Anáhuacmiquiztepicanoah 2


VERDUGOS DEL ANÁHUAC

YEHUANTIN TLATSAKUILTIANIME IKUAN ANAHUAC

Anáhuacmiquiztepicanoah

 

Ipan Ome Pemulo

Capitulo 2

48 horas antes. Ciudad de Nueva Guadalajara, República de California.

 

Era muy de madrugada en la ciudad industrial, una metrópolis que parecía un gigantesco paisaje de formas angulosas de acero y concreto. El firmamento nocturno se extendía sobre el horizonte, mientras las calles completamente desiertas parecían un espejismo en una urbe que normalmente bullía con actividad las 24 horas del día. Los ejércitos de obreros, técnicos, ingenieros y autómatas mecánicos que habitualmente se desplazaban por las calles para atender sus jornadas de trabajo, ahora estaban ausentes, dejando un silencio sepulcral en su lugar.

El bullicio y la algarabía que normalmente caracterizaban a la ciudad, con sus ruidos de máquinas, motores y conversaciones, habían sido reemplazados por un silencio absoluto. Las luces de los anuncios y los letreros de neón que normalmente brillaban con intensidad, ahora estaban apagados, sumiendo a la ciudad en una oscuridad casi total. Las farolas que iluminaban las autopistas y avenidas de alta velocidad, ahora parecían iluminar un paisaje desolado y abandonado. En contraste, los edificios industriales y residenciales estaban en la más absoluta oscuridad, como si estuvieran esperando a que algo sucediera. La ciudad parecía estar conteniendo la respiración, esperando a que el toque de queda que la había sumido en la oscuridad, fuera levantado. Pero por ahora, la ciudad permanecía en silencio, esperando a que el amanecer trajera consigo una nueva realidad.

A algunos cientos de kilómetros cruzando la frontera con la Unión Angloamericana, la escena era muy diferente. Los barrios suburbanos, que se extendían hasta el horizonte, sufrían frecuentes apagones masivos debido al exceso de demanda de energía eléctrica. La infraestructura energética de la Unión Angloamericana, aunque avanzada, no podía satisfacer la creciente demanda de energía de su población en constante crecimiento.

En contraste, la República de California había logrado mantener su autosuficiencia energética gracias a su desarrollo como vecino consentido y privilegiado de la Unión Angloamericana. Su desarrollo como potencia tecnológica e industrial desde inicios del siglo 20. Su posición privilegiada en el comercio y su menor población altamente industrializada habían permitido a California mantener una producción de energía que superaba su demanda. Como resultado, los apagones en su territorio eran prácticamente inexistentes… hasta hace muy poco. Un cambio reciente había alterado este equilibrio, y la República de California se enfrentaba ahora a un futuro incierto.

De repente, la iluminación en las avenidas de alta velocidad comenzó a parpadear, como si la propia ciudad estuviera experimentando un latido irregular. Desde el interior de las infinitas ventanas de los edificios residenciales, ojos llenos de miedo y desesperación miraban con impotencia cómo la iluminación era cortada en alguna sección de los caminos. La oscuridad parecía tener vida propia, y se extendía como una sombra ominosa.

Con las avenidas en completa oscuridad, un convoy de vehículos acorazados transitaba como dueños absolutos de la ciudad fantasma. Los vehículos parecían bestias mecánicas, con sus cañones de riel de elevada potencia girando barriendo todo el horizonte como una espada de Damocles, amenazando de muerte a las miles de almas que permanecían en vilo dentro de los edificios bajo el toque de queda. El ruido de los motores y el crujido de las orugas sobre el asfalto parecían ser los únicos sonidos que rompían el silencio sepulcral. La ciudad parecía estar siendo devorada por aquellas maquinas, los vehículos acorazados eran el símbolo de la ocupación y la traición, y se escondían de las miradas coléricas de los californianos envolviéndose en la oscuridad de las calles.

