anahuacmiquiztepicanoah11


VERDUGOS DEL ANÁHUAC

YEHUANTIN TLATSAKUILTIANIME IKUAN ANAHUAC

Anáhuacmiquiztepicanoah

 

Ipan Mahtlactli ce  pemulo

Capitulo 11

 

 

 

RESUMEN DE LA OPERACIÓN:

Iamoxichtakayo #34356656506-AKP-223

Tonalli: Nawi Osomahtli Tepeilwitl mestli Xiwitl Se tekpatl

 

Siwakoatl Tshaukuesh Penashue. Weyi Tlayekanke in tewihkehnawatlahtolkeh itech.

 

Ye ka in nahui xihuitl imantli keman ihsayo tonaltsintli axan, in tewihkeh yaokiskeh in Yaotlakanenki tlanechikol, inawak in Bünthi palewikeh tewikakeh, omopolohkeh ihkwak se tlaxhiwalistli nepan in witstlnapan ixtlawakan in Mesquite itlal, in Nevada weyi altepepan, California weyi  itlahtokayo.

 

Yewatl omopolohkeh keman omokak se weyi atomikatlatoponilistli, nepan in tenanko tewihkayotl  antinuclearyotl ixik. inawak in Internationale Organisation der Vereinten Nationen (IOVNi) wan okontlanchik ka in iokanchto patlantlanechikol wan in Anawak tlahtokayotl tenanko sekwitlakayoixkopan imachioti.

 

Tlaixpowali tlen nopa maseualmej tlen polijtokej tlen moijtoua tlatsintla:

2 Tewihkakeh Bünthi itlanechikol

25 Tewihkeh Yaotlakanenkih itlanechiko

 

Extracto de documento interno traducido a dialecto castellano.

 

                                                       Documento interno #34356656506-AKP-223

FECHA: (Día) Nahui Osomatli

              (Veintena) Tepeíhuitl

              (Año) Ce Técpatl

              17 noviembre 2208

 

Cihuacóatl Tshaukuesh Penashue, comandante suprema de las fuerzas armadas nahuatlmeh

 

Siendo las 0440 horas del despertar de Tonatiuh en el presente día. Fuerzas de tareas especializadas de la facción Yaotlakanenkih junto a apoyo de pilotos bünthi desaparecieron durante un operativo clasificado en zona de guerra ubicada en la región sur del departamento de Mesquite, estado de Nevada, Republica de California.

 

Los detalles de la desaparición corresponden al momento que fue registrada una explosión de posibles características termo nucleares en el centro de defensa antinuclear conjunto de la Internationale Organisation der Vereinten Nationen (IOVN) y detectada en los sensores de la primera flota espacial y en la línea defensiva fronteriza de la federación Anáhuac.

 

Lista de personal desaparecidos descrita a continuación:

 

2 pilotos facción bünthi

25 soldados facción Yaotlakanenkih

 

Detalles de personal en la siguiente página:

 

***

Después de revisar el parte oficial sobre la funesta misión, que había cobrado la vida de 25 valientes soldados de la federación, la Cihuacóatl Tshaukuesh Penashue, máxima comandante de las fuerzas armadas, mantuvo su expresión serena. La tragedia de las pérdidas era una constante en su vida, una carga que había aprendido a soportar con la determinación de una mujer que llevaba el destino de una nación en sus hombros. Acomodada en el sillón ergonómico de su aerodeslizador, un lujo tapizado en cuero de animales extintos, se sumergió en los resúmenes de noticias proyectados desde su tableta holográfica.

 

La luz azulada de la pantalla se reflejaba en su rostro mientras deslizaba las noticias con un movimiento elegante de su dedo. Cada hoja proyectada parecía una ventana al caos que el evento apocalíptico había desatado en el mundo.

