anahuacmiquiztepicanoah12


VERDUGOS DEL ANÁHUAC

YEHUANTIN TLATSAKUILTIANIME IKUAN ANAHUAC

Anáhuacmiquiztepicanoah

 

Tecpa tlaximaliztli Ce

Epilogo1

 

El sol abrasador dominaba el cielo, mientras el viento levantaba polvaredas que se arremolinaban sin rumbo sobre el paisaje desértico. Una serpiente de cascabel se hacía notar con su característico sonido, rompiendo la aparente quietud. Las magras plantas, espaciadas uniformemente sobre el terreno árido, parecían testigos mudos de un mundo inmutable. Sin embargo, esa calma fue abruptamente interrumpida.

 

A nivel del suelo, líneas zigzagueantes de energía comenzaron a formarse, parpadeando como relámpagos atrapados en ciclos eternos. Se arremolinaban en patrones cada vez más intrincados, creando un espectáculo que parecía bailar entre lo natural y lo sobrenatural. El aire se tornó pesado y eléctrico, cargado de una tensión que anticipaba lo inevitable. Pequeñas chispas comenzaron a reventar a su alrededor, efímeras pero deslumbrantes. En el epicentro de aquel fenómeno, un halo blanquecino emergió, pulsando como un corazón vivo.

 

Entonces, un estallido súbito sacudió el lugar. El sonido, similar a una onda sónica, reverberó por el desierto, desplazando el polvo y silenciando incluso al reptil más cercano. Donde antes no había más que tierra y rocas, ahora una esfera de niebla incandescente se alzaba, brillante y cegadora. Su luz oscilaba entre el blanco puro y destellos dorados, proyectando sombras inusuales que parecían cobrar vida en el suelo. Dentro de aquella esfera, comenzaron a perfilarse siluetas, indefinidas al principio, pero cada vez más claras.

 

En un instante, James J. Polk pasó de estar en medio de una lluvia de disparos, cubierto de polvo y lágrimas, a encontrarse envuelto en aquella cegadora luz. Sintió un vértigo indescriptible, como si su cuerpo fuera despojado de su peso y su mente separada de la realidad. Un parpadeo después, estaba de pie en medio de un paraje desértico que le resultaba completamente desconocido.

 

Aturdido, Polk miró a su alrededor, su mente todavía tambaleándose por la experiencia surrealista que acababan de atravesar. El aire estaba cargado de un silencio inquietante, roto solo por los gemidos de dolor de los heridos. Sus compañeros yacían esparcidos por el suelo, la mayoría incapacitados físicamente, con rostros contorsionados por el sufrimiento de las heridas infligidas en el último instante antes de cruzar el portal dimensional. Sangre fresca se mezclaba con el polvo del lugar, impregnando el ambiente con un olor metálico.

 

Dos soldados desorientados, los únicos que aún se mantenían en pie, se recuperaron rápidamente del impacto inicial. Con manos temblorosas pero decididas, sacaron sus equipos médicos y comenzaron a auxiliar a los heridos, moviéndose con una mezcla de prisa y desesperación. Uno de ellos revisaba frenéticamente las heridas de un compañero que respiraba con dificultad, aplicándole presión para detener el flujo de sangre. El otro inclinaba la cabeza de un caído, buscando signos de vida, mientras sus murmullos ansiosos rompían la tensa atmósfera.

 

Polk observaba la escena, sintiendo cómo una mezcla de emociones lo inundaba. A pesar de haber compartido aquella experiencia con ellos, no los veía como compañeros. Para él, eran carceleros. Había sido arrastrado bajo custodia, tratado como un condenado a muerte y forzado a cruzar un portal que parecía extraído de algún mito antiguo. Odiaba a esos hombres, odiaba al ejército al que pertenecían, y odiaba aún más la pesadilla en la que lo habían sumido.

 

Uno de los soldados giró la cabeza hacia él brevemente, sus ojos llenos de desconfianza y apremio, como si cualquier movimiento de Polk pudiera traerles más problemas. Antes de volver a centrarse en su tarea, murmuró algo entre dientes, lo suficientemente bajo como para que Polk no pudiera distinguir si era una advertencia o un lamento.

