo esa premisa sus mayores áreas industriales y tecnológicas estaban en el norte y sus fortalezas militares en el sur. Se creó una frontera difusa que dividió California entre la zona ocupada por los angloamericanos y la zona libre controlada por las fuerzas armadas de California. Cada día los límites de esa frontera se redibujaban, aumentando la zona de influencia angloamericana, pero luego del asalto inicial el avance de los angloamericanos era muy lento. Las divisiones que sobrevivieron a la toma de Nuevo Monterrey combatían con gran arrojo, dando cara sus vidas por cada metro cuadrado de terreno que avanzaban los autómatas angloamericanos. Aunque ese arrojo por parte de los militares californianos no se debía a algún sentido de patriotismo fanático, era producto del adiestramiento psico osmótico que más que adiestramiento. sería más correcto llamarlo un lavado profundo de cerebros.
Así se inició una línea de división: una frontera siempre cambiante entre la zona ocupada y la zona libre. Cada día era un tira y afloja sangriento, con las fuerzas angloamericanas.
Aunque el proceso de adiestramiento psico osmótico de Polk había sido mucho menos invasivo, no podía evitar sentir que algo en él también había cambiado. Se despertaba cada noche empapado en sudor frío, con fragmentos de sueños confusos que le habían temblar de miedo, en los que no reconocía su propia voz ni sus pensamientos. ¿Cuánto más le quitarían antes de que esta absurda guerra acabara?
Las horas previas a la infiltración transcurrieron con una mezcla de ansiedad y resignación. Polk observaba a los militares que acompañaría, algunos de ellos técnicos experimentados, otros civiles como él, arrancados de sus vidas ordinarias. El hangar donde guardaban era un bullicio mecánico, lleno de zumbidos, chasquidos metálicos y el murmullo de comandos automatizados.
Un oficial pasó junto a Polk, dedicándole una mirada que mezclaba desprecio y lástima.
«Civilians… Just a burden on my men. If it weren’t for the mandatory contingency plans A, B and C of those artificial intelligences in command…»,
«Civiles… Solo una carga para mis hombres. Si no fuera por los obligados planes de contingencia A, B y C de esas inteligencias artificiales de los mandos…», murmuró el oficial, lo suficientemente alto como para que Polk lo escuchara.
0000 horas. Área de Hangares del escuadrón suborbital de reacción inmediata, Complejo militar de Tohono O’odham, frontera norte de la Federación Anáhuac.
La noche había extendido su manto sobre la región autónoma de Sonota, envolviendo la base militar en una atmósfera cargada de tensión y un peso invisible que aplastaba los hombros de todos. En el hangar principal, bajo la luz parpadeante de reflectores que lanzaban haces de un blanco frío, se reunían las figuras de los soldados de la Federación Anáhuac. Era un espacio amplio, casi cavernoso, cuyo eco repetía cada paso metálico y cada murmullo ahogado. El olor a combustible y metal caliente impregnaba el aire, un recordatorio constante de la maquinaria de guerra que estaba en fila organizada lista para partir a su misión cuando los autómatas de servicio terminaran de cargar los suministros de “ayuda humanitaria” inscritos en los cataportes.
En las pistas de aterrizaje había doce cargueros aeroespaciales tipo b’ax’böts’ë, que en idioma ñañu significaban “canastos gigantes”. Eran verdaderos titanes del transporte militar. Su diseño imponente les daba el aspecto de bestias dormidas, esperando el momento de alzar el vuelo hacia tierras en conflicto. Cada día, estos gigantes partían con precisión mecánica, llevando pertrechos vitales a las líneas californianas. Pero aquella noche, los motores permanecían apagados de estos transportes, ya tripulados por sus pilotos a la espera de recibir la autorización para el despegue, y el hangar respiraba con un ritmo contenido, como si el lugar mismo estuviera consciente de la misión clandestina que se estaba gestando.