 

La primera noticia detallaba el alza vertiginosa en los mercados internacionales. Los componentes de comunicación cuántica, esenciales para las tecnologías modernas de la humanidad, ahora eran más valiosos que nunca. «El oro del siglo 23,» titulaban algunos medios financieros. Análisis económicos predecían una crisis mundial en la tecnología de comunicaciones, con afectaciones directas a la banca, el comercio interestelar y los sistemas de defensa global. Las gráficas holográficas mostraban líneas ascendentes en rojo y titulares que describían especulaciones salvajes principalmente en las bolsas de Berlín, Nairobi, Cairo, Mumbai  y Shanghai.

 

La segunda hoja describía el ambiente en la IOVN, la Organización Internacional de las Naciones, fundada por Alemania a consecuencia de las guerras mundiales. Las pantallas proyectaban imágenes de manifestantes con pancartas frente al edificio central en Berlín, exigiendo acciones contra California y la Unión Angloamericana. «Violación de derechos humanos» y «Armas de destrucción masiva» eran las consignas predominantes. Voces airadas en la Asamblea General condenaban la intervención militar, mientras analistas discutían las implicaciones geopolíticas. La palabra «aislamiento» aparecía repetidamente: el futuro de Angloamérica pendía de un hilo.

 

Tshaukuesh sonrió con fría satisfacción cuando pasó a la siguiente noticia. California, el otrora estado independiente, era ahora objeto de condena internacional. Las denuncias de haber desarrollado una nueva y prohibida arma de destrucción masiva desataron una tormenta mediática. Los titulares sensacionalistas eran acompañados por imágenes de satélite del cráter donde alguna vez estuvo el laboratorio del científico Mondragón. «El genio de la humanidad, eliminado,» proclamaba un artículo en letras grandes. Las voces californianas, ahora refugiadas en la federación, denunciaban la agresión de Angloamérica como un acto de barbarie que había privado al mundo de un intelecto sin igual.

 

La Cihuacóatl detuvo su lectura por un momento y meditó. La muerte de Mondragón, aunque trágica, había sido un sacrificio irrelevante para inclinar la balanza a favor de la federación. Sabía que su nación debía actuar con rapidez antes de que otros poderes intentaran intervenir.

 

La siguiente proyección holográfica mostraba un análisis militar. Los remanentes del ejército californiano se encontraban dispersos, desmoralizados y sin apoyo logístico. Los estrategas de la federación calculaban que una invasión bajo la excusa de buscar otros laboratorios de armas prohibidas sería recibida con escasa resistencia. Un mapa tridimensional de la península de Baja California mostraba los puntos estratégicos para un desembarco anfibio, con flechas señalando rutas hacia los principales centros urbanos. » Se tekitl tlen chipauak uan kuali (Una operación limpia y eficiente),» pensó Tshaukuesh mientras trazaba mentalmente los próximos movimientos de su nación.

 

Después de repasar las noticias, levantó la vista, dejando que su mirada se perdiera a través del cristal reforzado del aerodeslizador. El vehículo se deslizaba por los cielos con la gracia de un jaguar acechando entre la penumbra. Bajo sus pies se extendía la magnífica metrópoli de Yankuik Tenochtitlan, un monumento vivo al sincretismo cultural y tecnológico de la federación.

 

La ciudad anfibia de Yankuik Tenochtitlan, levantada sobre la vasta región de Chicomostoc, ocupaba lo que alguna vez fue el lago de Chapala, desaparecido hace más de un siglo. En su lugar, emergió una metrópoli sin igual, un crisol de culturas y eras arquitectónicas que fusionaba lo ancestral con lo post moderno, convirtiéndose en el corazón cultural, político y económico de la región autonómica de Aztlán.

 

En esta ciudad viva y palpitante, las estructuras arquitectónicas narraban una historia de innovación y respeto por las raíces. Las pirámides escalonadas, inspiradas en las majestuosas formas de las construcciones teotihuacanas y mayas, se erguían como guardianes de la memoria colectiva. Estas edificaciones no solo eran monumentos históricos; muchas de ellas eran funcionales, albergando centros culturales, templos u oficinas de administración pública. Su interior combinaba tradición y tecnología avanzada: los contrafuertes góticos, adaptados al interior de estas estructuras, sostenían su inmenso peso, mientras las paredes escalonadas ostentaban vitrales deslumbrantes con diseños relacionados con deidades y mitos de culturas nativas americanas.

