VERDUGOS DEL ANÁHUAC
YEHUANTIN TLATSAKUILTIANIME IKUAN ANAHUAC
Anáhuacmiquiztepicanoah
OME TENONOTZANI/SEGUNDA PARTE
Ipan Chicome pemulo
Capítulo 7
Una gigantesca ave metálica surcaba el cielo nocturno de la República de California la madrugada del 17 de noviembre del año 2208. Parecía una imponente águila negra, acechando desde las alturas, completamente invisible y silenciosa, como un presagio de muerte. Esta nave de infiltración suborbital, una clase Pixan, se desplazaba con la precisión de una máquina diseñada para cazar en las sombras.
En su interior, siete guerreros nahualli aguardaban, sus cuerpos tensos como cuerdas listas para liberar su energía mortal. Sus ojos, enrojecidos por el efecto de potentes estimulantes psico-neurales, reflejaban una ferocidad que iba más allá de la mera batalla. Sus figuras iluminadas por la tenue luz roja que era la señal de espera al interior del fuselaje.
Al mismo tiempo en otras naves con la misma ruta, escondidos en tres imponentes transportes que formaban cada noche un puente aéreo de ayuda humanitaria, tres pelotones de cuachiqueh aguardaban con la misma paciencia el inicio del combate. Ambas agrupaciones de soldados representaban dos doctrinas militares opuestas del Anáhuac.
Los Nahualli surgieron como figuras de la resistencia durante la época de la ocupación, hicieron de lado las doctrinas guerreras de sus ancestros, para convertirse en discretos combatientes que asaltaban a sus enemigos en los lugares donde los encontraran más desprevenidos. Sus esfuerzos fue el pegamento que unificó a los distintos altépetl que, mientras esperaban que surgiera el momento de la rebelión, fingidamente se pusieron la máscara de fieles súbditos y creyentes del gobierno extranjero, escondidos entre la multitud de nobles y líderes populares que entregaron la herencia de sus antepasados y el destino de su gente a los designios de un monarca y religión ajenos.
Los verdugos en cambio fueron una orden guerrera clandestina originada dentro de una agrupación religiosa fanática por los antiguos dioses, creada a partir de la reforma de 1850. Su propósito era eliminar a toda voz y a todo tonalli que levantara sus puños contra la Federación Anáhuac. Sus éxitos eran silenciados por la propia Federación. Pero al igual que los nahualli sus orígenes se remontaban a la época de la ocupación.
Mientras que en el corazón del Anáhuac, los nahualli continuaron la lucha de guerrilla. En las tierras del norte, las órdenes sacerdotales mexicas que se integraron a tribus chichimecas dieron origen a los Mikitlatsontekilok. Guerreros-sacerdotes devotos de Mictlantecuhtli, el dios de la muerte. Atacaban guarniciones al amparo de la noche, vestidos con ropajes negros y maquillados con cráneos descarnados, sembrando terror entre las fuerzas virreinales. Su brutalidad incluyó rituales de sacrificio y alimentarse con la carne de sus victimas, causando un pánico tal que los sobrevivientes solían quedar dementes según las afirmaciones de la educación patriótica del estado.
Al concluir la independencia del Anáhuac, los mikitlatsontekilok quedaron relegados a una vida de culto en sus monasterios construidos en la nueva Yankuik Tenochtitlan. Ciudad capital de la región autónoma de Aztlán fundada en la antigua región de Chicomoztoc, a orillas del lago de Chapala. En aquel lugar el pueblo Nical Tinemi reconstruyó y supero la belleza de la desaparecida ciudad de Tenochtitlan.
Pero más tarde, durante la reforma que siguió al desmembramiento del país, provocado por la independencia de las californias, el gobierno federal buscó crear una nueva agrupación de combatientes que reprimieran toda disensión contra la federación. En este contexto, recurrieron a los Mikitlatsontekilok para adiestrar a una nueva orden militar: los Anáhuacmiquiztepicanoah, o «Verdugos», a quienes impusieron su estricta doctrina fanática y religiosa.
La reforma “Ihuicatl Tlatepan” (Renovación Nacional) fue un hito en la reconstrucción del Anáhuac, enfocada en la repoblación con sangre nativa, el fortalecimiento del núcleo comunitario y la protección de mujeres y la infancia como pilares del renacimiento nacional. El estado impulsó la construcción de hospitales materno-infantiles, orfanatos y centros de asistencia que garantizaron servicios médicos y sociales destinados a proteger la salud de las mujeres embarazadas y asegurar la supervivencia de los recién nacidos.