Repentinamente, el alumbrado volvió al sector de la avenida conforme el convoy avanzaba, y otra sección de la avenida quedó en la oscuridad. Pero la calma no regresó para los habitantes, las calles, avenidas y carreteras iluminadas eran un peligro igual de temible que las patrullas ocultas. Nadie podía abandonar el toque de queda. En el cielo los enjambres robóticos de ala rotativa se encargaban de neutralizar, bajo una lluvia de disparos a toda persona en las calles. La situación para la Guardia Nacional también era complicada en sus fortines en donde las fuerzas de ocupación los tenían asediados, los soldados sólo podían elegir rendirse o seguir esperando angustiados a que el inminente bombardeo regresará a sus posiciones en la mañana.

La gente se encendía en pasión cada vez que recordaba cómo atacaron los invasores. En la madrugada del 16 de septiembre que la República de California festejaba el aniversario de su independencia, el ejército invasor se desplegó sobre los cielos nocturnos. Paracaidistas mecanizados aterrizaron en la capital de Nuevo Monterrey atrapando a la mayoría de las fuerzas militares que se congregaron para el desfile anual. Con la capital conquistada junto a la mayoría de sus fuerzas armadas capturados desprevenidos, tomar el resto del país les tomó pocas semanas a los angloamericanos.

Entre los rehenes de Nueva Guadalajara había toda clase de emociones encontradas. Muchos maldecían a las fuerzas de ocupación de un país que hasta hace pocos meses creían un aliado incondicional; aquella nación defensora de la libertad, cuyos ancestros ayudaron a su pueblo a ganarse su propia libertad contra el dominio de tribus de indios resentidos que los victimizaron únicamente por su color de piel. Otros deseaban que pronto los nacionalistas recapacitaran y dejaran las armas. Las armas angloamericanas liberaron a su pueblo del yugo del salvaje “Consejo de los Pueblos” indígenas, y el comercio con la Unión Angloamericana convirtió a su pequeña nación en una potencia económica, pese a lo que dijeran “los estadistas” en favor del nacionalismo californiano.

 

La sociedad californiana estaba completamente polarizada, compuesta por una ingente cantidad de migrantes angloamericanos e hispanoamericanos durante la fiebre del oro del siglo XIX, pero cada sector de la población tenía sus propias lealtades. Había apoyo a la ocupación por parte de un sector importante de la sociedad, se trataba de descendientes de migrantes angloamericanos que mantenían el inglés como segunda lengua. Lo contrario sucedía en el resto de población de origen hispano, pero el sector californiano que demostró mayor resistencia contra los invasores fueron los chino-californianos, que fueron los primeros en organizarse en guerrillas contra la invasión.

 

 

BASE AEREA DE GALVARINO /Republica Inca del Tawantinsuyu

 

Era alrededor de las 5 de la madrugada. En una plataforma de aterrizaje, un centinela quechua hacia su guardia despreocupado, cuando las luces de advertencia de descenso en una plataforma de aterrizaje se encendieron. La advertencia de las luces encendió una alarma en el visor del casco del centinela. Instintivamente se alejó algunos metros de la plataforma para evitar volar lejos por algún impulso de los propulsores de alguna aeronave en descenso, al tiempo que con su otra mano mantenía firme el agarre de su rifle de riel.

En la bahía de carga, los verdugos dormían plácidamente. Únicamente el Huey Quachic y sus tres cuacciqueh líderes de sus pelotones se mantenían alerta. El resto de comandos de la sección aprovecharon los escasos 45 minutos disponibles para recuperar algo del sueño privado en los días anteriores.

Al interior una luz roja cambio a amarillo, era el aviso del aterrizaje, sin que el Huey Quachic tuviera que dar orden alguna, los Ipan ce cuacciqueh dieron un empujón a sus punteros de pelotón, al tiempo que de forma uniforme gritaban la orden de ¡“ìxoa! (¡todos despierten!)”, repitiéndose la palabra “ìxoa” como un eco al interior de la nave, conforme cada soldado despertaba este daba un suave empujón o golpe a su compañero que aún se encontrara dormitando hasta que la sección entera estaba nuevamente alerta.