 

La modernidad se hacía presente con los rascacielos de vidrio y acero, herencia del siglo XXI, cuyas formas triangulares evocaban un dinamismo eterno. Estas torres reflejaban la luz del sol, creando un espectáculo de destellos multicolores que daba vida al horizonte. Junto a ellos, los edificios multifamiliares dominaban el panorama de la post modernidad. Estas estructuras orgánicas, similares a colmenas vivientes, eran el resultado de avances en ingeniería genética que permitían manipular coralinas para formar complejos habitacionales autosustentables. Sus paredes «vivas» se regeneraban con el tiempo y albergaban jardines internos que producían oxígeno y alimentos para sus residentes.

 

El pasado prehispánico también estaba grabado en la ciudad. Los edificios neoclásicos, reinterpretados en clave tolteca, reemplazaban las referencias romanas con pilares monumentales inspirados en los emblemáticos atlantes de Tula, aunque enriquecidos con personajes de otras culturas nativas, como los guerreros águila y jaguar, los líderes mapuches o los ancestros guaraníes.

 

A lo largo de la ciudad, los antiguos arcos romanos habían cedido su lugar a acueductos de diseño maya, cuyos arcos en forma de trapecio llevaban el agua con una sorprendente eficiencia a través de jardines, terrazas y canales. Estos acueductos se complementaban con el sistema monumental de irrigación, que garantizaba lluvias regulares para la urbe y sus alrededores, alimentando también lagos artificiales que servían como reservas de agua y espacios de recreación.

 

En el corazón de la ciudad, los edificios barrocos de estilo prehispánico sorprendían con su exuberancia. Sus fachadas estaban decoradas con esculturas detalladas de chaneques, alushes y otras figuras del folclor indígena, emergiendo entre filigranas de obsidiana, jade y piedra volcánica. Estas edificaciones, como academias, museos y capillas, eran auténticas obras de arte, testigos de un sincretismo cultural único.

 

En las plazas principales, estatuas monumentales honraban a héroes indígenas de la resistencia durante la colonización europea. Entre ellas, destacaba la majestuosa figura de Francisco Tenamaztle, caudillo de la Guerra del Mixtón. La estatua, de más de cien metros de altura, representaba al líder empuñando un macuahuitl mientras levantaba una mano en un gesto de desafío. A sus pies, Un relieve grabado en roca narraba la historia de su lucha contra los españoles, recordando a la ciudadanía el espíritu indomable de su pasado. Y en letras doradas, la profecía que declaro a sus captores en el momento de su ejecución.

“Nopa tlitl catli nechtlatis elis nopa tlitl catli quinyoliti nomasehualhua.”

(El fuego que me consume será el fuego que despierte a mi pueblo.)

 

En los canales que cruzan la ciudad como arterias de agua, embarcaciones tradicionales adornadas con flores y luces de colores vibrantes se desplazaban junto a botes eléctricos modernos. Sobre las aguas se reflejaban los jardines flotantes, instalados en paredes, terrazas y azoteas de edificios, creando una sinfonía de colores y aromas que hacían de Yankuik Tenochtitlan un verdadero paraíso urbano.

 

La Cihuacóatl desde su aerodeslizador, observaba con atención el espectáculo de la ciudad mientras se dirigía hacia el recinto sagrado. El vehículo cruzaba las alturas con un movimiento elegante, permitiéndole admirar no solo la belleza arquitectónica sino también el tejido social de la urbe: mercados flotantes, músicos tocando instrumentos de viento en plazas públicas, y un horizonte donde lo ancestral y lo presente se fundían en armonía perfecta.