Se implementaron leyes de protección familiar que penalizaban el aborto y el abandono paterno, fomentaban el matrimonio y ofrecían incentivos a las familias numerosas. Programas sociales proporcionaron acceso a alimentación gratuita, atención médica y educación básica para madres e hijos, sentando las bases de un sistema estatal que incentivaba la natalidad y cuidaba a las futuras generaciones.
Pero en los orfanatos, donde llegaban niños huérfanos o abandonados, los Mikitlatsontekilok encontraron un terreno fértil para su proyecto más oscuro. Identificando a infantes con habilidades innatas para la guerra, los adoctrinaron en una rígida doctrina religiosa y fanática. Estos niños, privados de familia, para quienes la Federación era la única madre y padre que conocieron, se convirtieron en lienzos en blanco sobre los que se inscribió una devoción ciega al estado, fueron moldeados como herramientas de guerra, imbuidos de fanatismo y devoción a los dioses ancestrales. Así surgieron los Miquiztepicanoah («los que traen la muerte sobre sus espaldas»), soldados anónimos y fanáticos, sacrificados en guerras sin fronteras ni gloria, cuya existencia fue un acto de entrega absoluta al estado y a una causa que los trascendía.
Donde los Verdugos eran herramientas de destrucción y castigo, los Nahualli eran protectores y unificadores, guerreros cuyas hazañas encendían las llamas de la esperanza en los corazones de los pueblos oprimidos. Mientras los Miquiztepicanoah simbolizaban la furia divina, los Nahualli encarnaban el renacimiento y la redención de su civilización.
La diferencia más fundamental entre ambos radica en el propósito de su existencia. Los Nahualli luchaban por la libertad y la supervivencia de su pueblo, operando como líderes en las sombras, con una lealtad no a una bandera, sino a los principios y creencias de sus ancestros. En contraste, los Miquiztepicanoah eran herramientas del estado, creados para obedecer sin cuestionar, para convertirse en los verdugos de los enemigos del Anáhuac, sin importar la moralidad o las consecuencias de sus acciones.
Esta dualidad, en esencia, representa una irónica contradicción en los principios filosóficos del Anáhuac. Por un lado, la cosmovisión ancestral celebraba el equilibrio entre vida y muerte, creación y destrucción, pero la reinterpretación moderna de estos conceptos se había fragmentado en dos extremos opuestos. Los Nahualli, guardianes de la esperanza y la unión, fuente de inspiración para la vida y la libertad, y los Verdugos, portadores del mandato para ejecutar el juicio final contra quienes se oponían a la Federación. Ambos grupos, operaban como dos caras de la misma moneda, reflejando las tensiones internas de una nación que, incluso en la era de la post modernidad, continuaba luchando por reconciliar su pasado con su presente.
Aquella noche del 17 de noviembre de 2208, ambas órdenes guerreras aguardaban en un silencio cargado de tensión. Las luces rojas al interior de las naves mantenían a los soldados en un estado de alerta contenida, mientras la señal amarilla —esperada como el disparo inicial de una competencia mortal— podía activarse en cualquier momento. La nave suborbital clase Pixan, una joya de ingeniería furtiva, había aprovechado el caos organizado del puente aéreo para integrarse al convoy de ayuda humanitaria. A medida que el grupo cruzaba la frontera hacia territorio californiano, la Pixan mantenía una posición calculada, volando a una altitud más baja que las masivas naves de carga que la escoltaban desde arriba, utilizando las sombras proyectadas por estas para protegerse de cualquier detección.
Diseñada para infiltración en las condiciones más hostiles, la Pixan no solo era indetectable por radares; su camuflaje termo-óptico avanzado la hacía invisible incluso al ojo humano y a los sistemas de monitoreo térmico más sofisticados. Su revestimiento mate absorbía cualquier rastro de luz, y el murmullo de sus propulsores anti-gravitacionales apenas era perceptible incluso a corta distancia. En esa noche sin luna, la nave se asemejaba a un águila cazadora, acechando en la penumbra.
Cuando finalmente las luces amarillas se encendieron en el interior del convoy, el cambio fue inmediato. Las inteligencias artificiales tácticas a bordo de cada nave comenzaron a transmitir a los oficiales Cuaucelotl los objetivos específicos de misión. En la Pixan, sin embargo, el ambiente era diferente. No había palabras entre los Nahualli a bordo; sus rostros, iluminados por el tenue resplandor de los visores de sus cascos, eran máscaras de concentración absoluta. Ellos sabían que su misión era crítica: debían garantizar el éxito de la operación al neutralizar una pieza clave de la infraestructura californiana antes de que los agentes ocultos en el convoy iniciaran con su misión.