 

Entre los heridos yacían dos soldados abatidos, sus cuerpos inmóviles y sus ojos vacíos, aún abiertos en un último gesto de asombro o terror. Los dos hombres que intentaban auxiliar al grupo parecían conscientes de estas bajas, pero no podían permitirse detenerse. Un vistazo rápido, un apretón de mandíbula, y volvían a la frenética tarea de salvar a quienes aún respiraban.

 

Mientras su mente trataba de procesar el caos, Polk recordó la información que había escuchado antes de su captura. La inteligencia táctica había advertido sobre algo imposible: «Los californianos han construido una máquina del tiempo». Era una idea absurda, tan desconectada de la realidad como las mentes militares que la concebían. Pero ahora, viendo el paisaje desértico que lo rodeaba, recordando la esfera incandescente de la que había emergido y las heridas en su propio cuerpo, no pudo evitar cuestionar si aquella locura era, en efecto, real.

 

—Did the stupid, brainless rulers declare war on California for such an absurd idea?! (¡¿Declararon la guerra a California los estúpidos gobernantes sin cerebro por una idea tan absurda?!)— Su voz quebrada por la incredulidad resonó en el desierto, un grito perdido en la vastedad.

 

Polk miró el cadáver de uno de los soldados abatidos por los verdugos antes de desaparecer en el portal. Su atención se centró en la pistola que aún descansaba en su mano inerte. El metal frío parecía llamarle, ofreciéndole una solución final. Tomándola con firmeza, sintió una oleada de control que no había experimentado en días.

 

Aprovechando la distracción de los dos soldados, levantó el arma. Su mente, en un instante de claridad, justificó lo que iba a hacer: estos hombres eran sus carceleros, los causantes de todo su sufrimiento. En sus ojos, ya no eran humanos, sino símbolos de toda la injusticia y crueldad que había soportado.

 

El primer disparo resonó como un trueno en el silencio. Uno de los soldados cayó, su expresión congelada en una mezcla de sorpresa y terror. El segundo apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que otro disparo silenciara su grito. Los cuerpos se desplomaron sobre la arena, dejando atrás solo el eco de los disparos y un vacío insoportable.

 

Los disparos resonaron en el aire seco del Mojave, disipándose rápidamente en el vasto silencio del desierto. James J. Polk permaneció inmóvil, respirando con dificultad. Observó los cuerpos inmóviles de quienes, hasta hacía unos minutos, habían sido sus captores y compañeros de viaje. La pistola temblaba en su mano, pero no por remordimiento. Era un temblor de liberación, de furia canalizada hacia una acción irrevocable.

 

Por primera vez en semanas, Polk sintió que había recuperado el control de su destino. Guardó el arma, recogió su equipo y se apartó de la escena. El desierto no daba tiempo para lamentaciones ni reflexiones prolongadas; si quería sobrevivir, debía moverse.

 

Entre los restos desperdigados de la batalla, Polk encontró un pequeño robot militar de exploración. Había sido diseñado para operaciones en terrenos extremos, un vestigio tecnológico de su mundo que ahora sería su salvación. Lo activó con un comando simple, y el aparato respondió con un leve zumbido, sus robustas ruedas metálicas girando con eficiencia.

 

Polk cargó en el compartimento del robot los recursos más esenciales: raciones de alimentos comprimidos, líquidos energéticos, la máquina de procesamiento de líquidos y una impresora 3D portátil. También aseguró su vivac militar y la munición que había recuperado. En su muñeca, un dispositivo holográfico mostró los datos iniciales del drone aéreo, que ya estaba explorando las inmediaciones.

 

«Suggestion: Head northeast. Vegetation detected at long range (Sugerencia: Avance al noreste. Vegetación detectada a largo alcance.)», indicó la inteligencia virtual del sistema. Polk solo asintió, su mandíbula tensa. No había tiempo para dudas.

