VERDUGOS DEL ANÁHUAC
YEHUANTIN TLATSAKUILTIANIME IKUAN ANAHUAC
Anáhuacmiquiztepicanoah
Ipan Mahtlactli pemulo
Capitulo 10
Seis semanas antes de la invasión.
En una cantina del corazón de Nuevo Monterrey, el aire estaba impregnado de humo, risas y el tintineo constante de vasos chocando. Alvarado, con su bebida en mano, celebraba con amigos la reciente noticia de su ascenso. Su rostro lucía una sonrisa que mezclaba orgullo y desconcierto; Después de todo, había pasado años esperando su oportunidad, pero nunca imaginó que un funcionario anónimo lo impulsaría tan rápidamente hacia la cima.
El ascenso no fue ninguna sorpresa, durante años se esforzó por escalar dentro de la industria paraestatal de componentes de comunicación cuántica, esperando pacientemente que se abriera alguna vacante de mayor jerarquía en su ramo. Sin embargo, jamás se habría imaginado que el salto de jerarquía llegara hasta lo más alto del escalafón de aquella industria. De forma inexplicable, algún funcionario anónimo descubrió su perfil entre millones de especialistas registrados de su ramo y en consecuencia, de la noche a la mañana pasaría de ser un investigador cualquiera, para convertirse en un asistente dentro del equipo científico principal de toda esa industria californiana.
La idea de mayor prestigio y más paga lo embriagaba. Y muchos de los amigos ocasionales que lo acompañaban esta noche eran igualmente embriagados por codearse con el futuro exitoso científico con una cartera bastante libertina pese a que tenía una personalidad muy plana.
Mientras los brindis continuaban y las conversaciones fluían, algo en el ambiente cambió. Una mujer apareció en la entrada del bar, y parecía que el mundo entero se inclinaba hacia ella. Rosalinda, de piel dorada y cabello negro como una noche sin luna, se movía con una elegancia que desafiaba el bullicio. Sin mirar a nadie en particular, se deslizó hacia un rincón de la barra, pero no sin dejar un rastro de miradas encendidas a su paso y muy dispuesta al alcance de las miradas de Alvarado.
Alvarado, distraído por la recién llegada, notó cómo su grupo quedaba en el segundo plano ante aquella figura imponente. Rosalinda se acomodó en su asiento, cruzando las piernas con una confianza que llamó la atención de Alvarado. Su vestido resaltaba su figura, pero era su sonrisa lo que realmente capturó su atención. Luego, con un gesto deliberado, rozó el vaso en su mano, deslizando los dedos lentamente por su superficie mientras sus ojos, oscuros y cargados de intención, buscaban los de Alvarado.
Su atención fue atrapada por la «hembra de infarto» que lo invitaba a conquistarla con la mirada, no pasaron muchos segundos antes de que la invitación visual subiera de tono y como si fuera jalado por un hilo invisible, el joven abandonó momentáneamente a sus conocidos para sentarse a lado de Rosalinda.
Rosalinda le dedicó una sonrisa pequeña, lo suficiente para hacerle saber que había estado esperándolo.
—¿Celebrando algo importante? —preguntó ella, con un tono que parecía acariciar más que hablar.
—Mi ascenso… —Respondió Alvarado, sorprendido de cómo su propia voz sonaba más grave.
—Qué suerte la tuya. —Ella rió suavemente, inclinándose lo justo para que un mechón de cabello cayera sobre su rostro. Con un movimiento, lo apartó, dejando que lento sus dedos rozaran el dorso de la mano de Alvarado por un instante casi imperceptible.
Los minutos pasaron entre miradas que decían más que las palabras. Rosalinda jugaba con su copa, inclinándola de manera que los reflejos de luz parecían bailar en sus ojos. Cada movimiento era un acto calculado, diseñado para atraer, pero con la sutileza de alguien que había convertido el arte de la seducción en su segunda naturaleza.
Alvarado no tardó en perder la noción del tiempo. Cuando ella inclinó su cabeza hacia él, lo hizo con tanta naturalidad que el beso que le siguió parecía inevitable, como si el universo lo hubiera planeado. Entre risas y caricias robadas, el deseo creció hasta que las palabras se volvieron innecesarias. Alvarado brindaba mentalmente por la suerte que estaba teniendo.
Rosalinda se erguía como una silueta de deseo, sus curvas invitadoras bajo la luz tenue. Con cada movimiento, su presencia parecía aumentar, envolviendo a Alvarado en una atmósfera de anticipación. Sus labios se encontraron en un beso apasionado, y mientras sus lenguas se entrelazaban, la mano de él comenzó a explorar su cuerpo, buscando el punto exacto donde el deseo se convertiría en necesidad.
La tensión entre ellos era palpable, y Alvarado podía sentir cómo su excitación crecía con cada caricia, cada beso. La necesidad de estar con ella, de sentir su cuerpo contra el suyo, se volvía cada vez más irresistible. En ese momento, todo parecía girar en torno a la unión de sus cuerpos, a la búsqueda del clímax de su pasión.
— -Nena, ¿qué te parece si nos vamos a un lugar más íntimo a seguir conociéndonos mejor? —dijo él, su voz cargada de una mezcla de anhelo y expectativa.
Rosalinda sonando con suavidad, sus labios todavía rozando los de él. Sin apartar la mirada, se levantó, como aceptando una invitación que, en el fondo, ella misma había diseñado.
Tan pronto salieron del lugar, llamaron casualmente a un taxi automatizado que cruzaba frente donde Rosalinda salía haciéndole la indicación de parada.
Tras subir al taxi Rosalinda asignó por destino su domicilio en el tablero y se inició la marcha.