En la lejanía, la tenue luminosidad de una pista de aterrizaje clandestina apareció como un susurro en la oscuridad. En ese momento, la Pixan se separó del convoy con una maniobra de precisión. Activó su sistema de camuflaje termo-óptico, volviéndose poco más que un borrón en el aire, y descendió rápidamente, disminuyendo su firma térmica a niveles que la hacían indistinguible del propio entorno. La velocidad de su caída fue calculada con exactitud milimétrica, utilizando algoritmos avanzados que ajustaban cada movimiento en función de los patrones climáticos y de dispersión térmica del terreno.
El paisaje californiano se desplegaba debajo como un tablero de ajedrez en penumbra. Cañones, colinas y pequeños asentamientos pasaban desapercibidos en el radar de la nave, pero no en los mapas tácticos holográficos proyectados en la cabina. A tan solo 100 metros de su destino, la Pixan desaceleró abruptamente, ejecutando un aterrizaje vertical suave al pie de una colina que, según los informes de inteligencia, estaba a pocos pasos de un nodo de comunicación cuántica, el objetivo inicial de la misión. La torre, protegida por sistemas de detección de última generación, era una pieza vital para las defensas californianas, y destruirla garantizaría la ventaja estratégica necesaria para que los verdugos ejecutaran el mandato divino del dios Mictlantecuhtli.
Cuando los propulsores finalmente se apagaron, el paisaje recuperó su quietud nocturna. La escotilla se abrió con un suave silbido hidráulico, y los Nahualli, envueltos en sus escafandras que los hacían invisibles, descendieron con movimientos fluidos y coordinados. Su misión estaba clara: infiltrarse, desactivar las defensas de la torre y asegurar el área para el avance de las fuerzas principales. El peso del destino de toda la operación recaía sobre sus hombros, y no había espacio para el error.
Torre de vigilancia fronteriza y puesto de mando movil. 4ta compañía, 37 Regimiento independiente de soporte logístico del ejército californiano 0300 horas 17 noviembre 2208.
El teniente Adolfo Hernández llevaba dos largas horas frente a las pantallas del puesto de mando, sus ojos fijos en los monitores tácticos mientras una taza de café frío permanecía olvidada a su lado. Los rítmicos pitidos de los radares eran el único sonido que rompía la monotonía de la madrugada, enmarcando su constante vigilancia. El puesto de mando, una instalación funcional más que lujosa, estaba emplazado en lo alto de una colina, protegido por gruesos muros de concreto reforzado. Desde allí, los operadores podían monitorear los cielos californianos con sistemas de rastreo avanzados, pero no infalibles.
En el exterior, un conjunto de modernas antenas y radares se alzaban como centinelas en la penumbra. Entre ellas, luces intermitentes parpadeaban al ritmo de las transmisiones cuánticas, conectando la base con los centros de mando principales. Una densa neblina había comenzado a acumularse en los alrededores, como si el propio paisaje conspirara para cubrir los movimientos de los infiltrados.
Finalmente, un destello apareció en la pantalla principal del radar: los radares habían detectado el ingreso del convoy aéreo en su frontera. Hernández, con una mezcla de alivio y tensión, informó de inmediato al capitán comandante, quien ordenó encender las luces de la pista improvisada al pie de la colina. Las farolas de alta potencia se encendieron, rompiendo la oscuridad con haces de luz que parecían llamar a las naves como un faro en medio del océano. Mientras tanto, los vigías apostados en las torres de observación, algunos envueltos en mantas contra el frío nocturno, ajustaron sus binoculares, esperando confirmar visualmente la llegada de los cargueros.
Sin embargo, ni Hernández ni los vigías percibieron la nave de infiltración clase Pixan. Invisible se deslizó silenciosa hacia el lado opuesto de la base, evitando los perímetros iluminados. Su aterrizaje fue tan suave que incluso los sensores de movimiento de la base pasaron por alto su llegada.