 

El sol del Mojave era despiadado. Polk avanzaba lentamente, cubriendo su rostro con una bufanda improvisada para protegerse del calor abrasador. El robot rodaba a su lado, su torreta inactiva pero lista, mientras el drone aéreo realizaba barridos constantes para identificar posibles fuentes de agua y rutas seguras.

 

Durante el día, se refugiaba bajo su vivac desplegable, cuyos textiles inteligentes se camuflaban perfectamente con el entorno, proporcionando sombra y protección. Las noches, aunque frías, eran cuando más avanzaba. Bajo el cielo estrellado, Polk caminaba mientras el robot rodaba silenciosamente, cargado con su equipo.

 

En una ocasión, mientras descansaba en un cañón, un ruido lejano rompió la calma. El robot emitió un pitido de advertencia, y Polk activó su torreta justo a tiempo para repeler a un grupo de coyotes hambrientos. Los disparos retumbaban en el eco del cañón, y los animales se dispersaron rápidamente.

 

Tras días de marcha, el paisaje comenzó a cambiar. Las dunas de arena fina dieron paso a colinas pedregosas y arbustos dispersos. Cada paso hacia adelante parecía acercarlo más a un entorno habitable, aunque el desgaste físico y mental comenzaban a pasar factura.

 

El drone aéreo detectó una fuente de agua en una depresión rocosa, y Polk se desvió hacia ella. Allí, con la máquina de procesamiento de líquidos, pudo rellenar su suministro. También aprovechó la impresora 3D para fabricar herramientas simples, como un pequeño recolector solar adicional para maximizar la eficiencia de sus dispositivos.

 

Una tormenta repentina lo obligó a detenerse. Las ráfagas de viento levantaron arena y polvo, azotando su refugio. Polk trabajó rápidamente para asegurar el vivac y proteger al robot de daños. La tormenta duró horas, y en el silencio que le siguió, Polk sintió que el desierto lo estaba moldeando, convirtiéndolo en alguien más duro y adaptado.

 

Finalmente, después de semanas de lucha y perseverancia, Polk llegó a las grandes llanuras. La vegetación era más abundante, y el aire, aunque aún seco, era mucho más fresco. La vista de extensos campos verdes bajo el cielo abierto le provocó un breve momento de asombro. Era un terreno completamente distinto al del desierto, pero no menos peligroso.

 

La inteligencia virtual confirmó que estaba en una región más favorable para la vida humana. El drone identificó grupos de animales y posibles rutas hacia áreas con mayor densidad de recursos. Polk comenzó a moverse con cautela, sabiendo que no estaba solo.

 

Una tarde, mientras seguía una ruta trazada por el drone, Polk divisó figuras humanas en el horizonte. A primera vista, pensó que eran sombras, pero el brillo del sol en sus lanzas y la forma en que guiaban sus caballos dejó claro que eran personas. Polk se detuvo parpadeando con incredulidad, aquellos humanos se asemejaban a las representaciones de los indígenas americanos que había visto en viejas películas del siglo XX y XXI. En su tiempo, aquellas películas se consideraban dramatizaciones históricas, casi documentales. Las películas formaban la base de su conocimiento sobre aquellos «nativos salvajes». Las imágenes vívidas de colonos inocentes atacados por tribus bárbaras llenaron su mente de terror. El historiador, hombre del siglo XXIII, fue incapaz de interpretar el momento como algo distinto a una amenaza inminente.

Detuvo al robot pero no desactivó la torreta.

El líder nativo desmontó lentamente de su caballo. Su andar era firme, pero sus movimientos denotaban cautela. Habían pasado 3 siglos desde que los primeros colonos europeos llegaron a las costas americanas, aunque su tribu era un pueblo nómada de las llanuras, sin terrenos fijos donde habitar, conocía de sobra lo que la presencia de un extranjero de piel blanca siempre desencadenaba. En sus ojos brillaba la curiosidad, pero también la desconfianza, al ver al hombre extraño con su extraño acompañante de metal.