Una vez llegado el vehículo a su destino. Las manos de Rosalinda seguían jugando con la atención del científico Alvarado, envolviéndolo en una red de seducción que lo aislaba de su entorno. Caminaban juntos hacia el apartamento de ella, con él completamente absorto en la sensualidad de cada gesto, el roce de sus dedos y el brillo cómplice en su mirada. Alvarado no prestó atención ni a las calles vacías que atravesaron ni a los pasillos oscuros que los condujeron hasta la entrada. Sus pensamientos estaban embotados por la lujuria y la autocomplacencia, completamente ajenos al peligro que lo acechaba.
Al cruzar el umbral del apartamento, una sombra se movió detrás de la puerta. Samuel, el compañero de Rosalinda, aguardaba allí con una mezcla de celos y furia grabada en su rostro. Mientras Alvarado apenas registraba la sensación de peligro, un golpe seco y brutal lo alcanzó en la base del cráneo. Samuel había descargado toda su frustración en aquel impacto, excediéndose en la fuerza con que blandió la pesada barra que sostenía. El científico se desplomó de inmediato, su conciencia apagándose en un instante.
Horas más tarde, el cuerpo inconsciente de Alvarado reposaba suspendido dentro de líquido verdoso en una capsula, rodeado de una red de sensores neuronales y dispositivos de interfaz cerebral. Decenas de cables se conectaban a su cabeza, enviando impulsos eléctricos que activaban áreas específicas de su cerebro. Este sistema avanzado utilizaba una resonancia de alta frecuencia para estimular los procesos sinápticos, rastreando los impulsos neuronales hasta reconstruir, en tiempo real, un mapa completo de sus recuerdos y experiencias, en el proceso, también freía esas regiones de su cerebro convirtiéndolo en un muerto viviente. En una pantalla cercana, imágenes se desplegaban como fragmentos de un sueño: su niñez, sus años de estudio, conversaciones triviales y detalles minuciosos de su trabajo en el laboratorio.
Un superordenador procesaba toda esa información, con algoritmos de inteligencia artificial recreando patrones y relaciones entre eventos pasados. La mente humana, esa biblioteca inaccesible y misteriosa, ahora era escaneada, copiada y organizada con precisión clínica. Posteriormente su piel fue retirada por los brazos robóticos dentro de la capsula, y unas pinzas en esa misma capsula médica, retiró los ojos de su cadáver.
Todo se hacía para preparar a su reemplazo, un hombre que, en una cápsula adyacente, esperaba el momento de completar la metamorfosis.
El falso Alvarado estaba conectado a un soporte vital mientras su cuerpo se preparaba para la intervención quirúrgica. Implantes biotecnológicos se integraban en su sistema nervioso, afinando cada detalle físico y neurológico para replicar a la perfección a su objetivo. Los recuerdos extraídos de Alvarado serían inyectados directamente en su memoria, no solo como datos, sino como experiencias vividas, con emociones y reacciones que reforzarían la farsa.
Este hombre que ahora resistía al enemigo no era un simple infiltrado; era un veterano endurecido por una vida de lucha. Su historia se remontaba a una infancia marcada por el trauma. Había sido solo un niño cuando vio cómo soldados de una nación corrupta irrumpían en su hogar. La noche en que su padre, un campesino honrado, fue arrancado de su familia, quedó grabada como un tatuaje en su mente. A la mañana siguiente, encontraron a su padre abandonado junto a una carretera, brutalmente golpeado y paralizado para siempre. Esa herida lo impulsó, años después, a unirse a la revolución que desmoronó el régimen que había destruido su infancia.
Ahora, en esta nueva dimensión y bajo la identidad de Alvarado, el combatiente luchaba con la misma intensidad con la que había resistido en su juventud. Atrincherado en el laboratorio, disparaba con nervios de acero, su precisión y enfoque eran casi inhumanos. Las balas y los láseres trazaban líneas de luz en el aire, mientras él buscaba contener el avance de los soldados enemigos. A su alrededor, el laboratorio era un caos de gritos, chispas y maquinaria destruida. Cada explosión y disparo resonaba como un eco de su propia lucha interna.
Sabía que los Verdugos, la élite destinada a cambiar el curso de esta guerra, estaban en camino. Este grupo, que por fortuna de un accidente eventualmente viajaría a su propia dimensión, requería que Alvarado les consiguiera el tiempo para cerrar el ciclo de su historia, ellos eran su única esperanza. Sin embargo, cada segundo de espera parecía una eternidad. Con el sudor resbalando por su frente, resistía el impulso de desesperarse. No podía ceder; no podía fallar.
La consola que habían usado los soldados enemigos para descargar las especificaciones técnicas del laboratorio ahora estaba en llamas, pero él seguía protegiendo con disparos precisos, la entrada al vórtice que se seguía alimentando de energía descontrolada. Una granada estalló cerca, lanzándolo contra una pared, pero incluso herido y sangrando, mantuvo la guardia en alto. Su mente recordaba el sacrificio de su padre, el dolor de su pasado, y la promesa que había hecho: luchar hasta el final por un mundo más justo.
Sus pensamientos se nublaban cuando se escuchó el sonido de los combates de “algo”, atacando a los autómatas en la distancia, los sonidos de feroces ataques y explosiones contra moles blindadas, un destello de esperanza cruzó su rostro. Aunque sus fuerzas flaqueaban, sabía que había cumplido su misión: resistir hasta que llegara el cambio. La presencia de los Verdugos no solo marcaba la salvación de este laboratorio, sino el inicio de un ciclo que daría forma al destino de su yo más joven, completando la historia de lucha que lo había traído hasta aquí.