En los bordes del hangar, tres grupos de comandos guardaban en silencio. Su presencia, aunque discreta, no pasaba desapercibida, proyectaba una sombra ominosa que todos los presentes sentían, incluso si evitaban mirarlos directamente. Eran comandos de fuerzas especiales, mejor conocidos como Cuachiqmeh, el aspecto de su equipo lo evidenciaba, espectros de carne y metal, la encarnación de la guerra en su forma más pura. Su equipamiento táctico de color gris opaco que parecía devorar la poca luz que los reflectores del techo lanzaban sobre ellos, haciéndose casi indistinguibles de las sombras que les servían de manto.
Los soldados regulares, en cambio, luchaban por mantener la compostura. Muchos tamborileaban nerviosamente con los dedos sobre los rifles; otros ajustaban sin necesidad las correas de sus mochilas o miraban de reojo a sus compañeros, buscando apoyo en medio de la tensión. Eran jóvenes e inexpertos, apenas iniciados en las realidades brutales de la guerra. Sus rostros, bajo la tenue luz, mostraron la mezcla de temor y emoción de quienes saben que pronto se enfrentarán al abismo. Algunos no podían evitar dirigir miradas furtivas hacia los cuachicmeh, como si esperaran que estas figuras inmutables les ofrecieran algo de seguridad, aunque la mera presencia de los comandos les provocaba escalofríos.
Los cuachicmeh equipados con todo el material de guerra que la federación les podría brindar para este despliegue, exudaban una advertencia silenciosa para sus enemigos y un recordatorio sombrío para sus aliados. Sus exoesqueletos tácticos, fabricados con materiales compuestos de última generación, los transformaban en algo más que humanos. Los rótulos de cráneos descarnados impresos en sus visores, diseñados para infundir terror, parecían miradas vacías que atravesaban las almas de quienes se atrevían a sostenerles la vista. Para los supersticiosos, eran heraldos de muerte; para los pragmáticos, armas vivientes.
El arsenal que portaban era igualmente intimidante. Algunos llevaban rifles de asalto pesado, o versiones modernizadas de un icónico rifle de francotirador fabricado hace algunas generaciones, a inicios de la era de la automatización cibernética conocido como “el ultimo rifle”, y que se había convertido en el símbolo de una bandera en lejanas tierras. Otros empuñaban ametralladoras de plasma, armas tan devastadoras que podían pulverizar objetivos que antes habrían requerido el poder de un vehículo blindado de asalto pesado. Los propulsores individuales adheridos a las espaldas de varios comandos añadían un matiz casi sobrenatural a su apariencia, como si en cualquier momento pudieran alzar el vuelo como ángeles oscuros de la destrucción.
Inmóviles como estatuas funerarias, los cuachicmeh parecían más autómatas que humanos. Sus respiraciones, amortiguadas por los sistemas internos de los cascos, eran inaudibles, aumentando la sensación de que eran máquinas programadas para la guerra. Este contraste con los soldados regulares, vivos en su nerviosismo, hacía que la diferencia entre ambos grupos resultara abismal. Para los comandos, la misión no era una prueba, sino un trámite más en una lista interminable de operaciones; para los soldados regulares, era la puerta de entrada a un infierno desconocido.
Por la premura de la operación, el mando local apenas tuvo tiempo de seleccionar al personal. Los soldados regulares, elegidos al azar entre las filas, solo podían confiar en sus comandantes, hombres curtidos para el combate y seleccionados cuidadosamente por su capacidad para liderar bajo presión. Se esperaba que estos oficiales no solo fueran capaces de mantener la disciplina, sino también de instruir rápidamente a sus tropas en las tareas de apoyo que les corresponderían durante la operación.
Salvo el líder verdugo, nadie en el hangar conocía los detalles de la misión. Toda la información estaba compartimentada, y los comandantes del dispositivo de seguridad compuesto por las fuerzas regulares, conocerían y transferirían las órdenes al tiempo que las inteligencias artificiales liberaran la información.