En el perímetro más alejado, donde la niebla era más espesa, los vigías californianos estaban demasiado distraídos para notar el peligro que se cernía entre las sombras. Uno de ellos, un joven llamado Ramiro, apoyaba su rifle contra una cerca, mirando sin entusiasmo hacia la negrura. Fue el primero en caer. Un destello apenas perceptible cruzó la bruma: un filo hecho de quimantzinita, una aleación basada en un mineral de extrema dureza formado en las profundidades de un protoplaneta. Este cuerpo celeste, en un pasado remoto, fue sometido a presiones colosales antes de desintegrarse tras un cataclismo cósmico que originó el cinturón de asteroides. La hoja cortó limpiamente el tendón de su tobillo, obligándolo a desplomarse. Antes de que pudiera emitir un grito, un nahualli surgió de las sombras como un jaguar etéreo, activando una hoja electromagnética que vibraba con un zumbido bajo, diseñado para maximizar el daño interno sin ruido. En un movimiento fluido y letal, el arma atravesó la garganta del vigía, silenciándolo de inmediato. Su cuerpo fue depositado suavemente en el suelo, mientras el nahualli desaparecía nuevamente en la penumbra, dejando solo el eco de un leve crujido metálico como prueba de su presencia.
En otro extremo del perímetro, otro Nahualli avanzó con la misma precisión letal. Su rostro permanecía oculto tras el visor de su casco, pero sus movimientos eran como un ritual, ejecutados con una fluidez casi artística. Su tepoztli-tōpīli, un cuchillo táctico optimizado para el combate moderno, se hundió silenciosamente en el cuello de un vigilante que apenas tuvo tiempo de girar la cabeza antes de que la oscuridad lo envolviera.
Dentro del puesto de mando, Hernández seguía concentrado en la pantalla, ajeno a lo que ocurría fuera. El sistema de seguridad no mostró alertas, y los vigías que debían reportar cada media hora guardaban un silencio que, aun no había llegado el momento de interrumpir. Los Nahualli, entretanto, se movían como espectros. Habían estudiado los mapas de la base hasta memorizarlos; sabían exactamente dónde cortar líneas de energía, cómo neutralizar cámaras sin activar alarmas y, sobre todo, cómo eliminar objetivos clave sin dejar rastro.
Cuando finalmente los Nahualli alcanzaron el nodo de comunicación cuántica, la pequeña estructura de menos de dos metros se mostraba majestuosa, una red de paneles y cables brillando tenuemente con energía almacenada. Dos combatientes se prepararon para intervenir el dispositivo, mientras tanto los 5 nahualli restantes estaban rodeando el puesto de mando. En su interior, el personal encargado de mantener la vigilancia en la frontera, pero también de reportar el éxito en el intercambio de los pertrechos en las naves a sus mandos se mantenía en calma, asumiendo que la madrugada transcurriría sin sobresaltos. No sabían que ya estaban rodeados. Uno a uno, los soldados californianos fueron neutralizados con una precisión clínica. Un movimiento rápido, una hoja en el lugar exacto, y el silencio continuó reinando.
Para cuando el equipo de Nahualli aseguró la cabina del centinela de guardia que vigilaba las pantallas, El puesto de mando estaba sumido en una falsa calma, sin comprender que el corazón de sus comunicaciones estaba a punto de ser arrancado con una brutal eficiencia. Los cargueros del convoy continuaban su descenso hacia la pista principal, completamente ajenos a la sombra que se había infiltrado en las entrañas de la instalación.
En las pistas de aterrizaje improvisadas, los soldados californianos trabajaron con diligencia bajo la luz intensa de los reflectores que recortaban sombras largas en el descampado. La llegada de las doce enormes naves de carga rompía la monotonía de la madrugada. El bullicio de vehículos de transporte y el gemido metálico de las grúas llenaban el aire frío. Aunque las tensiones históricas entre California y Anáhuac eran un eco persistente en la memoria colectiva, muchos soldados de ambas banderas encontraban en esta colaboración una oportunidad para dejar atrás viejos resentimientos. No tenían razones personales para odiar a sus vecinos; la mayoría deseaba simplemente cumplir con su deber y regresar a casa.
Los contenedores descargados desde los transportes californianos eran un testimonio del delicado equilibrio político entre ambas naciones. Repletos de componentes de comunicación cuántica, materiales de construcción avanzada y otros insumos estratégicos, fueron transferidos con precisión hacia las bahías de las naves de la Federación. Estos materiales, fabricados por varias factorías californianas, incluida la emblemática Planta 11, sostenían no solo la red de defensa de Anáhuac, sino también la viabilidad económica de California. Algunos soldados californianos se preguntaban por qué su gobierno había accedido a incluir ciertos equipos de alto valor en estos envíos, pero sabían que cuestionar tales decisiones estaba más allá de su jurisdicción.
Por otro lado, los operadores de las naves anahuacas supervisaban el proceso con una frialdad profesional. Vestidos con uniformes de azul oscuro que se fundían con las sombras del amanecer, observaban el ir y venían de los cargamentos detrás de visores polarizados. Aunque compartían el espacio con sus homólogos californianos, el ambiente entre ambos grupos estaba cargado de una tensión silenciosa, producto de siglos de conflictos no resueltos. A pesar de ello, la disciplina militar y la necesidad mutua mantenían las interacciones en un tono estrictamente funcional.