El sonido de los combates en la distancia retumbaba como un eco ominoso en los corredores metálicos del laboratorio. Explosiones sordas sacudían las estructuras, y los rugidos mecánicos de los autómatas luchando y cayendo ante la amenaza invisible ponían en alerta máxima a los rangers. El comandante del equipo, un hombre conocido por su astucia y pragmatismo, se mordió el labio con frustración. Su mente era un torbellino de posibilidades mientras evaluaba las opciones: enfrentarse a lo desconocido o activar el plan alternativo, tan desesperado como temido.
Mientras su equipo veterano reforzaba sus posiciones, el comandante no podía ignorar la creciente angustia que lo invadía. ¿Qué clase de enemigo podría arrasar con los autómatas blindados que minutos antes habían requerido toda la astucia de su equipo para inhabilitar? Aquello no era una operación rutinaria de ninguna nación conocida.
«These are not Allied reinforcements, nor are they bloody California soldiers helping this mad scientist. (Esto no son refuerzos aliados, ni maldita sea soldados californianos auxiliando a este loco científico)», pensó.
Sus puños se cerraron con impotencia. En ese momento, comprendió que estaban enfrentando algo más peligroso.
La misión original había sido clara: infiltrarse, paralizar la activación o el uso del portal por parte de los californianos, tomar los datos de investigación del científico Mondragón, y mantener la posición hasta la llegada de las fuerzas orbitales. Sin embargo, esa misión era ahora un sueño imposible. Las fuerzas enemigas que avanzaban ya habían demostrado que eran capaces de aplastar cualquier resistencia. Cualquier enfrentamiento directo con ellas era poco más que un suicidio glorificado, y el comandante no estaba dispuesto a sacrificar a su equipo en una causa perdida. El heroísmo sin sentido era para los poetas y los mártires. Su deber era sobrevivir y asegurar el éxito de la misión, sin importar el costo.
El plan alternativo que le proponían las inteligencias tácticas era tan audaz como aterrador: usar el portal ellos mismos. Mondragón había diseñado la máquina con la intención de llevar un equipo completo a un mundo alternativo, una réplica temprana de la Tierra, para explotar sus recursos naturales y, desde allí, crear una nueva potencia capaz de abastecer su dimensión original.
El comandante entendía que el plan tenía un doble propósito: garantizar la supremacía de su nación en cualquier línea temporal posible y, al mismo tiempo, construir un puente de regreso que solucionara la crisis de recursos que asfixiaba a su civilización.
Los elevadores espaciales, aunque habían representado un avance monumental, proporcionando un respiro en la constante demanda de recursos naturales al traer materiales desde asteroides y bases lunares, enfrentaban amenazas y limitaciones significativas que ponían en duda su capacidad para sostener a largo plazo las necesidades de una población en constante crecimiento. sobrecarga operativa, riesgos de seguridad, degradación de infraestructura, insuficiencia a futuro entre muchas otras amenazas.
En este contexto, el portal no solo representaba una solución innovadora, sino una apuesta desesperada: una vía para acceder a un mundo alternativo repleto de recursos vírgenes y, al mismo tiempo, una posibilidad para reimaginar el futuro de una civilización al borde del colapso. Era la última esperanza de un imperio tambaleante, cuyo éxito dependería de la audacia de los pocos elegidos para cruzar hacia lo desconocido.
Pero activarlo significaba abandonar la misión principal, dejar atrás el laboratorio y su infraestructura, y condenar a cualquier otra fuerza a enfrentarse a los restos radioactivos que dejarían tras de sí. Sería un acto de desesperación calculado.
Mientras ordenaba reforzar las posiciones, el comandante luchaba con sus pensamientos. Podía escuchar el eco de los disparos acercándose, los rugidos metálicos de los autómatas siendo destruidos, y la tensión en las voces de sus soldados. Cada vez que revisaba el plan alternativo, el mismo pensamiento lo atormentaba: ¿Es esto una huida? ¿Un acto de cobardía o la única opción racional?
La sombra de su propia mortalidad lo golpeó con fuerza. Había librado innumerables batallas, pero nunca había estado tan cerca de enfrentarse a lo desconocido. Si usaban el portal, no había garantías de sobrevivir al viaje o siquiera llegar a un lugar habitable. Pero si permanecían y luchaban, el resultado sería seguro: la muerte.
» Damn it, Mondragon and his damned ideas of greatness. (Maldita sea, Mondragón y sus malditas ideas de grandeza)», murmuró, golpeando una consola cercana. Sus soldados lo miraron de reojo, pero ninguno se atrevió a interrumpirlo. Sabían que la decisión recaía solo en él, y que cualquier protesta sería inútil.
En una esquina del laboratorio, James Polk temblaba de miedo. Su mente de historiador, habituada a los libros y las teorías, no estaba preparada para el caos y la violencia que lo rodeaban. Hasta ahora que la inteligencia táctica de su casco liberaba la información de la misión alternativa, se enteraba que fue llevado a rastras como una «carga analógica», una herramienta de respaldo en caso de que los sistemas electrónicos fallaran al atravesar el portal. Pero Polk no se sentía como una herramienta; se sintió como un peón desechable, un civil arrojado al infierno sin armas ni entrenamiento.
Los soldados lo ignoraban o lo miraban con desprecio. » Stay back and don’t get in the way (Quédate atrás y no estorbes)», le gruñó uno mientras ajustaba su visor táctico. Otro ni siquiera se molestó en dirigirle la palabra, limitándose a empujar a Polk contra una pared cuando este tropezó en su pánico. Cada explosión, cada rugido mecánico, era un recordatorio brutal de que su vida estaba a merced de fuerzas más allá de su control.