En el centro del hangar, las sombras alargadas proyectadas por las naves de transporte creaban un mosaico de luces y oscuridad que parecía un presagio. Los cargueros, de casco robusto y diseño funcional, aguardaban como bestias de carga listas para cumplir su cometido. Las puertas de las naves estaban abiertas, iluminadas por una luz ámbar que se derramaba sobre el suelo, marcando el camino hacia un destino incierto.
Mientras tanto, los cuachicmeh permanecían impasibles, como si el tiempo no tuviera significado para ellos. Eran una contradicción viviente: humanos por naturaleza, pero casi divinos en su capacidad para inspirar temor y respeto. La misión aún no había comenzado, pero el peso de su presencia ya se sentía como una perdida en los corazones de todos los que los rodeaban.
Los cuachicmeh, fuerzas especiales de élite, eran reconocibles incluso bajo sus cascos, no por lo que mostraban, sino por lo que callaban: la calma absoluta de quienes conocían bien el fragor de la batalla. En contraste, los soldados regulares parecían niños jugando a ser guerreros.
Yatziri estaba entre ellos, una silueta más entre las filas, aunque su mente era un torbellino. Las horas de espera la habían sumido en un estado de nerviosismo que luchaba por ocultar bajo una máscara de concentración. Sus pensamientos se deslizaban, incontrolables, hacia el pasado, hacia la última misión que había terminado en fracaso. Había sido un golpe devastador para su carrera y su orgullo, un error que había costado vidas. Ahora, cada fibra de su ser deseaba redimirse, demuestra que podía ser algo más que el eco de sus fallas.
“Ni uelta elis seyok tlamantli / Esta vez será diferente”, se repetía a sí misma, aunque la ansiedad le susurraba otra cosa. Cada vez que sentía el peso de su casco y la firmeza de su traje de piloto, se obligaba a recordar: tenía una tarea, y no podía permitirse dudar.
Yatziri desviaba la mirada hacia los cargueros que se perfilaban en la oscuridad. Aun no tenía una aeronave asignada a su cargo, pero sabía que, en cuestión de minutos, su destino estaría sellado después de abordar alguno de esos transportes. Su estómago se revolvía al pensar en la misión que los esperaban más allá de esas pistas.
Finalmente, la Tlacochcalcatl se apareció en el lugar, dio unos cuantos pasos recorriendo con la mirada al centenar de soldados formados, todos inmóviles cual estatuas, todos ansiosos por marchar al campo de batalla. Todos excepto la sección de verdugos que transpiraban tranquilidad cual si fueran unos monjes en estado de oración.
No hubo exhortos por parte del tlacochcalcatl, no hubo discursos, ella sabía que lo que sea que tuvieran que hacer en las horas próximas los soldados regulares seria solo para encubrir las acciones de los verdugos del Anáhuac y sus acompañantes. En ese momento, firme pero tranquila, resonó su orden al interior del hangar:
“Ya ajsic hora. Tlatitlanili / Es hora. Embarque.”
La orden del Tlacochcalcatl fue solo una formalidad.
La jerarquía militar del «Yaotlakanenkih / Guerreros caminantes» —El arma de infantería de la Federación— tenía como unidad básica al soldado raso, llamado Tlamani, cuyo nombre evocaba al recolector en las antiguas sociedades agrícolas. Su superior inmediato era el Cuextecatl , líder de pelotón, cuya denominación hacía referencia a los guerreros de regiones montañosas, seguido por el Cuextecatl Papalotl , líder de sección, cuyo rango incorporaba el simbolismo del papalote o mariposa, símbolo mortuorio de las almas que viajaban al otro mundo. Por encima de ellos, se encontraba el Cuaucelotl, comandante de compañía, cuyo nombre combinaba el vigor del águila (cuauhtli) con la ferocidad del jaguar (ocelotl), último rango dentro de la tropa regular. Más allá de la compañía, los rangos correspondían a los comandantes del Cuahuhcalli o batallón.