Desde su ubicación prudentemente retirado de la bahía de aterrizaje, el centinela observaba cómo el aerodeslizador de infiltración que descendía lentamente, con las luces de aterrizaje iluminándolo, viéndose imponente durante el descenso, con su estructura angular y recubierto de materiales capaces de absorber señales de radar, parecía más una criatura mitológica que una máquina creada por manos humanas. Su mera presencia le hacía sentirse un testigo silencioso de la grandeza de la nueva nación incaica.

Al mirar al imponente navío, el centinela no pudo evitar reflexionar sobre las transformaciones de la historia que habían llevado al mundo a su estado actual. Europa occidental, alguna vez el faro de la civilización global, había caído en desgracia tras el siglo XX, un siglo marcado por las dos guerras más devastadoras de la historia moderna. El continente, que había impuesto sus imperios y culturas sobre el resto del mundo, se había desgarrado a sí mismo en conflictos sangrientos e inútiles, despojándose de su lugar de privilegio. Las potencias coloniales habían desaparecido, y con ellas el relato de la supremacía occidental. La derrota militar y cultural de Europa occidental tras la Segunda Guerra Mundial fue solo el comienzo; las décadas subsiguientes convirtieron a sus países en economías periféricas, abastecedoras de mano de obra barata para las regiones industrializadas de Europa central y las emergentes potencias de la África subsahariana.

 

 

En la actualidad, miles de familias europeas arriesgaban su vida cruzando el Mediterráneo en precarias embarcaciones, buscando refugio en las prósperas naciones de la Confederación Panafricana. Pero ese viaje era solo el primer capítulo de un drama desgarrador: quienes sobrevivían al mar debían enfrentarse al desierto del Sahara, un lugar donde milicias paramilitares y guardias fronterizos los perseguirían por su color de piel, donde peligros más aterradores acechaban tanto en forma del riesgo de secuestros para ser vendidos en los mercados del sub mundo orientales, como por la brutalidad climática y la deshidratación en el desierto. Incluso si lograban alcanzar las fronteras africanas, les esperaba la hostilidad de sociedades que les miraban como invasores empobrecidos, una cruel inversión de los roles históricos de la colonización. Para muchos, el viaje terminaba en la deportación de regreso a Europa, una tierra de economías colapsadas, fronteras cerradas y sueños rotos. Este flujo migratorio invertido, que alguna vez sería impensable, revelaba el giro drástico de las desigualdades globales: los antiguos conquistadores ahora luchaban por sobrevivir en un mundo que ya no los necesitaba.

 

El centinela, sin embargo, no sentía lástima por esas almas extraviadas. Para él, su nación, el renacido Tawantinsuyu, representaba un futuro brillante en contraste con las sombras del pasado europeo. En su corazón joven ardía la esperanza de un mañana mejor, y el aerodeslizador furtivo que se posaba frente a él era un símbolo tangible de ese futuro. El discurso oficial lo promocionaba como una máquina de fabricación 100% nacional, una prueba del poderío industrial y tecnológico de su patria. Aunque sabía que muchas de las piezas aún dependían de tecnología importada, no podía evitar sentir orgullo al pensar en el ingenio y la tenacidad que habían llevado a su pueblo a conquistar los cielos y más allá.

La Alianza de Países Nativos de Hatuey desplegaba un aparato mediático impresionante, diseñado para moldear la percepción pública y consolidar su imagen como pionera en la tecnología militar y espacial. Los medios de información nacionales y sus aliados eran herramientas fundamentales para transmitir un discurso que celebraba los logros de una coalición que, tras siglos de desventaja y atraso tecnologico, ahora se alzaba con orgullo en la era de la posmodernidad, con la frente henchida de orgullo y mirando de frente al resto del mundo.

Sin embargo, este control de la información no era solo un ejercicio de propaganda. En un mundo donde la guerra fría global estaba marcada por la escasez creciente de recursos naturales y el temor constante de conflictos armados, los estados consideraban los medios de comunicación como armas estratégicas. La manipulación o infiltración de narrativas por parte de potencias extranjeras había probado ser, una y otra vez, un medio efectivo para sembrar discordia, debilitar gobiernos y desestabilizar sociedades. Los ecos de conflictos pasados, como la Guerra Fría del siglo 20, y las insurrecciones étnicas del siglo 21, recordaban cómo las campañas de propaganda podían fracturar naciones desde dentro, alimentando revoluciones, golpes de estado o crisis sociales que a menudo beneficiaban a intereses extranjeros.