Why did they bring me here? (¿Por qué me trajeron aquí?) Pensaba Polk una y otra vez, sus manos temblando mientras intentaba mantener el equilibrio. No era un héroe ni un guerrero; Era un académico, un hombre de letras arrastrado a una pesadilla. Pero sabía que su papel, por pequeño que fuera, era crucial. Si lograban activar el portal, él sería la guía en un mundo que aún no conocían, la mente capaz de interpretar lo que las máquinas no podían procesar.
El comandante finalmente tomó su decisión. Su voz resonó con frialdad mientras daba las órdenes.
» «Prepare the portal. We bring everything we can and activate it. Charge the gamma radiation device to make sure no one else uses this facility. (Preparen el portal. Llevamos todo lo que podamos y lo activamos. Carguen el dispositivo de radiación gama para asegurarnos de que nadie más utilice estas instalaciones.)»
Los soldados comenzaron a actuar con eficacia militar, pero la tensión era palpable. Incluso los más endurecidos mostraron una inquietud latente. Polk sintió cómo lo empujaban hacia el vórtice del portal, donde los cálculos de Mondragón ya habían encontrado las coordenadas probables para un mundo habitable.
El comandante se detuvo un momento antes de ingresar al área del ascensor que conectaría a su equipo con el vórtice del portal. Se giró hacia el equipo y, por un instante, su mirada reflejó el peso de su decisión. » We will do this for our country, for our world. If we fail here, we will at least deny our enemies this victory. If we manage to survive, we will build something new. (Haremos esto por nuestro país, por nuestro mundo. Si fallamos aquí, al menos les negaremos esta victoria a nuestros enemigos. Si logramos sobrevivir, construiremos algo nuevo)».
El comandante activo la consola y el ascensor comenzó a elevarse hasta la altura del vórtice. Mientras los círculos concéntricos del portal, emitían un zumbido que resonaba en el pecho de todos los presentes. La luz azulada del vórtice iluminó sus rostros, llenos de incertidumbre y temor. Con el rugido de los combates acercándose cada vez más.
En el pasillo los verdugos embestían con una furia ciega contra los autómatas. Con sus cuerpos alterados por bioingeniería y sus mentes empapadas en una mezcla de estimulantes y psicoactivos, los verdugos se movían como sombras predatorias. Sus mochilas propulsoras emitían ráfagas de energía que los impulsaban hacia adelante en arcos imposibles, evadiendo el fuego enemigo con reflejos sobrehumanos. El líder en la vanguardia, Tzilacatzin, rugía órdenes mientras abría fuego con precisión contra las juntas expuestas de los autómatas.
Desde atrás, el equipo de soporte pesado desató un infierno de disparos concentrados. Proyectiles perforantes impactaban en los blindajes de las máquinas, generando un coro de estruendos metálicos. Iktan, el especialista tecno militar, lanzó una granada electromagnética que explotó en una nube azulada. Varios autómatas quedaron inmovilizados, sus sistemas sobrecargados por la descarga.
El avance era un ballet de caos y letalidad. A medida que los verdugos se acercaban al laboratorio, cada golpe, disparo y explosión se sentía como una declaración de su inexorable avance. Sus cuerpos, entrenados hasta el límite y reforzados más allá de lo humano, eran imparables. Los autómatas caían como castillos de naipes ante su furia calculada.
Cuando los verdugos irrumpieron en el laboratorio central, el portal dimensional estaba activo. Un resplandor cegador emanaba del vórtice, iluminando las siluetas de los soldados angloamericanos que ya se adentraban en él. El sub comandante rojo 1 Cochise fue el primero en reaccionar, señalando con su arma hacia los enemigos. Sin dudar, disparó.
«¡Mátenlos antes de que crucen!» rugió Tzilacatzin, mientras su rifle escupía descargas de energía.
Las balas y los haces de luz atravesaron el aire, alcanzando a varios soldados enemigos en el vórtice. Algunos cayeron, su sangre salpicando las baldosas metálicas del laboratorio, mientras otros desaparecían en el resplandor incandescente. Sin embargo, antes de que pudiera eliminar a todos los objetivos, el portal los absorbió, dejando tras de sí un vacío vibrante y un eco que resonó como una sentencia de fracaso.
Por un instante, los verdugos permanecieron inmóviles, sus mentes regresando lentamente de su estado alterado. El mantra de «matar, matar, matar» que resonaba en sus cabezas comenzó a desvanecerse, dejando paso a una fría claridad.
Tzilacatzin no perdió tiempo. «Rojo 9, a las computadoras. Descarga todo lo que quede. ¡Rápido!» ordenó, su tono cortante.
Iktan se dirigió hacia las consolas aún operativas, conectando rápidamente una batería al cableado para alimentar de energía auxiliar al aparato y conectando su terminal portátil para intervenir los sistemas. Sus dedos bailaron sobre el teclado, mientras las corrientes de datos fluían en la pantalla frente a él. Mondragón, el genio científico detrás del proyecto, estaba entre los pocos que aún respiraban. Su cuerpo temblaba mientras sus ojos miraban con un vacío aterrador. Otros científicos yacían muertos o agonizantes, víctimas de las explosiones y disparos.
«Los escaneamos», declaró Tzilacatzin, señalando a Cochise y otro verdugo. Utilizando dispositivos de neurocaptura, comenzó a extraer información directamente de los cerebros de los sobrevivientes. Mondragón gritó débilmente cuando el escáner entró en contacto con su piel, pero pronto quedó inmóvil. La tecnología, diseñada para mapear y descargar recuerdos, permitió a los verdugos obtener detalles sobre el funcionamiento del portal, los cálculos dimensionales y el verdadero alcance del proyecto.