 

En el horizonte, los templos de los sacerdotes Mikitlatsontekilok se alzaban como guardianes atemporales. Sus estructuras monumentales combinaban un diseño monumental esculpido sobre dura roca basáltica con arte mural deslumbrante: imágenes sagradas de Huitzilopochtli, Tezcatlipoca y Tlaloc cobraban vida gracias a intrincadas incrustaciones de mineral en bruto de mica brillante en colores dorados, plateados, turquesas, púrpuras y rojos. Bajo el sol, estas incrustaciones reflejaban un caleidoscopio de destellos, como si los mismos dioses hubieran dejado su huella en las paredes. Desde la distancia, los murales resplandecían como joyas colosales, recordatorio de la reverencia que aquellos religiosos aún guardaban por el pasado.

 

El agua de todo Aztlán, cristalina y fresca, fluía a través de un sistema monumental de irrigación. Este sistema, diseñado para satisfacer las crecientes demandas de las metrópolis, las extensas áreas agrícolas y las reservas naturales protegidas, consistía en una vasta red de infraestructuras interconectadas que abarcaban todo el territorio nacional.

 

Desde las costas, gigantescos complejos industriales procesaban agua desalinizada utilizando tecnologías avanzadas de fusión energética y nanofiltración, eliminando incluso las trazas más mínimas de impurezas. Esta agua, purificada hasta niveles ideales para consumo humano, riego y preservación ambiental, era transportada tierra adentro a través de conductos de tamaño colosal. Estas tuberías, serpenteaban por el paisaje, cruzando montañas, desiertos y valles con la ayuda de estaciones de bombeo alimentadas por energía de fusión producida por isotopos de helio 3.

 

Cada cierto número de kilómetros, estas tuberías desembocaban en torres monumentales conocidas como Torres Pluviales. Estas estructuras, cuya apariencia combinaba funcionalidad y diseño arquitectónico futurista, se alzaban como gigantes tubulares de acero y cristal que crecían intentando tocar el cielo. En su interior, complejos sistemas de vaporización forzaban al agua a ascender como un fino rocío hacia la atmósfera, donde, mediante un proceso controlado de condensación acelerada, se generaban nubes artificiales. Estas nubes, producían lluvias regulares que aseguraban el suministro de agua a grandes áreas urbanas, agrícolas y naturales.

 

En la metrópoli de Yankuik Tenochtitlan, las lluvias generadas por las Torres Pluviales no solo alimentaban los sistemas hídricos urbanos, sino que también realzaban la vitalidad de los jardines verticales, las terrazas verdes y los lagos artificiales, proporcionando un entorno fresco y lleno de vida en medio de grandes áreas de territorio densamente pobladas. En otras regiones agrícolas de la federación, estas lluvias aseguraban cosechas constantes y abundantes, incluso en climas que históricamente habían sido áridos o impredecibles.

 

Las reservas naturales protegidas, que albergaban la biodiversidad más preciada de la federación, también se beneficiaban del sistema. Las lluvias regulares mantenían los ecosistemas en equilibrio, asegurando que las especies endémicas y migratorias tuvieran hábitats prósperos. Además, los caudales generados por estas lluvias alimentaban ríos artificiales que recorrían las reservas, creando paisajes que parecían sacados de una época de abundancia natural olvidada.

 

 

Dentro de su aerodeslizador, lujosamente espacioso, la Cihuacóatl tomó un sorbo de mezcal de una copa de cristal. El licor, cálido y terroso, calmó sus nervios mientras dirigía su mirada hacia el recinto sagrado al que se aproximaba. El recinto de los sacerdotes Mikitlatsontekilok.

 

Con cada segundo, el aerodeslizador descendía suavemente, y Tshaukuesh sentía la tensión aumentar en su pecho. La visita obligada no era una cuestión de protocolo, su visita había sido solicitada por la santidad de aquel recinto sagrado, siendo los Mikitlatsontekilok los padres espirituales de sus soldados más clandestinos y que dichos sacerdotes tenían un gran peso político y conexiones con funcionarios del gobierno federal. En ese lugar, la hábil funcionaria decidió hacer una visita de cortesía, dirigiéndose al altar donde rezaría por los soldados caídos, y también por la victoria que sabía que estaba por venir bajo la mirada impasible de los sacerdotes y las deidades representadas en los muros.