 

El hombre nativo se acercó más, sujetando con firmeza una lanza adornada con plumas y grabados. Habló, su voz grave llena de palabras que Polk no entendía. Aunque no comprendía el idioma, captó la duda en su tono y el gesto de señal hacia el robot, como si preguntara qué era.

 

Polk intentó hablar con calma:

— I’m not an enemy. I’m just passing through. (No soy enemigo. Sólo estoy de paso.)—Pero las palabras fueron inútiles.

 

Los ojos del nativo se estrecharon. Polk notó cómo su postura cambió de curiosa a tensa. Quizá había interpretado sus palabras como una amenaza, o quizá el simple hecho de lo desconocido era suficiente para encender su instinto de defensa.

 

El momento explotó en un instante de caos. El hombre nativo alzó su lanza con un grito que resonó en las planicies. Polk, reaccionó levantando su pistola y disparando antes de que el ataque pudiera completarse. El sonido fue ensordecedor, y el líder nativo cayó al suelo, su lanza soltándose de sus manos.

 

El grito y el disparo alertaron al resto del grupo. Desde la distancia, los jinetes vieron caer a su líder. Los hombres gritaron en su lengua, sus voces cargadas de ira y dolor, mientras azuzaban a sus caballos hacia Polk con lanzas y arcos en mano.

 

—Damn! (¡Maldición!)—masculló Polk, retrocediendo y sacando el control remoto del robot. Con un rápido comando, activó la torreta montada.

 

El pequeño robot giró su estructura metálica, y la torreta se alzó como un centinela despierto. Con precisión implacable, disparó ráfagas de fuego hacia los atacantes. Los caballos relincharon de terror, algunos de los nativos cayeron de sus monturas, y otros desviaron su carga para esquivar las balas.

 

Polk disparaba su pistola, apuntando cuidadosamente a los jinetes que lograban esquivar los ataques del robot. El estruendo del combate se mezclaba con los gritos de los hombres y el eco de los cascos de los caballos golpeando la tierra.

 

Polk sabía que estaba en desventaja numérica y que la situación podría volverse mortal si no actuaba rápido. Mientras el robot mantenía a raya a los atacantes, Polk vio su oportunidad. Uno de los caballos había quedado sin jinete, tropezando en círculos nerviosos cerca de donde yacía su dueño caído. Polk corrió hacia el animal, esquivando flechas que pasaban silbando cerca. Sujetó las riendas con fuerza y utilizó todas sus fuerzas para calmar al caballo. Fue un esfuerzo titánico, pero finalmente logró montarlo, ajustándose a su postura con torpeza.

 

El robot, al detectar la nueva posición de su dueño, maniobró ágilmente para colocarse junto al caballo. Polk emitió un último comando, y el robot disparó una ráfaga precisa que dispersó al grupo restante de atacantes. Los nativos, viendo a su enemigo escapar y tras haber perdido a varios de los suyos, se retiraron con miradas de furia y promesas silenciosas de venganza.

 

Polk observó el campo de batalla con una mezcla de emociones. Había ganado. La sangre manchaba la tierra, pero el precio de su supervivencia era cada vez más alto.

 

Asistido por las indicaciones de la inteligencia táctica en modo tutorial de supervivencia, Polk espoleó al caballo, comenzando su marcha hacia el este. A su lado, el robot avanzaba con su incansable andar metálico, como un silencioso guardián. El sol se hundía en el horizonte, pintando el cielo de tonos naranjas y rojos, mientras Polk seguía adelante, con la mirada fija en un futuro incierto.

 

Sabía que debía encontrar la civilización, y todo en su instinto le decía que las Trece Colonias británicas eran su mejor oportunidad. La costa este prometía una nueva etapa, una oportunidad para rehacer su destino, incluso si para ello debía enfrentarse al mundo entero.

 

Así, cabalgando bajo el manto de estrellas y con el rugido metálico de su robot como única compañía, James J. Polk continuó su odisea. No era un héroe, ni siquiera un hombre común. Era un sobreviviente, dispuesto a moldear este nuevo mundo a su voluntad, sin importar el costo.