Mientras Iktan trabajaba en las computadoras, murmuró: «Los datos de comunicación cuántica siguen aquí… Podríamos transmitir, pero la cantidad de datos es demasiado grande, si los californianos tienen alguna tecnología de interceptación integrada en sus componentes, esta cantidad de información estaría exponiendo nuestra posición».
«Ni lo intentes», replicó Tzilacatzin, fulminándolo con la mirada. «Lo llevaremos nosotros mismos, aunque tengamos que atravesar otro infierno».
Uno de los verdugos, mientras revisaba el perímetro, encontró un dispositivo extraño anclado en el suelo. La estructura del aparato era pesada y robusta, con un núcleo brillante que pulsaba lentamente como un corazón mecánico. En su pantalla se proyectaba un temporizador: 00:00:45.
«Rojo 0, tenemos un problema», dijo, alertando a Tzilacatzin. «Esto es una bomba de radiación gama. Temporizador activo».
«¿Puedes desactivarla, Rojo 9?» preguntó Tzilacatzin, manteniendo la calma a pesar de la urgencia.
Iktan se acercó al dispositivo, examinándolo rápidamente. Sus manos se movieron con destreza, desconectando paneles y cortando circuitos mientras sus ojos analizaban cada parte. «Esto es avanzado, pero no imposible. Necesito 20 segundos».
«tienes 10», respondió Tzilacatzin. «Rojo 1, asegura el perímetro”.
El temporizador continuaba su cuenta regresiva. Los segundos parecieron mientras horas el equipo contenía la respiración. Finalmente, Iktan arrancó un cable principal y el dispositivo emitió un pitido antes de apagarse.
«Desactivada», anunció, dejando escapar un suspiro de alivio.
Con los datos recuperados y el peligro inmediato neutralizado, Tzilacatzin se dirigió a su equipo.
«Esa extraña cosa sigue encendida, me pregunto si pueden regresar. Rojo 9, conecta el regalito que nos dejaron nuestros vecinos para activarse después de que nos larguemos y Rojo 1, prepárate para activar la bomba de fusión… Inicia el temporizador marca de 100 segundos, también activa el sensor de proximidad para detonar al instante si detecta presencia después de retirarnos. Este lugar no debe quedar operativo para nadie más.»
Siguiendo las órdenes, Iktan desplegó el pequeño dispositivo radioactivo en el centro del laboratorio, conectándolo al sistema principal del portal. Mientras tanto, Cochise armó la bomba de fusión, programando su detonación y asegurando el sensor de proximidad. Una vez configurados, ambos soldados verificaron las secuencias de activación y se retiraron rápidamente hacia la salida. La luz roja intermitente de las bombas comenzó a parpadear, un presagio silencioso de la destrucción inminente.
Mientras los verdugos abandonaban el laboratorio, la atmósfera estaba cargada de tensión. Habían perdido la oportunidad de detener a los angloamericanos en el extraño vórtice que los devoró, pero habían ganado algo igual de valioso: información que podría cambiar el curso de su guerra. Y, más importante aún, habían sobrevivido.
Zona de hangares
El hangar estaba sumido en un silencio inquietante, apenas roto por el zumbido constante de las turbinas en reposo y el suave parpadeo de las luces de las consolas. Los destellos de los indicadores de los cargueros listos para el despegue proyectaban sombras intermitentes en las paredes metálicas. El ocasional chasquido de sistemas recalibrándose y el tenue siseo de válvulas liberando presión añadían un ritmo irregular a la tensión. Los pilotos permanecían en sus cabinas, sus manos firmes sobre los controles, escuchando el murmullo de las comunicaciones internas mientras aguardaban la orden de evacuar. Las turbinas de las naves vibraban suavemente, un recordatorio latente de que, en cualquier momento, el hangar se llenaría del rugido ensordecedor del despegue.
Alrededor de las naves, los Nahuailli se deslizaban invisibles. Las baldosas foto luminiscentes en sus trajes proyectaban un camuflaje casi perfecto que los fundía con el entorno. Cada movimiento era meticuloso, calculado para no delatar su presencia.
Cuando el equipo negro atrajo la atención del enemigo, las alarmas se activaron, inundando el hangar con un estridente eco. Los Nahuailli no se inmutaron. Los soldados que patrullaban la zona se movían rápidamente, algunos pasando de largo sin notar nada. Pero los que se detenían a inspeccionar los cargueros no vivían para contar su error.
Las neutralizaciones eran rápidas y eficientes: un movimiento fulgurante, el filo cerámico de un cuchillo atravesando carne y hueso, y otro enemigo caía en silencio. Los Nahuailli apilaban los cadáveres en rincones oscuros, cubriéndolos con lona y cajas para que los patrulleros siguientes no los descubrieran. La atmósfera se cargaba de tensión; cada respiración contenida parecía un grito que aguardaba el momento de estallar.
El retumbar de explosiones en la distancia llegó como un anuncio ominoso. Las fuerzas angloamericanas habían iniciado un asalto masivo. El eco de las detonaciones se mezclaba con el rugir de motores en las alturas. Desde el cielo, las balizas acorazadas comenzaron a descender. Cada una era una cápsula metálica, blindada para resistir el impacto de las defensas terrestres. Dentro de ellas, los soldados angloamericanos permanecían protegidos, utilizando las paredes internas como escudo contra cualquier disparo que intentara interrumpir su descenso.
El impacto de las balizas al tocar el suelo era ensordecedor, levantando columnas de polvo y escombros. Tan pronto como las puertas de las cápsulas se abrían, los soldados emergían en formación, sus movimientos coordinados como un enjambre mecánico. Disparaban ráfagas de cobertura mientras aseguraban el perímetro, avanzando con una rapidez aterradora.