En ese momento, la Cihuacóatl sintió la gravedad del momento. La historia estaba siendo escrita, y su mano estaba en el pincel. El sacrificio de sus soldados no sería en vano; sus vidas eran el cimiento sobre el cual se levantaría la supremacía de la federación en el nuevo orden mundial. Su mirada permaneció fija en el horizonte en el paisaje mientras el aerodeslizador descendía hacia su destino.

Con cada metro que el aerodeslizador descendía, Tshaukuesh Penashue, la Cihuacóatl, sentía la carga del momento pesando sobre sus hombros. Frente a ella, el recinto sagrado de los Mikitlatsontekilok se desplegaba como una joya monumental de fe y devoción. Desde las alturas, los templos, dispuestos como un intrincado laberinto de simetría perfecta, resaltaban con sus fachadas decoradas con incrustaciones de jade, turquesas y oro. Las estructuras de basalto volcánico brillaban bajo el sol, y la explanada principal se extendía en una vasta alfombra de piedra negra pulida, tallada con intrincados motivos que representaban un sincretismo de las religiones del Anáhuac.

El aerodeslizador aterrizó con gracia en el centro de la explanada, flanqueado por dos vehículos escoltas que se mantuvieron a la distancia, respetando la sacralidad del lugar. El aire estaba impregnado de un aroma a copal quemado, mientras tambores resonaban en un ritmo solemne. Un novicio, ataviado con una túnica bordada con plumas de águila real y motivos celestes, esperaba con una postura impecable. En cuanto Tshaukuesh descendió, el novicio se inclinó respetuosamente.

 

—Cihuacóatl Tshaukuesh, se hueyi tlatlepanitacayotl para tojuanti timitzselise ipan ni tlasentilistli. Ipan Totecuhtli Cuauhxochitl, mitschia ipan Huey Teocalli. xinech tokili. (Cihuacóatl Tshaukuesh, es un honor para nosotros recibirla en este recinto. Su Santidad, Ipan Totecuhtli Cuauhxochitl («Señor supremo Flor de Águila»), le espera en el Teocalli Mayor. Sígame, por favor.

El camino hacia el teocalli estaba flanqueado por templos menores dedicados a deidades como Tlaloc, Ehecatl, y Tonantzin, cada uno adornado con esculturas y murales que parecían cobrar vida bajo la luz del día. Edificios monumentales, construidos con mampostería volcánica y decorados con efigies de guerreros, sacerdotes y animales sagrados, se alzaban a ambos lados.

 

El Teocalli Mayor era una pirámide escalonada de proporciones colosales, cuya fachada estaba decorada con motivos prehispánicos que ascendían en una narrativa simbólica hacia los dos templos gemelos en la cima: uno dedicado a los dioses solares, el otro a los dioses lunares. Las paredes escalonadas estaban adornadas con vitrales que proyectaban una sinfonía de colores al interior de la estructura hueca. Cada nivel de la pirámide albergaba esculturas que representaban deidades y héroes indígenas, narrando las epopeyas de los pueblos anahuacas.

En la cima, dos templos gemelos se alzaban como coronas. El primero, el Teocalli del Sol, brillaba con paneles dorados y relieves que representaban la eterna lucha de Huitzilopochtli contra la noche. El segundo, el Teocalli de la Luna, estaba decorado con obsidiana negra y perlas que reflejaban la luz tenue, evocando la serenidad de Coyolxauhqui.

 

Al llegar al interior del Teocalli, Tshaukuesh fue recibida por Ipan Totecuhtli Cuauhxochitl. Su figura irradiaba autoridad y misticismo. Vestía un manto blanco bordado con hilo de oro y rojo carmesí, mientras un majestuoso tocado de plumas de quetzal silvestre, prohibido de obtener salvo por métodos sostenibles, coronaba su cabeza. Cada pluma era un tesoro por sí misma.

