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Un pasado posible, un presente probable.

Huida de Cortés

Huida de Cortés

Tenochtitlán 1520

Sr. los guerreros nos tienen cercados, tenemos muchas bajas todos los días, si no nos han capturado es porque tenemos preso a su Tlatoani Moctezuma II. Hernán Cortés solo se limitaba a pensar que podía hacer. ¡Traigan a Moctezuma! Él sabrá qué hacer. Cuando Moctezuma fue puesto ante Cortés dijo… ¿Qué quieres de mí?, yo no quiero escucharte más, pues por tu causa desventurado soy, no quiero escuchar más tus mentiras, tus promesas. Mira, queremos que hables con tu pueblo, les pidas que dejen las armas, nosotros solo queremos irnos de aquí – Con todo el oro por supuesto -.

¿Acaso crees tú que mi pueblo va a hacerme caso?, si yo, su Huey Tlatoani he sido humillado por ti, ¿Crees que acaso respetarán lo que yo les diga?, no Cortés, no; estás equivocado, yo ya no soy nadie para mi pueblo. Cortés, en un acto de arrogancia levantó a Moctezuma de un brazo y le dijo, pues de todas maneras vendrás conmigo, para algo has de servir todavía. ¡Soldados!, ordenaba cortés, protejan al emperador con sus escudos, no queremos que le pase nada, es nuestra única forma de salir vivos de aquí

Al acercarse al balcón del palacio de Axayácatl, vieron un océano de gente, estaban con las armas listas para acabar con ellos, pero la presencia de Moctezuma los frenaba, después de todo su figura todavía inspiraba respeto. Moctezuma le dijo a cortés, No creo que salgan de aquí con vida, Sé que ya tienen a Cuitláhuac como nuevo Tlatoani, ¿Ves?, ya no sirve de nada. Moctezuma pedía calma a su gente, no cesaban las piedras ni las flechas; los escudos de los soldados españoles no fueron tan eficientes, Moctezuma había sido herido, recibió pedradas en las piernas, brazos y una fatal en la cabeza de la que moriría días después.

Señor, -le informaban a Cortés – el emperador ha muerto. Cortés preocupado y pensativo sabía que se la tenían que jugar. Moctezuma representaba su escape, además ya solo tenían pocos víveres y los guerreros aztecas acechaban sedientos de venganza. ¡Nos la tenemos que jugar!, Así que Cortés ordenó. Gonzalo (De Sandoval), tú y Diego (de Ordaz) irán a la vanguardia con 100 soldados, 20 jinetes y 400 Tlaxcaltecas; yo iré en medio con Malintzin, Alonso (De Ávila) y Cristóbal (De Olid) custodiando el tesoro con toda la artillería; y tu Pedro (de Alvarado) irás a la retaguardia junto con Juan (Velázquez) la caballería y el resto de los soldados.

Era de madrugada cuando empezaron la fuga, acordando no hacer ni un solo ruido, y cuidando también el relincho de los caballos; pero una columna de más de mil españoles y 10,000 Tlaxcaltecas – Sus aliados – no podía pasar desapercibida. Cuando fueron descubiertos, se escuchaban tambores redoblar por todos lados, el lago se inundó de canoas, el cielo se llenó de flechas, la desorganización fue total, muchos soldados españoles murieron a causa de su avaricia pues se retacaron de oro las botas, las camisas, la armadura, y al momento de querer escapar con vida, muchos cayeron al agua y el peso del oro los hundió para no salir jamás – Murieron extremadamente ricos -. Las aguas se teñían de color rojo, Cortés junto con sus soldados de más experiencia se abrían paso a sangre y fuego hasta que por fin lograron escapar. Se sentó en un viejo Ahuehuete y lloró desconsoladamente.

Más tarde el nuevo Huey Tlatoani, Cuitláhuac era informado. Sr. Los españoles han huido, aunque les causamos miles de bajas, no les quedarán ganas de regresar, y ese tal Cortés y sus soldados lloraron en el viejo ahuehuete como unos cuilones (Maricas).

Aunque esta batalla ha pasado a la historia como la “Noche Triste”, realmente fue una noche de venganza, una noche de ajuste de cuentas, una noche en la que los aztecas se desquitaron de todas las afrentas cometidas por los españoles, una noche en la que se cobraron el secuestro de su Huey Tlatoani Moctezuma II, las afrentas a sus dioses, la matanza del templo mayor, los saqueos indiscriminados, las violaciones a sus mujeres. Fue una noche redonda y satisfactoria. ¿Noche Triste?, ¡Sí! Pero para los pinches gachupines.

AUTOR: Waldo Salguero Gaona
Álamo, Veracruz, México

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