Desde su posición, los verdugos observaban el despliegue.
«Están aterrizando cerca del hangar. Nos cortarán el paso si no nos movemos ya,» comunicó uno de los comandantes a través de un canal cifrado. Las palabras calaron hondo; todos sabían que el tiempo para evacuar se agotaba.
A medida que las tropas angloamericanas se acercaban al hangar, los Nahuailli intensificaron sus esfuerzos. No podían permitirse errores. Cualquier soldado que se desviaba hacia la zona era emboscado con una precisión letal. En una esquina oscura, dos californianos investigaban una sombra sospechosa junto a una pila de cajas. Antes de que pudieran informar, sus gargantas fueron cortadas simultáneamente por dos Nahuailli que se movieron como sombras vivientes. Los cuerpos cayeron al suelo sin emitir sonido alguno.
Desde sus primeros días como reclutas, los verdugos habían sido sometidos al adiestramiento psico-osmótico, una tecnología revolucionaria que había cambiado la forma de entrenar soldados. Durante el sueño inducido, sus cerebros eran inundados con datos, habilidades y tácticas, como si un escultor invisible tallara conocimientos directamente en su mente.
Pero el verdadero desafío comenzaba al despertar. Al abrir los ojos, los soldados eran arrastrados a un régimen físico y mental extenuante. El objetivo no era solo aprender, sino consolidar lo aprendido. Cada sesión era un tormento diseñado para reforzar las nuevas conexiones sinápticas, forjando habilidades en un estado de máxima presión.
El régimen no admitía debilidades. Bajo un calor sofocante, los reclutas corrían, escalaban y disparaban con una precisión que hasta entonces les habría parecido imposible. Cada error era castigado con más esfuerzo físico. Cada acierto, un paso hacia convertirse en un arma viviente. Al cabo de semanas, los reclutas salían transformados: no solo soldados, sino depredadores entrenados para la guerra en cuerpo y mente.
Para los verdugos, la instrucción iba más allá de los límites humanos comunes. Los ejercicios no se limitaban al entrenamiento físico o táctico: incluían simulaciones brutales diseñadas para romper la mente y volverla a construir, endurecida contra cualquier forma de debilidad o remordimiento. Los verdugos practicaban bajo condiciones de privación extrema, desde jornadas interminables sin descanso hasta enfrentamientos simulados con armas no letales que, aun así, causaban un dolor desgarrador.
En estas prácticas, el «martirio» era más que un concepto: era una experiencia recurrente. Los verdugos soportaban heridas intencionadas para entrenar su capacidad de tolerancia al dolor y su reacción bajo fuego real. Descargas eléctricas, fracturas inducidas y asfixia simulada eran parte de los métodos utilizados. Los médicos estaban siempre presentes, no para prevenir el sufrimiento, sino para garantizar que cada soldado sobreviviera lo suficiente para aprender de cada tormento. Incluso cuando la muerte parecía inminente, los verdugos eran reanimados si era necesario, obligados a levantarse y continuar como si el umbral de su resistencia nunca existiera.
Durante estos ejercicios, los verdugos cargaban con armamento modificado que demandaba un esfuerzo físico superior, simulando las condiciones más exigentes de combate real. Las mochilas propulsoras que usaban requerían un control preciso y músculos entrenados hasta la extenuación. Cada misión simulada estaba diseñada para replicar escenarios imposibles: infiltraciones bajo fuego enemigo, rescates en territorios hostiles y combates cuerpo a cuerpo contra fuerzas superiores en número.
El anonimato era absoluto. Cada verdugo llevaba una identidad clasificada, despojada de todo rastro que pudiera vincularlo con un origen específico. A pesar de sus fenotipos de nativos americanos, no existía forma de rastrear sus nacionalidades ni historias personales. Eran fantasmas en la maquinaria de guerra, herramientas perfectas moldeadas por el régimen.
Cuando llegaba el momento del combate, no era necesario que el comandante Tzilacatzin diera la orden. Cada verdugo conocía su lugar y su deber. Sus cuerpos, esculpidos por el sufrimiento, y sus mentes, moldeadas por la fe y el entrenamiento, respondían con una precisión aterradora. El enemigo no enfrentaba a simples soldados, sino a instrumentos de guerra cuyo propósito trascendía el campo de batalla: eran emisarios de un destino implacable, enviados para sembrar el caos y la victoria en nombre del Anáhuac.
Con el primer pelotón liderando el repliegue, avanzaron en formación compacta, utilizando tácticas de fuego y movimiento para cubrirse mutuamente. El segundo y tercer pelotón, aún inmersos en combates intensos contra las fuerzas angloamericanas, adoptaron una estrategia de distracción, lanzando bengalas de dispersión y explosivos temporizados en puntos clave del pasillo para ralentizar a sus perseguidores. Los verdugos, con sus reflejos aumentados y sus cuerpos entrenados hasta el límite, parecían más bestias que humanos mientras ejecutaban maniobras que habrían sido imposibles para cualquier soldado convencional.
La llegada al nivel superior, donde se encontraba el hangar, no fue menos complicada. En los últimos tramos del recorrido, los Nahuailli, aún en sus posiciones encubiertas, comenzaron a neutralizar a los soldados que bloqueaban las rutas principales. Desde las sombras, sus cuchillos cerámicos y dardos silenciosos reducían las amenazas antes de que estas tuvieran oportunidad de responder.
Una vez dentro del hangar, los verdugos del primer pelotón desplegaron formaciones defensivas alrededor de las naves, cubriendo los flancos mientras los otros pelotones hacían su entrada. El segundo pelotón llegó casi simultáneamente, con algunos de sus miembros heridos, pero manteniendo la formación. El tercer pelotón, el más expuesto a la ofensiva enemiga, avanzó en una retirada desesperada, lanzando sus últimos explosivos para cerrar los accesos tras de ellos.