Este intercambio formó parte de un acuerdo más amplio entre ambas naciones. Desde la crisis bélica que había obligado a California a volverse dependiente del poderío militar de Anáhuac, se desarrolló un pago diario en bienes y materiales estratégicos como compensación por la asistencia continua. Este arreglo, aunque humillante para algunos líderes californianos, había demostrado ser un salvavidas para la debilitada economía del estado. Por su parte, Anáhuac aprovechó la situación con astucia: adquiriría materiales de alto costo en el mercado internacional a precios considerablemente reducidos, gracias a las condiciones del convenio. Así, mientras los envíos representaban para California una obligación onerosa, para la Federación eran una oportunidad de fortalecer sus recursos tecnológicos e industriales sin sacrificar demasiado de sus propios presupuestos.
La relación comercial, aunque forjada por necesidad y disparidad, había creado un flujo constante de bienes que mantenía a ambas naciones en un estado de interdependencia incómoda. Para los oficiales de alto rango en Anáhuac, este flujo era una ventaja estratégica; para los soldados en las pistas de aterrizaje, era solo un recordatorio de la fragilidad de las alianzas en un mundo marcado por intereses conflictivos.
En el puesto de mando, el teniente Adolfo Hernández monitoreaba el avance de las operaciones. El brillo azulado de las pantallas tácticas iluminaba su rostro, que reflejaba una mezcla de cansancio y concentración. Mientras transmitía el informe de progreso al mando central a través del sistema de comunicaciones cuánticas, informó del avance en el traspaso de los suministros llegados en las naves de la federación a sus propios cargueros. Tres de los cuales tenían por destino la ubicación más importante de toda la república. Recibió tres códigos de seguridad para los transportes que partirían hacia ese destino clasificado. Hernández no pudo evitar un suspiro de alivio al ver que la operación avanzaba sin contratiempos. Su mente, sin embargo, estaba lejos de allí, con su familia atrapada en los territorios ocupados al norte del país.
El centinela asignado a la seguridad del módulo de comunicaciones, un soldado fornido con un rifle de asalto cruzado sobre el pecho, permanecía alerta, ajeno a la amenaza que se acercaba desde las sombras. La instalación de comunicaciones, un pequeño edificio blindado al pie de la colina, estaba conectada directamente al puesto de mando y era custodiada por un único vigilante. Los Nahualli, liderados por el astuto Chimaltepoztli, ya habían eliminado a los vigías del perímetro y se movían hacia su siguiente objetivo.
Ocultos por la tecnología de camuflaje y el entorno nebuloso, los Nahualli no emitían un solo sonido. Chimaltepoztli, armado con su Tepozcuāhuitl, fue el primero en llegar al centinela. Desde su posición ventajosa, lo tomó por la espalda, cubriendo su boca con un guante reforzado y hundiendo la daga en el costado del soldado. El arma cauterizó la herida al instante, evitando que la sangre manchara el suelo. El cuerpo del centinela cayó al suelo sin un solo ruido, y su rifle permaneció sin disparar, aún cruzado sobre su pecho inerte.
En el interior del puesto de mando, Hernández seguía concentrado en las transmisiones, sin percatarse de que el Nahualli ya estaba dentro. Con pasos ligeros como los de un depredador, Chimaltepoztli se acercó a él. La tenue iluminación de los monitores proyectaba sombras angulares sobre el rostro del teniente, quien estaba completamente absorto en su labor. Antes de que pudiera reaccionar, un rápido golpe con el mango de la daga lo dejó inconsciente, desplomándose sobre su escritorio.
Con el puesto de mando neutralizado, los Nahualli comenzaron su trabajo. Tomaron control del módulo de comunicaciones, accediendo a los códigos y transmisiones esenciales sin activar ninguna alarma. Todo había ocurrido en silencio absoluto; los californianos seguían operando sin saber que su corazón tecnológico había sido comprometido. Afuera, los motores de las naves de carga comenzaban a rugir mientras finalizaban la transferencia de suministros.
En las pistas de aterrizaje improvisadas, los californianos trabajaban con diligencia bajo la luz de los reflectores que iluminaban el descampado. El bullicio de vehículos de transporte y grúas resonaba en el aire frío. Luego de entregar los componentes tecnológicos, californianos y nahuatlatas empezaron a cargar sus propios transportes con los suministros de los recién llegados para reforzar las existencias en sus bases militares.