En la Federación Anáhuac, la defensa de la unidad nacional a través del control informativo estaba codificada en su sistema legal. Aunque se permitía cierta crítica interna por parte de intelectuales y líderes sociales, cualquier discurso que pudiera interpretarse como alineado con agendas extranjeras era severamente castigado bajo la acusación de «malinchismo». Este término, cargado de connotaciones históricas, aludía a la traición de quienes, como en tiempos de la conquista, abrían las puertas a influencias externas que buscaban imponer su dominio. La categoría de malinchismo, inscrita en las leyes como una falta administrativa penalizable, servía para justificar medidas draconianas contra voces disidentes percibidas como amenazas a la identidad y cohesión cultural de la nación. En casos graves, se consideraba equivalente a traición a la patria y un crimen mayor, con castigos que iban desde destierro definitivo de la federación como condena más atenuante, reclusión perpetua o incluso la pena de muerte.

Esta política no surgió del vacío; estaba profundamente arraigada en la historia del Anáhuac. La memoria colectiva recordaba, como una herida abierta, los errores de sus ancestros al confundir a los invasores europeos con el regreso de Quetzalcóatl, entregando sus tierras, culturas y dioses a un imperio que los consideraba bárbaros. La conquista española no solo destruyó las civilizaciones de sus ancestros, sino que las relegó a la categoría de “pueblos incivilizados”. Durante siglos, los habitantes de estas tierras habían luchado por preservar los fragmentos de su identidad, primero como resistencia oculta bajo el yugo colonial y después como una batalla cultural constante en el contexto de una modernidad global que seguía estigmatizando su herencia cultural como folclor.

La lucha por hacerse valer como iguales en el escenario mundial comenzó en 1810 con las primeras guerras de independencia. No obstante, fue en 1860, cuando una armada conjunta Inca y Nahuatlata igualando en capacidades militares a cualquier potencia naval de la época, atacó la última colonia española en la Batalla de Cavite para liberar Filipinas.

En los años que siguieron, la coalición Hatuey no solo consolidó su influencia en América, sino que extendió su brazo militar y político hacia África. Soldados de la coalición, nahuatlatos e incas principalmente, participaron en campañas para liberar regiones del Sahel y la costa occidental africana, ganando aliados estratégicos que más tarde formarían la base de la Confederación Panafricana. Estas alianzas serían cruciales durante las dos guerras mundiales que darían forma al mundo de los siglos XX y XXI.

Durante la primera guerra mundial la Federación Anáhuac que se había preparado durante medio siglo para detener la expansión de su vecino hostil del norte y revertir derrotas del pasado. Se lanzó al enfrentamiento frontal invadiendo toda la frontera sur Angloamericana. Ese enfrentamiento contuvo a los angloamericanos, evitando que estos reforzaran a sus aliados franceses en Europa, causando que fuera Alemania el país que logró imponerse en el continente europeo.

En agradecimiento, Berlín firmó tratados comerciales y tecnológicos con la Federación Anáhuac, la coalición Hatuey y los recientemente independizados estados de la Confederación Afroamericana, iniciando un intercambio que fortalecería la capacidad industrial y militar de las naciones americanas en las décadas siguientes.

 

Durante la Segunda Guerra Mundial, las tensiones alcanzaron su punto álgido. La coalición Sudamericana, la Confederación Afroamericana y la Alianza Hatuey, lideraron el desembarco en las costas de España, marcando el inicio de su campaña de liberación que acabó con el nuevo régimen neo colonialista de la Europa occidental y mediterránea. A diferencia de las fuerzas aliadas tradicionales, esta coalición no tenía intención de restaurar los viejos regímenes europeos. Su objetivo era claro: desmantelar por completo los sistemas coloniales y neocoloniales que habían definido la hegemonía de Europa occidental durante siglos.