Cada paso de este repliegue era una lucha por la supervivencia. El ingeniero tecno militar del equipo rojo, cuyas funciones incluían especialista en comunicaciones mantuvo un canal cerrado con el lider, actualizando la posición de cada pelotón y ajustando los movimientos para evitar emboscadas. La precisión de las órdenes y el entrenamiento exhaustivo en situaciones de alto estrés demostraron su eficacia, pero el margen de error era mínimo.
Cuando la sección entera finalmente se compactó dentro del hangar, las naves ya estaban listas para despegar. Los pilotos habían mantenido las turbinas encendidas, y el rugido de los motores competía con el estruendo de las explosiones y los disparos que resonaban desde los corredores. Los Nahuailli fueron los últimos en retroceder, emergiendo de las sombras como espectros, cubriendo la retirada con granadas de humo y disruptores ópticos que cegaron a los perseguidores angloamericanos.
«Todos a las naves. No hay tiempo que perder,» ordenó finalmente el Huey Cuachiq. Los pilotos encendieron los motores, y las turbinas rugieron con una potencia ensordecedora. Los Nahuailli fueron los últimos en abordar, desapareciendo en las sombras mientras se retiraban hacia los cargueros.
Desde el cielo, las balizas seguían descendiendo, una lluvia metálica que anunciaba que la batalla estaba lejos de terminar. Cada cápsula acorazada, despedida desde alturas orbitales, atravesaba la atmósfera como un cometa ardiente, sus blindajes reflejando el brillo del fuego que las envolvía. Al tocar tierra, estas balizas desplegaban sus mecanismos defensivos, actuando como fortalezas móviles desde donde las tropas angloamericanas se desplegaban en formación.
Dentro de la cabina de su nave a cargo, Yatziri apretaba los mandos, sus ojos recorriendo los paneles iluminados y las pantallas que mostraban un caos controlado. A pesar de la presión, mantenía una calma que rozaba lo indiferente. Había aprendido que la emoción era un lujo que ningún piloto podía permitirse.
“El camino hacia la grandeza está sostenido sobre los pilares del sacrificio,” recordó. Uno de los mantras oficiales de las fuerzas armadas nahuatlatas. Aunque resonaba con la solemnidad de una verdad inquebrantable, ningún soldado creía realmente en esas palabras. La verdadera escalera hacia la veteranía no era el sacrificio vacío, sino una combinación de riesgo calculado, una dosis de buena fortuna y las inevitables cicatrices acumuladas, que se convertían en un testimonio silencioso en el historial de servicio. Esas marcas, visibles o no, eran las que hacían a alguien merecedor de una paga extra y de las codiciadas canogias por méritos de servicio.
En tiempos de paz, los combates simulados entre facciones del ejército eran la única vía para escalar posiciones. Estos brutales ejercicios replicaban hasta el más mínimo detalle de una guerra real: el fragor de los disparos, la incertidumbre del terreno hostil, y las órdenes crípticas que debían interpretarse bajo presión. No solo fortalecían las habilidades tácticas de los soldados, sino que también inculcaban un instinto de supervivencia afilado por la tensión constante.
Sin embargo, Yatziri sabía que ninguna simulación, por realista que fuera, igualaba la crudeza y el impacto del combate verdadero. El puntaje en la hoja de servicio no era solo un número, sino un reflejo de la experiencia acumulada bajo fuego enemigo. Era en los verdaderos enfrentamientos donde los soldados se templaban, donde el miedo y la adrenalina se fusionaban en una claridad letal. Cada misión completada en esas condiciones era un peldaño hacia el reconocimiento, una confirmación de que habían enfrentado el abismo y habían regresado y el único modo de obtener los codiciados reconocimientos y medallas que elevaban la carrera militar como si fuera un trampolín.
Mientras Tzilacatzin daba la orden, Yatziri se preparó. Con un movimiento fluido, encendió los propulsores principales, el rugido de los motores resonando en la estructura de la nave como el rugido de un jaguar herido. Los nahualli se distribuyeron entre las tres naves. La misión no dependía necesariamente de que todos lograran escapar; bastaba con que se alejaran lo suficiente del enfrentamiento entre californianos y angloamericanos para que las fuerzas encubiertas pudieran interceptarlos. En caso de que las naves fueran derribadas, la prioridad absoluta era recuperar los dispositivos de memoria que contenían los registros de la investigación californiana.
Cuando las bahías de carga se tiñeron de un rojo alarmante, señalando la activación del protocolo de emergencia, las naves comenzaron a elevarse. Los propulsores primarios levantaron los transportes con movimientos iniciales torpes, mientras giraban lentamente para alinearse en formación de escape. La iluminación del hangar, intermitente por los daños sufridos, arrojaba sombras fantasmales sobre los fuselajes. Los propulsores de desplazamiento vectorial de primera generación, un sistema experimental que tardaba varios segundos en acelerar, rugieron con potencia. En su interior, los tripulantes se aferraron a los soportes, sintiendo cómo la aceleración comprimía sus cuerpos contra los asientos. Esta presión física era causada por la falta de amortiguadores cinéticos, un complemento aún ausente en estas naves, lo que amplificaba la brutalidad del aumento de velocidad. Algunos cerraron los ojos, no por miedo, sino para contener la náusea que el brutal incremento de aceleración provocaba.