 

 

 

 

 

 

 

Tecpa tlaximaliztli Ome

Epilogo 2

 

Yatziri apretaba con fuerza los controles, intentando mantener la nave estable mientras los sistemas emitían alarmas ensordecedoras. El rayo había impactado de lleno, sobrecargando los sistemas eléctricos y haciendo que los propulsores fallaran uno tras otro. Cada intento por recuperar el control era inútil; la nave perdía altitud rápidamente, sumida en una espiral incontrolable. Con un último esfuerzo desesperado, Yatziri presionó el botón de emergencia, activando la alerta de choque.

 

—¡ Ximoyektlali ika tlen panos! (¡Prepárense para el impacto!) —gritó por el intercomunicador antes de que su voz se ahogara en el chisporroteo de los circuitos dañados.

 

Los soldados se apresuraron a asegurarse en sus asientos, ajustando los arneses con rapidez mientras compartían miradas de resignación. Sabían que la supervivencia en un impacto como este era incierta. La cabina se llenó de una luz roja parpadeante, mientras el sonido agudo de las alarmas perforaba los oídos. Entonces, todo se apagó. Solo quedó el silencio, roto únicamente por el crujir de los metales al retorcerse y el estremecedor golpe del impacto cuando la nave chocó contra la tierra.

 

La nave se deslizó varios metros antes de detenerse, dejando un surco profundo en el suelo polvoriento. Los sistemas internos se apagaron por completo, sumiendo el interior en una penumbra cargada de polvo y humo. Durante un rato, nadie se movió; la tripulación yacía inconsciente, dispersa por los compartimentos.

 

Los primeros en despertar fueron los nahualli. Sus trajes escafandras avanzadas habían reducido el impacto de la colisión, los verdugos en cambio, con su fisiología mutada en estado de recuperación por el despliegue de violencia que hicieron, requerirían tratamiento médico antes de estabilizar sus constantes vitales. Los Nahualli con movimientos calculados, comenzaron a evaluar la situación. Painalli se dirigió inmediatamente al panel de emergencia, buscando recursos de primeros auxilios. Ayauh, por su parte, encendió las luces auxiliares para despejar la penumbra, mientras Akbal, el más experimentado en tácticas de campo, revisaba el exterior de la nave, asegurándose de que no hubiera amenazas inmediatas.

 

Uno a uno, los verdugos comenzaron a recobrar el conocimiento. El golpe había sido brutal, y aunque sus cuerpos estaban protegidos por la tecnología de sus trajes, el bajón hormonal tras el impacto los dejaba aturdidos y débiles. Los nahualli, apoyándose con el médico cirujano del grupo, comenzaron a administrar ayuda. Raxdaoxhen distribuyó analgésicos y estimulantes, mientras Ayauh ayudaba a los más afectados a incorporarse.

 

Yatziri fue la última en recuperar el sentido. Despertó con un gemido ahogado, el sabor metálico de la sangre llenándole la boca por un golpe interno. Se desabrochó con dificultad el arnés de su asiento y tambaleó hacia la salida de emergencia. Al abrir la compuerta, fue recibida por el aire cálido y seco del desierto. La nave estaba parcialmente enterrada, y los alrededores eran un vasto y árido terreno que ofrecía pocas esperanzas de rescate.

 

Los nahualli, conscientes del peligro, rápidamente asumieron sus funciones. Ayauh desplegó una manta mimética básica, una herramienta de su kit de supervivencia diseñada para camuflar la nave generando patrones de camuflaje simples que no resistirían un escaneo profundo, pero mientras no fueran buscados concienzudamente por fuerzas hostiles, podrían hacer la nave estrellada indetectable desde el aire. Painalli trabajó en establecer comunicación con sus bases, pero las señales eran inexistentes en aquella zona hostil. Akbal, armado con su visor de largo alcance, patrullaba el perímetro.

 

De pronto, detectó movimiento en el cielo. Un punto oscuro se desplazaba hacia ellos, creciendo en tamaño con cada segundo. Activó el zoom de su casco y examinó la amenaza: un objeto volador rudimentario que emitía un sonido mecánico irregular.