 

La ocupación de las principales ciudades del mundo europeo occidental no estuvo exenta de controversias. La destrucción de monumentos y símbolos nacionales que fue vista como una humillación deliberada. Los excesos forzando a inocentes mujeres a hacerle compañía a los invasores. En muchas regiones, los invasores obligaron a las poblaciones locales a rendir tributo simbólico a los descendientes de aquellos que sus antepasados habían subyugado. La narrativa oficial borró los abusos, al ser la pluma de los vencedores quienes redactarían los futuros libros de historia. No obstante, los atropellos que se causaron dejaron heridas profundas en la memoria colectiva de aquellas sociedades.

Mientras el centinela se vanagloriaba con sus pensamientos patriotas acerca de la historia nacional, no era consciente de que la nave de la que se sentía tan orgulloso era un diseño para exportación ensamblado en Colombia, una potencia manufacturera y miembro importante de la alianza regional del Tawantinsuyu.

Como un cordón umbilical que alimentaba en ambos sentidos. los destinos del Anáhuac, Colombia y el Tawantinsuyu quedaron íntimamente unidos por su ubicación geográfica como vecinos. Los componentes de fabricación Inca se sumarían a los fabricados en el Anáhuac, Ñuke Mapu, la República Kalaallit y Hah-Nu-Nah para ser ensamblados en los complejos industriales de Caracas y desde ahí enviados a las regiones empobrecidas de Europa occidental y en Oceanía de la Commonwealth.

En el espacio eran los acorazados de la India quienes conquistaban colonias y bases espaciales emancipadas de la Unión Europea con el nombre de antiguas ciudades griegas. En los cinturones de asteroides mercenarios ingleses, italianos, portugueses y holandeses eran carne de cañón de los embates de corsarios espaciales africanos, mientras las tropas de legionarios espaciales de Europa central, privilegiadas únicamente por el color y títulos impresos en sus pasaportes, se encontraban en la colonia del Tercer Reich alemán marciano protegidos por defensas orbitales impenetrables. Último baluarte de los europeos en el sistema solar.

A causa de estos pensamientos, no se percató que la compuerta de la bahía de carga se abrió hasta que los tripulantes de su interior emergieron de entre las sombras.

Sus pensamientos se detuvieron en ese momento, aunque estaba acostumbrado a ver todo el tiempo a militares operativos extravagantes, algunos con implantes cibernéticos, otros que parecían equipos de autómatas controlados solo por un operador humano, las tropas que descendieron le causaron una inmediata excitación por la sorpresa.

No pudo evitar notar varias peculiaridades en quienes descendían del transporte aéreo. La más llamativa era, sin duda, su armamento: rifles y pistolas que parecían haber sido arrancados de las vitrinas de un museo. En un mundo donde las armas inteligentes y los sistemas automatizados dominaban los campos de batalla, el uso de armamento balístico clásico resultaba, al menos en apariencia, un anacronismo inexplicable. el centinela sabía que este detalle no era tan inocente como parecía.

En las conversaciones de barraca, circulaban rumores sobre soldados de élite entrenados para operar fuera del alcance de las contramedidas modernas.

El empleo de armamento balístico con componentes mecánicos de antaño, no era ajeno a la doctrina militar, con la evolución de la guerra, el uso de munición de pulso electromagnético y otras contramedidas inventadas para neutralizar el armamento inteligente se volvieron tan comunes en una amplia diversidad de teatros de combate, que emplear armas con dos siglos de antigüedad sin componentes electrónicos había resultado en una medida acertada en la guerra irregular.

 

Había oído hablar de los desafíos que enfrentaban los soldados en el pasado, especialmente aquellos que se especializaban en el uso de armamento anticuado, como rifles de cerrojo o de repetición. Estas armas, a diferencia del rifle que ahora sostenía con familiaridad, no contaban con las sofisticadas ayudas tecnológicas que transformaban a un recluta promedio en un tirador decente en cuestión de meses. Disparar con precisión en aquellos tiempos requería años de práctica intensa, aprendizaje riguroso y una comprensión casi intuitiva de variables como el viento, la humedad, la distancia y la caída de la bala.