En los niveles más altos de la jerarquía, se encontraron los generales: Tlacochcalcatl, un líder con funciones administrativas a nivel batallón, su superior Tlacatecatl, estratega al mando de las operaciones con funciones administrativas y tácticas a nivel batallón y brigada; y el Huey Tlacatecatl, comandante supremo en el campo desde nivel brigada hasta un cuerpo de ejército. Finalmente, la cúspide era ocupada por la Cihuacóatl, máxima autoridad militar y líder suprema de todas las fuerzas armadas del Anáhuac.
Sin embargo, esta estructura jerárquica tenía una excepción: los Cuachiq, guerreros de élite consumados. Su rango, equivalente al del Tlacochcalcatl, no estaba solicitado a la cadena de mando tradicional. Los Cuachiq no solo podían ignorar las órdenes de sus iguales en rango, sino que estaban facultados para asumir el mando de otras unidades en el campo si sus misiones lo requerían. Este estatus especial los convertía en una fuerza autónoma dentro del ejército, una entidad aparte cuyas decisiones respondían únicamente a los objetivos estratégicos que les habían asignado. Para ellos, la orden inicial de embarque en el hangar era una mera formalidad; los Cuachiq actuaron bajo una autoridad ejecutiva que trascendía la de cualquier oficial local.
Por su parte, Yatziri y los miembros de su escuadrón ostentaban el rango de Pënt’sü , halcones en lengua ñañu, un título que reflejaba su asociación con la vigilancia y la precisión en combate. Era un rango táctico en la fuerza aérea que evocaba la agilidad y la vista aguda de esta ave de presa.
Tras la independencia de la Federación Anáhuac, el Consejo de los Pueblos decidió que cada rama de las fuerzas armadas se organizara según los valores, símbolos y tradiciones de una de las muchas culturas originarias que componían el país. Este acto buscaba honrar el bagaje multiétnico del Anáhuac y reforzar un sentido de identidad compartida en la diversidad. Así, el Yaotlakanenkih, formado por soldados de infantería, fue liderado por el pueblo Nikal Tinemi, herederos de las culturas mexica y chichimeca, quienes reintrodujeron los rangos, tácticas y simbolismos de los antiguos mexicas.
La armada del Atlántico quedó bajo la dirección de los pueblos mayas y caribes, quienes adaptaron sus tradiciones marítimas a lo moderno. Por su parte, la armada del Pacífico se estructuró con base en la herencia cultural mixteco-zapoteca, con sus emblemas y narrativas históricas adaptadas al contexto marítimo.
La caballería, revitalizada en forma de unidades rápidas, se organiza según la tradición de los pueblos apache y otras tribus desplazadas de Oregón y las Californias durante la independencia hispana. La artillería móvil, por su parte, fue diseñada por el pueblo cherokee y otros grupos forzados a resistir la brutal expansión angloamericana décadas antes de la independencia del Anáhuac, quienes aportaron su visión estratégica. Estos pueblos, que durante generaciones habían perfeccionado su resistencia frente a los colonos invasores y aportaron una visión refinada en los conflictos por la supervivencia, marcada por una astucia y adaptabilidad nacidas de la desesperada defensa de sus tierras ancestrales antes de su inevitable expulsión.
El “Consejo de los pueblos» Fue una asamblea parlamentaria convocado en la histórica ciudad fortaleza de Huey Tenango, donde las diversas naciones indígenas, separadas durante siglos por conflictos internos, finalmente encontraron un propósito común. Unieron sus fuerzas para luchar por la creación de la Federación Anáhuac, cimentando su alianza en la memoria colectiva de resistencia, justicia y autonomía.
Con el advenimiento del siglo XX, la fuerza aérea adoptó la herencia del pueblo ñañu , utilizando su simbolismo del cielo y los vientos para inspirar a las generaciones de pilotos. Finalmente, al inicio del siglo XXI, la recién creada fuerza armada aeroespacial se inició con base en la tradición comanche y sus vecinos históricos, quienes, antes de ser desplazados por los colonos angloamericanos, habían dominado las vastas llanuras del norte con una destreza inigualable.