—»Cihuacóatl Tshaukuesh, tlauel kuali ti uala ipan ni tlali tlen tlatzejtzeloltik (bienvenidísima sea a este sagrado recinto) —dijo el sacerdote, a cuyas palabras Tshaukuesh asintió inclinándose levemente—. «In teteoh huitzitzinohuan cuix tlanextilli ic huelic huica in titlahtocayotl, in huelic nechca huel motlahtoa miac tlen huel amo cuixti. (Los dioses nos han concedido una visión, un milagro que deseo compartir con usted).

Tras intercambiar palabras cordiales, Cuauhxochitl llevó a Tshaukuesh a una explanada solitaria en los confines del recinto, custodiada por sacerdotes guerreros ataviados con sencillas túnicas oscuras y adornos de plumas. La explanada, decorada con mosaicos que representaban las estrellas y los ciclos solares, parecía un lugar fuera del tiempo. En el centro, Cuauhxochitl colocó un pequeño dispositivo. Su diseño minimalista contrastaba con el entorno monumental, pero la complejidad de su función era evidente en el brillo pulsante que emanaba de su núcleo, un emisor-receptor de comunicación cuántica. La pieza descansaba en el suelo, como si fuera un obsequio sagrado al espacio que la rodeaba.

 

Cuauhxochitl se alejó del dispositivo con pasos medidos, cada uno acompañado por el crujir apenas perceptible de las losas volcánicas bajo sus sandalias ceremoniales. Su figura, erguida y solemne, se recortaba contra el telón de fondo de los vitrales del teocalli, iluminados por la luz del día. Al llegar junto a la Cihuacoatl, inclinó la cabeza ligeramente, un gesto cargado de respeto y deferencia.

 

Sin mediar palabra, levantó su brazo izquierdo y activó un dispositivo personal en su muñeca, una mezcla de tecnología avanzada y diseño artesanal. Al deslizar el dedo por la superficie brillante, un holograma se proyectó en el aire: una pantalla vibrante en tonos azulados que mostraba patrones geométricos en constante cambio. Cuauhxochitl navegó por el interfaz con precisión, tocando un punto específico para iniciar una conexión.

 

Un destello fugaz de luz cruzó la pantalla holográfica, señalando que el enlace se había establecido. Cuauhxochitl, manteniendo la compostura, habló con voz baja, casi como un murmullo solemne:

 

— Nochi ya mocualtlalijtoc. Chiuaka (Todo está preparado. Procedan).

 

El sacerdote cerró la conexión con un movimiento fluido y bajó el brazo. Luego, giró su rostro hacia Tshaukuesh. Estudió sus facciones con detenimiento, buscando quizás algún indicio de asombro o de comprensión ante lo que estaba por ocurrir.

 

De pronto, el aire en la explanada pareció vibrar con una intensidad creciente. A pocos metros del dispositivo, un punto brillante se manifestó, pulsando como un corazón vivo. La luz creció y se expandió, girando en espirales de energía incandescente que proyectaban sombras oscilantes sobre las paredes y esculturas circundantes. El fenómeno era a la vez aterrador y sublime, como si la misma tela de la realidad se estuviera rasgando para dar paso a algo extraordinario.

 

Cuauhxochitl no apartó la vista del vórtice, pero de reojo seguía observando a la Cihuacoatl. Su rostro permanecía sereno, pero en sus ojos se leía la lucha interna entre la racionalidad militar y el peso simbólico del evento. El sacerdote, en cambio, no veía dudas, solo lo que para él era un milagro evidente. Con voz cargada de solemnidad y fervor, murmuró:

 

— «In teteoh huitzitzinohuan totlani in ohtli. Inin huel in tleinochihualiztli tehuantin ixpan.» (Los dioses nos muestran el sendero. Esto es su voluntad manifestada ante nosotros).