 

—¡ijisiultitlayolmelauili! (¡Alerta!)—susurró por el comunicador interno.

 

Los nahualli se prepararon, camuflándose entre los restos de la nave. Sus armas estaban listas, apuntando hacia el cielo. Sin embargo, mientras el objeto se acercaba, las lecturas del visor revelaron algo sorprendente: no era un dron ni un caza enemigo, sino un autogiro primitivo, un helicóptero con hélices expuestas. En el fuselaje del aparato, lograron distinguir un rótulo que decía Moapa Valley y una rotulo muy similar a la bandera de la unión Angloamericana, sustituyendo el circulo de estrellas de la Unión Angloamericana, por un pequeño rectángulo azul tapizado de estrellas en la orilla de esta bandera.

 

El helicóptero pasó por encima sin detenerse, su curso fijo como si los tripulantes no hubieran notado la nave estrellada. Los nahualli mantuvieron sus posiciones hasta que la aeronave desapareció en el horizonte.

 

“¿Tlake tlamantli tekitl nopa? (¿Qué clase de tecnología es esa?)” murmuró Painalli, desconcertado por la simplicidad de la máquina.

 

«Tlen itech mopohua in tlaxcalchihuanimeh, inic tlaximalihuih in tlaxicah». (Debe ser algún aparato fabricado artesanalmente por esos milicianos de origen anglo que apoyan al ejército invasor.) respondió  Ayauh

 

Yatziri, observando la escena desde una posición elevada, sintió una mezcla de alivio y preocupación. Aunque habían evitado ser detectados, la presencia de aquella aeronave primitiva le encendió una extraña sensación de alarma.

 

Durante la noche, los nahualli montaron guardia mientras los demás descansaban. Sus trajes, equipados con visores térmicos, les permitían vigilar cualquier movimiento en el área. El desierto, aunque aparentemente desolado, cobraba vida en la penumbra: pequeños animales escarbaban entre las piedras, y el viento traía consigo susurros inquietantes.

 

Cada sombra era analizada con atención, y cada sonido era un recordatorio de que estaban lejos de casa y rodeados de peligros.

 

La mañana trajo consigo nuevas incertidumbres, pero también la esperanza de encontrar una solución en aquel terreno hostil. La mayoría de sus compañeros verdugos pudieron estabilizar sus constantes vitales gracias a la vigilia y cuidados del médico del grupo. El oficial de mayor rango en aquel grupo diverso de soldados. El Huey Cuachiq Tilacatzin y sus acompañantes sabían que debían moverse pronto antes de que su presencia fuera descubierta por completo.

 

 

UN DIA ANTES…

 

Cientos de kilómetros al sur, una niña de siete años se sentaba frente a la ventana de su humilde hogar. Era el último día de las festividades navideñas, fechas que para otros se vestían de luces y risas, pero para Verónica eran solo una marca en el tiempo que transcurría lento, opresivo, como el calor asfixiante de una tarde seca en invierno. Su mirada estaba apagada, perdida en un horizonte sin promesas. Para ella, la vida se sentía como una cárcel invisible, hecha de días monótonos y hambres que nunca se saciaban.

 

En su estómago, el rugido de la necesidad era un eco constante. Su padre había salido antes del amanecer, arando la tierra endurecida por la sequía, y su madre, poco después, había partido hacia el rancho, donde esperaba recibir las escasas provisiones del programa de ayuda de la Conasupo. Hasta su regreso, Verónica, con apenas siete años, era la madre improvisada de sus cuatro hermanos menores.

 

La casa, hecha de paredes de adobe y techos de lámina corroída, no tenía electricidad. Su única ventana al mundo era una vieja radio que zumbaba cuando lograba encenderse con las baterías gastadas que encontraba por ahí. Mientras sus hermanos jugaban con piedras y palos en el patio, Verónica dividía su atención entre las tareas del hogar y los fragmentos de noticias que lograban atravesar el ruido estático de la frecuencia. La música ranchera y las voces de los locutores eran su única distracción, su pequeña chispa de alegría en días donde la monotonía pesaba como una losa.