Los relatos hablaban de cómo los tiradores del pasado ajustaban manualmente las miras metálicas, calculaban a ojo las trayectorias balísticas y confiaban en su experiencia para disparar con precisión bajo presión. Cada disparo exitoso era el resultado de una combinación de habilidad artesanal y disciplina militar. Comparado con eso, el rifle de última generación del centinela, equipado con sistemas de puntería asistidos por inteligencia artificial, telemetría avanzada y estabilización giroscópica, hacía gran parte del trabajo. «El único esfuerzo que requiere es apuntar y apretar el gatillo», solían bromear los oficiales de la base.

A pesar de eso, algunos soldados veteranos o nostálgicos todavía hablaban con respeto —y, a veces, con algo de condescendencia— sobre las viejas armas. Los llamaban «reliquias de la guerra artesanal», herramientas que exigían destreza individual en lugar de depender de algoritmos o sensores térmicos. Estos entusiastas de las armas clásicas ocasionalmente aparecían en la base aérea durante las charlas de barraca, donde discutían con fervor los méritos de aquellas armas obsoletas y rememoraban tiempos en los que un solo tirador experto podía cambiar el curso de una batalla.

Sin embargo, esta vez era diferente. Por primera vez, él tuvo la oportunidad de ver en acción a un grupo de operaciones especiales, veteranos que dominaban tanto las viejas artes del tiro como las nuevas tecnologías. Sus rifles no solo carecían de sistemas de ayuda de puntería, sino que incluso parecían toscos comparados con el armamento actual. Sin embargo, la forma en que seguramente manejaban esas armas, con una precisión casi imposible, hablaba de años de entrenamiento intensivo, una dedicación que pocos soldados modernos podrían igualar.

Reflexionó sobre las ventajas que le ofrecía su equipamiento. Su rifle estaba equipado con un sistema de puntería inteligente, capaz de calcular en tiempo real la trayectoria de un disparo, ajustando automáticamente factores como la velocidad del viento o la inclinación del terreno. Los sensores biométricos del visor analizaban su respiración, ritmo cardíaco y estabilidad corporal, sincronizándose para bloquear la mira en el objetivo exacto en el momento óptimo. Para los tiradores de antaño, estos procesos no solo eran manuales, sino que cada error podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.

En contraste, el grupo de operaciones especiales que tenía frente a él, entrenado con armas sin ningún tipo de ayuda, representaba una rara mezcla de habilidad humana pura y experiencia acumulada. Eran un recordatorio viviente de lo que significaba depender únicamente del cuerpo y la mente, sin las comodidades del progreso tecnológico. Sin embargo, incluso ellos comenzaban a adaptarse al futuro: notó cómo algunos de sus equipos incluían dispositivos portátiles avanzados, como visores holográficos y sistemas de comunicación en red que les permitían coordinarse de forma impecable.

Al completarse el descenso, los soldados formaron en una línea perfectamente alineada, con una marcha que irradiaba precisión, aunque no tan diferente de la que podría esperarse de cualquier tropa regular. El soldado observó con atención cuestionándose de todas las diferencias entre aquellos hombres que arribaban y cualquier otro militar de las fuerzas armadas estandarizadas. A simple vista, sus físicos no eran especialmente singulares: cuerpos robustos, claramente resultado de horas de entrenamiento extremo, posibles esteroides o incluso modificaciones genéticas de bajo perfil, como era común en las fuerzas armadas. Lo que destacaba, pensó, era algo mucho más sutil. Mientras los observaba, esa incómoda certeza se afianzó: no estaba viendo simples soldados, sino comandos pertenecientes a una élite tan exclusiva que incluso un general común podría sentirse fuera de lugar entre ellos.