Esta amalgama de culturas no solo dotó al ejército del Anáhuac de una identidad única, sino que también ofreció una ventaja táctica: cada rama aportó sus estrategias y doctrinas inspiradas en las fortalezas de sus respectivas tradiciones. El resultado fue una fuerza armada profundamente diversa pero unificada por un propósito común: la defensa de la federación.
El embarque comenzó con la precisión de un reloj bien afinado. Los cuachicmeh lideraron el avance hacia los transportes, sus pasos resonando con una cadencia que irradiaba autoridad. Los soldados regulares les siguieron, torpemente al principio, pero luego ajustando su ritmo al de los veteranos. Yatziri respiró hondo, se ajustó su casco y siguió a su grupo hacia la oscuridad, su mente dividida entre el miedo y la determinación.
La noche seguía en silencio, pero el hangar ya no era un lugar de espera. Ahora era un punto de partida, un umbral hacia lo desconocido, hacia una misión que cambiaría el curso de la guerra y, tal vez, el destino de quienes caminaban hacia ella.
Dieron las 100 horas de la madrugada del 17 de noviembre del año 2208, un momento que marcaría un antes y un después en la historia de la humanidad. Doce cargueros aeroespaciales despegaron en silencio, sus siluetas ocultas por la negrura impenetrable del cielo nocturno. En sus compartimentos de carga, llevaban algo más que suministros y pertrechos: llevaban una mezcla de esperanza y amenaza. Esperanza para un pueblo que luchaba desesperadamente por resistir la ocupación de su tierra, Excepto tres de esas naves que escondidos en sus bahías de carga transportaban soldados verdugos, adiestrados desde la infancia para ser el virus viviente que diseminaría la muerte entre los enemigos del Anáhuac.
Estos soldados, forjados en los confines más oscuros de la Federación, no eran humanos en el sentido convencional. Reclutados desde niños, su entrenamiento no se limitaba a lo físico; sus mentes eran moldeadas para la obediencia ciega, sus emociones extirpadas o reprogramadas hasta que solo quedara el instinto de exterminar. Eran el arma definitiva, una fuerza que no conocía la piedad ni el remordimiento.
Mientras los cargueros surcaban el cielo, el recuerdo de los inicios del conflicto entre California y el Anáhuac se volvía tan tangible como las luces parpadeantes en el horizonte. La República de California no siempre había sido un enemigo. En un principio, no fue más que un refugio para las familias criollas desplazadas del centro del país, víctimas de una política implacable que las despojaba de sus tierras y condenaba a la semi-esclavitud en la frontera occidental.
La Federación Anáhuac, en su momento más oscuro, había usado a California como un basurero humano, un exilio forzoso para quienes habían nacido de un linaje que no encajaba en la narrativa de la nueva nación. La población mestiza, fue considerada como hermanos consanguíneos sin importar los tonos demasiado claros en sus rostros. Pero los verdaderos criollos y aquellos nobles indígenas que fueron aliados de los invasores durante los siglos de ocupación, no tuvieron la misma contemplación. Aquellos que no tuvieron los recursos para escapar a Europa. Sea porque carecían de ellos o porque fueron expropiados antes de que lograran venderlos. fueron los exiliados al lejano norte en los territorios despoblados de Tejas y California, despojados de todo, los californianos convirtieron su destierro en una oportunidad. Fundaron comunidades en el extremo occidental, sobrevivieron al hambre, al desprecio y a las penalidades, y eventualmente se rebelaron contra sus opresores.
Pero las consecuencias de su rebelión y su posterior independencia generaron mucho sufrimiento e injusticias contra habitantes nativos en los territorios que se perdieron, y no había nada más sagrado en el dogma de la federación que el bienestar de su gente. Por esa razón la Federación y sus fuerzas armadas siempre vieron en California a un enemigo que aniquilarían cuando llegara la oportunidad.
Ahora, cuatro siglos después, las viejas heridas estaban a punto de abrirse completamente.