 

El sol cayó sin piedad sobre el pequeño poblado hasta que la figura de su madre apareció a lo lejos. Venía cargada con bolsas de mandado típicas de los tianguis y mercados mexicanos, que contenían la despensa: arroz, frijoles, harina de maíz maseca, fécula de maíz maizena, pastas, leche en polvo, chocolate en barra abuelita, sardinas, chiles, tomates, una botella de aceite y un puñado de galletas de animalitos. Sus pies callosos estaban cubiertos de polvo, y la fatiga se notaba en cada paso. Verónica corrió hacia ella, ayudándola a quitarse los huaraches de suela de llanta y a guardar las provisiones. Eligió la bolsa de galletas, abriéndola con cuidado para repartirlas entre sus hermanos menores, mientras su madre encendía el fogón para preparar algo más sustancioso con lo que habían recibido.

 

Al anochecer, el padre regresó, su machete colgando de la cintura y el rostro curtido por horas bajo el sol. Como cada noche, la madre lo recibió con un plato humeante de frijoles y tortillas. Mientras él comía en silencio, ella le aplicaba una pomada de olor fuerte en la espalda, aliviando momentáneamente el dolor que acumulaba día tras día. Los grillos llenaban el aire con su cántico monótono, y el crepitar del fuego era el único testigo de la escena cotidiana. Esa noche, Verónica se acurrucó entre sus hermanos en el pequeño cuarto de lámina, la esperanza infantil llenándole el pecho mientras soñaba con un mañana diferente.

 

Ese mañana llegó antes de lo esperado, aunque no como ella lo había imaginado. En la madrugada, un estruendo rompió el silencio del pueblo. Gritos y disparos resonaban en la distancia, y el débil resplandor de antorchas y fogatas iluminaba el horizonte. Campesinos armados con machetes, palos y viejas escopetas habían tomado el ayuntamiento. El hartazgo de generaciones explotaba como un volcán que llevaba siglos acumulando presión.

 

El discurso oficial de progreso y modernidad que escuchaban en la radio era una burla para ellos, hombres y mujeres que apenas lograban sobrevivir con los pocos recursos que tenían. Por décadas, sus demandas habían sido ignoradas, y ahora, en aquel amanecer del 1 de enero de 1994, manifestaban su lucha con un grito que resonaría en todo el mundo: ¡Ya basta!

 

Verónica, apenas una niña, no entendía del todo lo que ocurría, pero sintió la tensión en el aire. Su madre la abrazó con fuerza, intentando protegerla del miedo que invadía el ambiente. Afuera, el pueblo ardía con la furia de quienes durante 500 años habían sido despojados de su tierra y su dignidad.

 

Mientras el levantamiento zapatista sacudía el sur del país, en los salones del poder el presidente Carlos Salinas de Gortari se dirigía a la nación. Su discurso hablaba de reconciliación y amnistía, pero la realidad en el terreno era otra. El gobierno mexicano no tenía intenciones de ceder; desplegó toda su fuerza militar para sofocar la rebelión. Tanques, helicópteros y soldados inundaron las selvas y montañas de Chiapas, dejando un rastro de violencia y sangre.

 

En medio de este caos, Verónica fue testigo de algo que cambiaría su vida para siempre. Vio a su padre y a otros campesinos armarse con lo poco que tenían, levantarse contra un sistema que los había ignorado durante generaciones. Vio también el miedo en los ojos de su madre, la incertidumbre de no saber si su esposo regresaría vivo.

 

Esa madrugada marcó el inicio de una lucha que trascendería fronteras y tiempos, un eco que resonaría incluso en dimensiones desconocidas. Lo que Verónica no sabía era que su historia sería el preludio de encuentros que cambiarían no solo su mundo, sino también el de otros que llegarían de lugares lejanos, empujados por fuerzas que ni siquiera podían comprender.

 

Anterior menú