 

El armamento diverso reforzaba esa impresión. A diferencia de las unidades regulares, cuya uniformidad en equipo era una regla de hierro, estos soldados portaban un arsenal variado: fusiles de asalto clásicos, rifles de precisión, lanzagranadas y ametralladoras e incluso terminales informáticas portátiles acompañadas de drones personales. Estos últimos llamaron especialmente su atención: los especialistas tecno-militares llevaban drones compactos que flotaban silenciosamente sobre sus hombros, como si fueran una extensión de sus cuerpos. Aunque sus armas principales eran herramientas de análisis y sabotaje digital, también portaban pistolas de mano que parecían una precaución más que una prioridad.

Pero aún había algo más, algo intangible que iba más allá de sus armas, sus equipos o su disciplina marcial. Mientras intentaba racionalizar aquella sensación, sus ojos se detuvieron en sus rostros. Fue ahí donde comenzó a entender la diferencia. Sus expresiones eran completamente opacas, pero no de la manera fría o distante que podría esperarse de un soldado entrenado. Eran máscaras imperturbables, esculpidas no solo por la práctica, sino por experiencias tan profundas que parecían haber borrado cualquier rastro de duda, miedo o distracción. Cada rostro llevaba una calma peligrosa, como si hubieran hecho la paz con los horrores que otros apenas podían imaginar.

Esa mirada lo inquietó más que cualquier arma o tecnología que portaran. Era una certeza muda, un vacío que hablaba de una experiencia vivida al límite, una seguridad que solo podía venir de aquellos que habían caminado al borde de la muerte tantas veces que ya no les temían ni a sus sombras. Por un momento, sintió que ellos podían verlo a través del cristal opaco de su casco, que podían juzgarlo por el rifle que cargaba al hombro, e incluso podrían evaluar su propio entrenamiento por el porte que exhibía aquel soldado inexperto. En ese instante entendió que no estaba frente a simples combatientes. Estaba frente a algo más peligroso: comandos que habían trascendido la definición misma de lo que era ser humano.»

Hiso un acercamiento usando las herramientas de su casco, la imagen desplegada frente a él, empleando la interface de su visor. Los ojos de aquellos hombres no eran los ojos de soldados apáticos, endurecidos por la monotonía de la vida militar, ni de aquellos que escondían emociones apagadas tras una fachada de disciplina. Sus miradas brillaban, pero no con el Fulgor desordenado de la emoción pasajera. Lo que se veía en sus ojos era una convicción ardiente, una certeza inquebrantable de propósito. Sus rostros reflejaban una tranquilidad inquietante, casi sobrenatural, acompañada de sonrisas serenas y despreocupadas. Pero estas no eran sonrisas de ingenuidad ni de alegría efímera; eran expresiones templadas por el peso de una vida vivida al límite, donde cada decisión podía ser la última.

No había en ellos rastro de la excitación pueril que uno podría encontrar en un civil participante en simulacros de guerra, ni la adrenalina exaltada de soldados novatos tras un intenso entrenamiento con fuego real. Aquella calma tenía raíces profundas, propias de quienes han caminado al filo del abismo tantas veces que el peligro ya no los toca. Era la serenidad de un grupo que no solo aceptaba las condiciones extremas de desgaste físico y mental como parte de su existencia, sino que encontraba en ellas un propósito más grande que su propia supervivencia.

Eran hombres que portaban con orgullo y entusiasmo la carga de servir a su país. No había en ellos la sombra de una vida elegida por necesidad, por circunstancias adversas o por falta de opciones. No, estos eran soldados por convicción, por una decisión consciente y renovada día tras día. Y esa elección les daba una fuerza intangible, una especie de inmunidad contra los peligros tanto físicos como espirituales.

No pudo evitar pensar que, probablemente, acababan de regresar de una misión que habría llevado a cualquier otra persona al límite del colapso, donde las probabilidades de sobrevivir eran mínimas. Sin embargo, allí estaban, formados en perfecta quietud, irradiando una seguridad que iba más allá de la mera confianza. Como si sus almas hubieran sido endurecidas y templadas tantas veces en la fragua de la adversidad que ahora eran incapaces de doblegarse ante cualquier peligro. Incluso en silencio, su presencia era una declaración: ellos eran algo más que soldados; eran un símbolo vivo del sacrificio y el compromiso absoluto con algo más grande que ellos mismos.