 

El vórtice continuaba expandiéndose, iluminando el rostro de Tshaukuesh con una mezcla de colores que oscilaban entre dorados y púrpuras. Ella, inmóvil, contemplaba la escena, sintiendo cómo el aire cargado de electricidad parecía envolver cada fibra de su ser. Su mente no pudo evitar detenerse por un instante, atrapada entre el asombro y la responsabilidad. La luz del portal proyectaba sombras danzantes en los muros de la explanada, mientras el aire parecía vibrar con una fuerza sobrenatural. El aire, saturado de copal, ahora vibraba con un zumbido que evocaba un tambor de guerra resonando en las fibras mismas del espacio.

 

Cuauhxochitl, incapaz de contenerse más, habló con una voz que combinaba reverencia y pasión:

 

—¡Xiquitaca quenicatza technanquilijque! Ni ax san tlachijchiuali, ni eli itlanekilis tlen nesi. Technotzaj ma tijpanokaj nopa tlali tlen eltok ipan totlaltipaktli, ma tijmoyauakaj tlaneltokalistli uan ma tikinmakixtikaj toikniuaj tlen tlaijiyouiaj ipan tlaltipaktli tlen tlayouatok.

(¡Mire, Cihuacóatl! ¡Mire cómo los dioses nos han respondido! Esto no es solo tecnología, esto es su voluntad manifiesta. Nos llaman a cruzar los límites de nuestro mundo, a extender la fe y salvar las almas de nuestros hermanos que languidecen bajo el yugo de falsos dioses en mundos sumidos en la oscuridad. Este milagro nos muestra el sendero).

 

Tshaukuesh escuchó en silencio, sin comprender el significado en las palabras del religioso. Su atención se desvió al vórtice, que ahora había alcanzado su plena madurez. Una figura emergió primero: un guerrero imponente, su armadura cubierta de rasguños y abolladuras, pero impecablemente mantenida. Era el Huey Cuachic, comandante de los Verdugos, seguido por otros seis comandos. Sus ojos recorrieron el recinto con la cautela.

 

Detrás de ellos, las verdaderas sorpresas comenzaron a surgir. Un centenar de combatientes avanzaron con pasos inseguros, su asombro evidente en cada mirada, hombres y mujeres con uniformes desiguales, pero todos exhibiendo el mismo brillo de admiración al observar la explanada sagrada. Sus ojos devoraban cada detalle: los templos majestuosos, los murales vibrantes, las esculturas de deidades cuyas formas habían sido moldeadas por siglos de devoción. Alguno se arrodilló espontáneamente, murmurando palabras de gratitud en un idioma que difería del náhuatl clásico.

 

El Huey Cuachic, Tzilacatzin, se acercó a Tshaukuesh y adoptó una posición de firmes, el metal de su exo-armadura bajo sus botas resonando con firmeza en la piedra pulida.

 

— Yektewihke Huey Cuachic imawitso. Imahmanalmachiyo DKU-65938528 Tzilacatzin Yaotlakanenkih itlanechikol. Ni teyolmelaua.

(Soldado jefe oficial rango Huey Cuachic, número de serie DKU-65938528 Tzilacatzin, facción Yaotlakanenkih, reportándose).

 

Su voz era grave y profesional, cada palabra impregnada de la disciplina militar que lo caracterizaba.

 

—Niitztoca in tlayoltiliz in tlamachtli. Tlachiaqueh motlalhuia in tlacatlalpilli in telpochca huan monelilía in itlamantli tlahtoqueh Mondragón. Aoc mochiua in tlaxipehualiz huey tehuayohualco, axcan huel ce tlaxixitl ixpan in occe tlaltikpak. Inin huey tlaltikpak, in totekah ompa achehuaqueh huan momachialia in yoliliz tlahtohceh para quimotlathohuia in telpochtin huel totekah.