En medio del bullicio, el soldado Huitzitzillin, un joven con un rostro moreno marcado por el sol, trabajaba junto a Liliana Garza, una soldado californiana con ojos oscuros y una expresión resuelta que ocultaba el cansancio acumulado de los meses de guerra. Ambos cargaban cajas hacia uno de los transportes, y aunque el trabajo era pesado, sus ocasionales intercambios de palabras aliviaban el peso del momento.
—No puedo evitar pensar —dijo Huitzitzillin, apoyándose en un traductor de voz, acomodando una caja en el compartimento— que es irónico que ahora estemos aquí, trabajando juntos. Hace apenas unos meses habría sido impensable.
Liliana, que ajustaba las correas de un contenedor cercano, se detuvo un momento y lo miró con una ligera sonrisa.
—La ironía es nuestra especialidad, parece. Pero, sinceramente, no me importa. Ya tuvimos suficientes problemas. Mi hermano menor murió hace dos meses, y si esto puede significar que otro hermano, otra familia, no pase por lo mismo, vale la pena intentarlo.
El comentario de Liliana dejó a Huitzitzillin en silencio por un momento. Aunque apenas la conocía, podía percibir el dolor detrás de sus palabras. Al observarla, notó la firmeza en sus movimientos y la determinación en su rostro. Ella era, como él, alguien que cargaba con más que cajas: cargaba con un pasado lleno de cicatrices.
—Lo siento mucho —respondió finalmente, con sinceridad—. Nadie debería pasar por eso. Si sirve de algo, creo que… todos merecemos algo mejor. Mi familia está en el sur; están lejos de todo esto, pero pienso en ellos cada día.
Liliana asintió, y por un momento, el ruido a su alrededor pareció desvanecerse. Aunque provenían de mundos separados, ambos compartían algo en común: un deseo genuino de que sus respectivas naciones dejaran de lado las armas para construir algo mejor.
—Quizá, después de todo esto… —dijo Liliana, mirando a Huitzitzillin de reojo— podríamos demostrar que trabajar juntos no es tan malo.
Huitzitzillin sonrió, sorprendido por el comentario. No estaba seguro de si era solo una idea pasajera o el inicio de algo más, pero se aferró a esas palabras. En medio del caos y la incertidumbre, un momento de conexión humana era un alivio inesperado.
Liliana y Huitzitzillin cargaron la última caja y se detuvieron a observar el horizonte, donde el tenue resplandor de la madrugada comenzaba a dibujar un nuevo día. Por un instante, ambos permitieron que la esperanza de un futuro menos incierto llenara el aire.
—Quizá no sea perfecto —dijo Huitzitzillin —, pero al menos es un inicio.
Liliana lo miró y asintió, mientras una leve sonrisa aparecía en su rostro.
—Sí. Y eso ya es algo.
Huitzitzillin no pudo evitar observar a Liliana con cierta fascinación. En ella veía reflejado el espíritu de las heroicas mujeres pistoleras de su tierra, las mismas que se habían unido al ejército durante la Gran Guerra, defendiendo con coraje las fronteras de su patria. Había algo en la determinación de su postura, en la forma en que sus manos firmes manejaban las herramientas, que lo hacía imaginarla como parte de esas leyendas vivientes. En ese instante, mientras el bullicio de la pista continuaba, pensó en preguntarle su nombre. Tal vez, cuando todo esto terminara, habría una oportunidad para conocerla mejor. En medio de este interminable mundo en guerra, ¿quién podría negar que dos personas, incluso de lados opuestos, pudieran encontrar una conexión?
Respiró hondo, reuniendo el valor para hablarle. Pero antes de que las palabras salieran de su boca, Liliana cayó al suelo como una hoja arrastrada por el viento. Su cuerpo se desplomó suavemente, su rifle resbaló de su hombro y golpeó el suelo con un ruido sordo. Por un segundo, Huitzitzillin se quedó paralizado, sin comprender lo que había sucedido. Entonces vio el pequeño orificio hueco en su frente y percibió el olor de carne quemada.
La confusión de Huitzitzillin se transformó rápidamente en alarma, pero antes de que pudiera reaccionar, escuchó el leve susurro de más disparos en el aire. Uno a uno, los soldados californianos cayeron. Era un ataque repentino, ejecutado en un silencio tan absoluto que incluso los ruidos del bullicio cercano parecían distantes. Desde las sombras, los Verdugos se movieron con una coordinación impecable, como depredadores al acecho. Descendieron discretamente desde sus posiciones, cada uno seleccionando varios objetivos con precisión fría. Sus movimientos eran tan fluidos y calculados que parecían más sombras que humanos.