En tierra, las torretas aéreas automatizadas ejecutaban sus órdenes con una precisión despiadada. La lluvia de balizas era la prioridad de los sistemas defensivos, y cada segundo que pasaba, nuevas cápsulas se incrustaban en el terreno, liberando enemigos listos para asaltar la base. Para las lógicas avanzadas de las inteligencias artificiales, los transportes que parecían desertar no representaban una amenaza inmediata. Cada disparo dirigido contra esas naves sería un proyectil perdido que no impactaría contra los objetivos prioritarios: las balizas y su carga letal. Así, las naves nahuatlatas lograron despegar, escoltadas por el caos de una batalla que se intensificaba con cada instante.
En el subsuelo, un contador descendía inexorablemente. El temporizador de la bomba de fusión marcaba su fin. Un destello blanco, tan brillante que atravesó capas de roca y concreto, iluminó por un instante las entrañas de la base. La explosión se sintió incluso en las naves que huían, un temblor que recorrió el aire como un latido moribundo. Para los verdugos, esa explosión marcaba la culminación de una misión en la que la disciplina y la estrategia habían sido indivisibles.
Yatziri, aferrada aún a los mandos, no permitió que su mente divagara. Cada maniobra contaba, y cada segundo que las naves permanecían en el aire alejaba más la posibilidad de ser derribadas. Aunque la batalla en tierra continuaba, para ella, el verdadero enfrentamiento estaba en el vacío del cielo, donde el escape era la única victoria aceptable.
La explosión ocurrió en un parpadeo, un destello cegador que pareció detener el tiempo por un instante eterno, pero cuyo impacto cambiaría para siempre la historia de la humanidad.
La detonación del dispositivo de fusión termonuclear, en el corazón del laboratorio dedicado al fenómeno del entrelazamiento cuántico, desató un infierno apocalíptico. El núcleo de la explosión no solo liberó una energía devastadora, sino que también provocó una reacción en cadena que los científicos jamás hubieran podido prever. En el epicentro, un vórtice giratorio se formó, emitiendo una radiación nunca antes registrada, una anomalía que desafiaba las leyes de la física conocidas. Algunos teóricos posteriores especularían que lo que se creó fue una variante exótica de agujero negro, succionando todo lo que se encontraba dentro de su radio de influencia.
En cuestión de segundos, la radiación calcinó la tierra en un área de 100 kilómetros a la redonda, reduciendo a cenizas todo vestigio de flora, fauna y estructura humana. mientras el aire ardía con un calor tan intenso que las nubes en el cielo se evaporaron al instante. Los sensores orbitales, junto con los sistemas de monitoreo de todas las potencias globales y colonias espaciales, registraron la detonación como el evento nuclear más grande en la historia de la Tierra y de la humanidad misma. Sin embargo, para quienes estaban en tierra, este fenómeno era mucho más que una explosión; el vórtice resultante era un remolino voraz que consumía la materia misma, una tormenta de energía pura que transformaba todo lo que tocaba en una espiral de desintegración absoluta.
La intensidad del vórtice fue tal que anuló por completo el impulso de los motores de desplazamiento vectorial de las tres naves en fuga. Los pilotos se vieron forzados a activar los propulsores principales y auxiliares, quemando todo el combustible líquido disponible en un intento desesperado por ganar altitud y escapar del radio de succión. Los motores rugían con un esfuerzo sobrehumano, pero cada segundo en la periferia del vórtice los acercaba más a un destino fatal.
El primer transporte, que llevaba al pelotón de avanzada, fue alcanzado por un relámpago de energía que surgió desde el epicentro. La descarga calcinó el fuselaje, carbonizando su superficie exterior en un abrir y cerrar de ojos. La nave, convertida en una sombra de sí misma, perdió estabilidad y se desvió bruscamente antes de desaparecer, tragada por la vorágine del caos.
El segundo transporte, pilotado por Yatziri y que llevaba al Huey Cuachiq junto al resto del pelotón, no tardó en sufrir un destino similar. Un rayo cargado de energía desconocida impactó en el costado de la nave. El fuselaje se abrasó, el metal se retorció como si fuera cera bajo una llama, y las luces internas chisporrotearon antes de apagarse. Los motores, dañados por la descarga, dejaron de responder, y la nave comenzó a caer, deslizándose hacia el borde del vórtice. La tripulación, atrapada en sus asientos, sintió el descenso como una condena inevitable. Yatziri luchó contra los controles, mientras el Huey Cuachiq observaba en silencio, como si ya hubiera aceptado su destino. El transporte se desvaneció entre los remolinos de materia absorbida por el vórtice, tragada por la inmensidad de lo desconocido.
Tan repentinamente como había comenzado, el vórtice cesó. La tormenta de energía que había consumido todo en un radio de 100 kilómetros desapareció, dejando un paisaje vacío, calcinado y desolado. El suelo, antes vibrante con vida y actividad, era ahora una llanura de cenizas y sombras sin forma.
De las tres naves en retirada, solo una logró escapar del desastre. El transporte final, maltrecho y agonizante, emergió de la periferia del vórtice. Su fuselaje estaba cubierto de cicatrices de calor, y largas columnas de humo negro ascendían de sus motores dañados. A cada segundo, la nave parecía tambalearse, como si en cualquier momento fuera a desplomarse. Dentro, los tripulantes sobrevivientes se aferraban al tenue rayo de esperanza que les ofrecía la distancia ganada.
Con un último esfuerzo, la nave se dirigió hacia las fronteras del Anáhuac. A medida que se perdía en el horizonte, parecía un espectro, un testigo mudo del apocalipsis que acababa de desatarse. Las fumarolas que brotaban de su estructura marcaban su ruta en el cielo, un recordatorio del sacrificio que habían dejado atrás y de la fragilidad de la vida que habían logrado preservar, aunque solo fuera por un momento más.