(Confirmo el éxito de la misión encomendada. Logramos la adquisición de activos tecnológicos del enemigo y aseguramos el dispositivo desarrollado por el científico Mondragón. No se trata de un simple portal de teletransporte; es una tecnología más elaborada que permite abrir un acceso a una dimensión alternativa. En esa dimensión, nuestros adversarios llegaron antes que nosotros y alteraron la historia para someter a un mundo paralelo al nuestro).

 

El comandante hizo una pausa, su mirada fija en Tshaukuesh, evaluando su reacción.

 

—Ticchiuhqueh tlalnamictiliz in nelli yolloxko, axcan ihuan tlen yohualli. Ompa, in altepetl Anáhuac in ticchiuhqueh ompa xochitlilli, huel cemanahuac yehuan ipan ompa tlakat. In tlatokayotl huey amoxtlan, in Huey Altepetl Mexihco, huel mocuepan in ahmo totekah caltzinhuan. Oniccehuiznequi in notlahuizqueh ompa in tepilhuan moneliliz tlen ichan ipan, yehuan axcan nicnequi mohuicahua tlahuiztli cemanahuac para huel momachiahuia in totekah huehuetqueh, huan yehuan in tlaltikpak.

(Mis tropas y yo conseguimos revertir el desbalance inicial, pero la situación es crítica. En esa dimensión, la República Anáhuac que ayudamos a establecer está siendo devastada por una guerra civil. Tropas extranjeras tienen ocupada la mitad del territorio, incluyendo su capital, Ciudad de México. Dejé al resto de mis hombres organizando la defensa, pero ahora, ante el testimonio de Su Santidad, solicito el apoyo total de las fuerzas de la Federación para salvar a nuestros aliados y su patria).

 

La petición era clara, pero también lo era la trampa. Tshaukuesh se dio cuenta de que el Huey Cuachic había elegido este lugar y este momento para presentar su caso deliberadamente. Frente a Cuauhxochitl y la santidad del recinto, cualquier negativa sería interpretada como un desaire político que la podría destituir de su puesto. La Cihuacóatl reflexionó sobre lo que se revelaba ante sus propios ojos y el fantástico relato del soldado que hasta hace pocos minutos creyó muerto en acción. sus pensamientos se convirtieron en una maraña de política, estrategia y devoción.

 

¿Kenke nikan? ¿Kenke ax timonojnotsaj ika tlajtoli tlen tlanauatianij? (¿Por qué aquí? ¿Por qué no contactar por los canales oficiales?) se preguntó. Pero la respuesta era obvia: Cuauhxochitl y Tzilacatzin, si lo que declaraba aquel oficial era real, posiblemente no confiarían el santo grial robado a los californios a los canales oficiales sujetos a compromisos políticos, y querían vincular la causa militar a un mandato divino, asegurando el compromiso irrestricto de la Federación.

 

Tshaukuesh finalmente inclinó la cabeza, aceptando la carga que se le imponía

 

La decisión fue recibida con silencioso respeto. Cuauhxochitl inclinó la cabeza, murmurando una oración en agradecimiento. Los soldados de la dimensión alternativa intercambiaron miradas emocionadas, sabiendo que su sacrificio no había sido en vano. Tzilacatzin, con un ademán marcial, dio un paso atrás, satisfecho.

 

Al caer la tarde, cuando el vórtice se había disipado y el cielo comenzaba a teñirse de rojo, Tshaukuesh contempló la vasta explanada del recinto sagrado. Sabía que estaba al borde de una aventura sin precedentes, una empresa que desafiaría los límites de su conocimiento y de su fe. Pero también sabía que, en ese momento, ella estaba escribiendo un nuevo capítulo en la historia de la Federación y en el destino de los pueblos del Anáhuac, dentro y fuera de su dimensión.

 

— Nopa uejka nenemilis technotsa, uan ​​tijnankilisej (El futuro nos llama, y nosotros responderemos).

 

Con esa resolución, la Cihuacóatl aceptó su destino y las infinitas posibilidades que la esperaban en los mundos más allá de los límites de su realidad.

 

 

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