Mientras el último soldado caía abatido, Huitzitzillin apenas logró procesar lo que había sucedido. Aunque él mismo era un soldado entrenado, el nivel de eficiencia de los Verdugos era escalofriante. Observó el rostro sereno de Liliana, salvo por ese pequeño orificio cauterizado causado por un rifle laser, se le veía dormida en el suelo. Un destello de frustración cruzó su mente. Había imaginado un futuro en el que, al término de esta guerra absurda, podrían sentarse como iguales, compartir sus historias y tal vez forjar una amistad… o algo más. Ahora, todo lo que quedaba era el silencio y la incertidumbre de algún nombre que se añadiría a los desaparecidos de esta guerra.
Desde una posición elevada, el Huey Cuachic, líder del destacamento de Verdugos, observaba el resultado de la operación con una leve sonrisa de satisfacción. El ataque había sido ejecutado con la precisión de un manual de guerra. Las maniobras conjuntas con los Nahualli habían facilitado este golpe perfecto. No hubo alarmas, no hubo resistencia. La coordinación entre ambas fuerzas élite hacía que este tipo de operaciones fueran casi rutinarias, pero el líder sabía que la verdadera prueba vendría después, cuando los secretos californianos cayeran en sus manos.
Molesto por la inacción de la tropa regular. El Huey Cuachic grito órdenes a los soldados paralizados, reclutas enmudecidos por la sorpresa de haber sido testigos de los fríos asesinatos.
-¡Amo tleno ipati! Xikin tsotsona nopa mijkatsitsij, uan xikintekiui tlen kipiaj, motekiu eli ti itstos nika hasta kemaj mits ilhuisej. ¡Tlayacanani Cuaucelomeh! ¡Amo ximocahuaca quen teteyome catli amo tleno ininpati huan xiquinsentilica tlacame!
¡Perros inútiles reaccionen! Desnuden los cadáveres, se equiparán con sus uniformes, su trabajo es sustituirlos aquí hasta nueva orden. ¡Comandantes Cuaucelomeh! ¡Dejen de adornar este cementerio como estatuas inútiles y movilicen a su tropa!-
Por la urgencia del momento, no le importó al comandante Cuachic gritar órdenes a viva voz en lengua náhuatl dentro de territorio enemigo. Tan pronto los comandantes del dispositivo de seguridad reaccionaron, dieron órdenes a sus soldados quienes comenzaban a moverse, ordenaron cavar fosas para enterrar a los cadáveres. Retiraron los cuerpos de los californianos y se aseguraron que no quedaran rastros del ataque. El líder observó un momento más a Huitzitzillin, quien aún permanecía inmóvil junto al cuerpo de Liliana. Sabía que los jóvenes soldados, por más entrenamiento que tuvieran, no siempre podían dejar de lado sus emociones. Suspiró ligeramente antes de dirigirse al oficial que lideraba a las fuerzas regulares:
—Oficial a cargo, haz que tu cachorro se mueva. Tenemos un trabajo que terminar.
¡Movámonos ya! —tronó el Huey Cuachiq, dirigiendo a los grupos con un gesto firme de su mano. Los Nahualli y los Verdugos intercambiaban breves miradas cargadas de respeto. Aunque pertenecían a órdenes militares distintas, en esta misión eran aliados, y esa alianza debía ser perfecta para sobrevivir.
Frente a ellos estaban las tres naves californianas que debían abordar para infiltrarse en el baluarte enemigo, una mezcolanza de ingeniería desesperada. El tiempo y la guerra habían transformado estos antiguos transportes civiles de carga en híbridos armados listos para el combate. Cada una de ellas era un testimonio de la inventiva y la necesidad. Sus chasis eran anchos y pesados, con evidentes soldaduras que marcaban los puntos donde las piezas recuperadas se habían integrado al diseño original. Yatziri notó que cada nave parecía un collage de historias bélicas: fragmentos de vehículos blindados, restos de fuselajes caídos, y partes de maquinaria civil que ahora tenían un propósito militar.
Los propulsores principales, enormes y oxidados, sobresalían del fuselaje como cicatrices mal curadas. Usaban combustible líquido, un sistema antiguo y poco eficiente, pero aún funcional. Dos pequeños propulsores vectoriales de primera generación, cilindros huecos recuperados de algún transporte abatido, se encontraban en los costados, ajustados precariamente para maniobras de evasión. En la parte superior de cada nave, una torreta pesada giraba lentamente, su calibre delatando que alguna vez perteneció a un blindado terrestre. Era un arma diseñada para devastar tanques y vehículos ligeros, ahora reconfigurada para proteger a estas vulnerables bestias de metal en su nuevo rol.