Los minutos se alargaban en un tenso silencio mientras los comandos permanecían formados, a la espera de que el oficial de guardia llegara para recibirlos. En su aburrida vigilia, desvió su atención hacia los detalles de su vestimenta y equipo, iluminados con claridad. bajo el resplandor de las farolas y las luces de la aeronave Lo primero que llamó su atención fue el estado de sus uniformes: el polvo terroso cubría las botas y se acumulaba en los pliegues de las perneras, como si hubieran caminado kilómetros en terrenos áridos e inhóspitos. Aquí y allá, manchas de lodo seco se mezclaban con rastros de hierba y maleza, sugiriendo un viaje a través de parajes donde la naturaleza era tanto aliada como enemiga.

Los uniformes, aunque funcionales, mostraban claros signos de uso extremo. Notó pequeñas marcas de desgaste en los codos y las rodillas, donde la tela comenzaba a mostrar las primeras señales de fatiga. Los tonos apagados y deslucidos de los colores originales hablaban de incontables jornadas expuestas al sol, la lluvia y el sudor. Los pliegues de la tela en las axilas y la espalda estaban cubiertos por manchas salitrosa, una capa blanca que parecía petrificar el sudor acumulado en los pliegues durante días de marcha interminables. Más arriba, en sus rostros, los signos del tiempo en el campo eran igualmente evidentes. Cabellos desordenados y barbas que no habían sido afeitadas en semanas o incluso meses daban a muchos un aspecto áspero, casi primitivo. Sin embargo, no había nada descuidado en ellos. Cada movimiento, por leve que fuera, era preciso, contenido, como si incluso en reposo su entrenamiento los mantuviera listos para el combate.

 

Cuando finalmente llegó al oficial de guardia de la base, observó con fascinación la breve interacción entre los dos comandantes. Ambos intercambiaron las presentaciones formales de rango, como dictaba el protocolo, pero había algo en el aire, un reconocimiento tácito de respeto entre iguales, incluso en la aparente diferencia de jerarquías. Al recibir la orden de marchar, la unidad giró al unísono, y quedó impresionado por la sincronización casi mecánica con que lo hicieron. No era una marcha rígida o ensayada, sino fluida, como si fuera una sola entidad en movimiento. Mientras avanzaban hacia su destino, el líder caminaba junto a ellos, sin romper la formación, y su presencia emanaba una autoridad silenciosa, casi tangible.

 

Cuando la columna pasó frente a su puesto, él ajustó instintivamente su postura. Con movimientos precisos, levantó su fusil frente a su pecho, ejecutando el saludo militar según el ceremonial del Tawantinsuyu, una demostración de respeto que le fue devuelta por los soldados con un leve asentimiento. Fue entonces cuando sus ojos se fijaron en los soportes laterales de los exoesqueletos que algunos comandos portaban. La pintura desgastada revelaba el metal expuesto en los bordes, testimonio de largas horas de uso en condiciones extremas. El diseño, aunque robusto, parecía más un testamento de supervivencia que un despliegue de tecnología avanzada, como si cada rasguño contara una historia de combates feroces y decisiones tomadas al borde del desastre.

En ese momento, el comandante Huey Quachic se volvió levemente hacia él. Fue un gesto breve, casi casual, para reconocer su saludo, pero lo que ocurrió en ese instante quedó grabado en su memoria como un golpe al alma. La mirada del comandante se cruzó con la suya, y lo que vio fue algo que no podía describirse con palabras simples. Esos ojos no pertenecen a un hombre común; en ellos ardía una intensidad brutal, fría y depredadora, como la de un jaguar acechando a su presa en la penumbra de la selva. En ese instante, se sintió como si una sombra helada le recorriera la espalda. No era el temor a un superior, sino la certeza de estar ante alguien cuya vida había sido moldeada por el filo de la violencia y la muerte. Acababa de mirar al abismo en los ojos de un “verdugo del Anáhuac”.

Cuando el comandante apartó la vista y siguió su camino, soltó un leve suspiro, como si hubiera estado conteniendo el aliento todo el tiempo.

 

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