La pintura de cada nave era un tono oxidado que hablaba de abandono y constante uso. Algunos paneles todavía mostraban rastros de colores civiles, mientras otros estaban carbonizados o cubiertos de marcas de metralla. A pesar de todo, eran funcionales y, con los códigos recibidos del puesto de mando californiano, pasarían por naves amigas en los sistemas de seguridad de la fortaleza enemiga.
Mientras los Nahualli y los Verdugos abordaban las naves, las diferencias entre ambos grupos se hacían evidentes. Los Verdugos, con sus uniformes oscuros y tácticos, sus rostros ocultos tras visores con rótulos de cráneos descarnados. En contraste, los Nahualli, con sus escafandras de infiltración que los convertían en sombras translucidas. Las miradas cruzadas entre ellos no eran de desconfianza, sino de curiosidad mutua.
—Nunca pensé que compartiríamos naves con ustedes —comentó un Verdugo, mientras ajustaba el arnés de su equipo.
—La guerra nos lleva por caminos extraños —respondió Chimaltepoztli, líder de los Nahualli, con una leve sonrisa. Sus ojos, oscuros y profundos, parecían analizar al hombre frente a él, como si quisiera descifrar cada detalle de su armadura.
—Solo asegúrate de que tus hombres no se queden dormidos en sus rituales antes de la misión —bromeó otro Verdugo, provocando algunas risas nerviosas.
Yatziri caminó hacia una de las naves, asignada como su responsabilidad. Mientras subía por la rampa oxidada, una mezcla de emociones la invadió. Desde pequeña, había soñado con pilotear una nave propia, pero nunca bajo estas circunstancias. El interior era oscuro y funcional, con paneles desnudos que mostraban cables y sistemas improvisados. Las luces de emergencia parpadeaban ligeramente, y el olor a combustible quemado impregnaba el aire.
Frente a la cabina, los asientos del piloto y copiloto estaban apenas acolchonados, cubiertos con parches de tela descolorida. Yatziri pasó sus dedos sobre los controles, adaptados con piezas de distintas eras tecnológicas, y suspiró. Era como mirar una reliquia del pasado, un vestigio de una era donde estas naves solo transportaban mercancías pacíficas.
—¿Lista para volar esta chatarra? —preguntó un cuachic.
—Siempre estoy lista —respondió ella con firmeza, aunque en su interior sentía una ligera punzada de duda. Su mente volvió a los códigos que habían recibido. Esos números eran mucho más que simples secuencias: eran la clave para penetrar las defensas enemigas. Sin ellos, esta misión sería un suicidio. Yatziri sabía que una sola equivocación en la entrada de esos datos podría condenarlos a todos.
Mientras ajustaba su casco y se preparaba para encender los sistemas, una voz resonó por el comunicador:
—Piloto Yatziri, ¿todo en orden? —era el Huey Cuachic, siempre directo.
—Todo en orden, comandante. Esta nave responderá, aunque tenga que sostenerla con mis propias manos.
—Muy bien, atención equipo, en este momento tercer pelotón pasan a etiqueta amarillo, segundo rojo y primero en negro, Ipan cemeh son número 1 y el resto en orden de asignación, pilotos pasan a la etiqueta de su pelotón asignado con el número 11. Nahuallimeh quedan a cargo de su comandante, de acuerdo al plan de la operación, yo tomo el mando del segundo pelotón como rojo 0
El ruido de los motores llenó el aire cuando los propulsores principales comenzaron a rugir. Las tres naves se levantaron con una vibración que se sentía en los huesos. Desde su posición en la cabina, Yatziri miró hacia adelante, sus ojos fijos en la trayectoria que los llevaría al corazón del enemigo.
Sabía que esta misión no solo era una prueba de su habilidad como piloto, sino también de su temple como soldado. A su lado, el ingeniero de alta tecnología del equipo rojo ajustaba los sistemas de navegación, mientras murmuraba algo en náhuatl, tal vez una plegaria.
—¿Qué dijiste? —preguntó ella, rompiendo el silencio.
—Solo pedí que los dioses nos acompañen —respondió él, sin apartar la mirada de los controles.
Ella sonrió ligeramente y respondió con suavidad:
—Espero que también nos acompañen los códigos que nos dieron.
Ambos intercambiaron una mirada de complicidad antes de enfocarse nuevamente en la misión. El horizonte nocturno se extendía ante ellos, y en la distancia, las luces de la fortaleza comenzaban a hacerse visibles.

