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VERDUGOS DEL ANÁHUAC

YEHUANTIN TLATSAKUILTIANIME IKUAN ANAHUAC

Anáhuacmiquiztepicanoah

 

Ipan Chiconahui  pemulo

Capitulo 9

 

Zona de Hangares

 

 

En la superficie…

Los controladores automatizados de tráfico aéreo en el complejo militar descartaron alguna alerta o inspección adicional cuando los caballos de Troya, transmitieron los códigos de seguridad al descender en las bahías de aterrizaje; En otros lugares equipos de infiltración angloamericanos se escabullían a través de los controles de acceso terrestre.

 

Los tres transportes aterrizaron en perfecta sincronía, haciendo una sola fila en el área de atraque.

En el instante que los propulsores se apagaron, Rojo 0 dio las últimas indicaciones a los líderes de pelotón, La conexión cuántica entre los dispositivos integrados en los cascos garantizaba que cada líder de pelotón recibiera las instrucciones con claridad absoluta, incluso en medio del caos que estaba a punto de desatarse.

 

— Recuerden, no es un ataque, es una declaración. Cada movimiento debe ser preciso, cada disparo un mensaje. —La voz de Rojo 0 resonaba grave y cargada de autoridad en los oídos de los soldados.

 

El operativo se divide en cuatro misiones clave:

 

Equipo negro: realizara un ataque frontal directo a los cuarteles, atrayendo a las fuerzas locales lejos de sus posiciones defensivas críticas. La prioridad es mantener presión máxima, duración mínima.

 

Equipo rojo: sea abrirá paso siguiendo los planos de las instalaciones, alcanzando los niveles subterráneos donde se encuentra el objetivo que debemos destruir. Serán el filo de la daga, o el hacha para asestar el golpe.

 

Equipo amarillo: cubrirá el avance del equipo rojo y establecera una posición defensiva fija si fuera necesario, serán nuestra muralla contra los refuerzos enemigos.

 

nuestros agregados furtivos se encargarán de la seguridad de los hangares para asegurar la extracción.

 

 

Desde el Anacaona, en órbita geo-síncrona, las baterías de armas cinéticas estaban listas. Las agujas de tungsteno, proyectiles de caída libre que convertían la gravedad en un arma apocalíptica, esperaban la orden final. Si el operativo fallaba, el bombardeo planetario sería ejecutado sin remordimientos, borrando el complejo y sus secretos del mapa en un radio de 10km. Las agujas de tungsteno perforarían el subsuelo alcanzando la profundidad del laboratorio con la tecnología experimental californiana.

 

El ataque orbital comprometería políticamente a la federación contra el resto del mundo dependiente de la industria de comunicación cuántica, pero en ese mismo momento el mando supremo se encontraba engañando a los políticos californianos refugiados dentro de la Federación, de un fatal ataque angloamericano al último baluarte de sus fuerzas militares. Si la captura o sabotaje de la tecnología experimental fracasaba, el mando no permitiría que otro país dispusiera de esa tecnología y coaccionaría a los políticos californianos para que ellos mismos solicitaran el bombardeo como último acto desesperado para evitar que sus logros fueran robados por el país que los invadió.

 

Para el Huey Cuachic y sus hombres, sin embargo, este desenlace no era una posibilidad. La victoria o la muerte estaban talladas en su código de guerra.

 

Los hangares bullían de actividad bajo la luz artificial de la madrugada. Los trabajadores, agotados por largas jornadas, estaban demasiado distraídos para notar algo extraño. Los cargueros esperaban su turno para descargar, mientras los técnicos hacían las revisiones rutinarias de las naves recién llegadas.

 

Las compuertas laterales de los transportes comenzaron a abrirse con un sistema hidráulico. Desde dentro, una figura tras otra emergió con un paso calculado. Los verdugos avanzaron en filas perfectas, sus uniformes completamente negros sin distintivos visibles. Para los trabajadores, eran una escolta más. Nadie levantó la voz, nadie hizo preguntas. Hasta que lo hicieron.

 

Un disparo resonó en la bahía, seco y definitivo, como un trueno anunciando la tormenta. Uno de los verdugos había disparado a un supervisor que se acercó demasiado a preguntar por los papeles de la nave. En un instante, la calma se evaporó y el hangar se transformó en un campo de batalla.

 

— ¡Fuego libre! Neutralicen la resistencia! —ordenó uno de los líderes de pelotón,{.

 

Los trabajadores, indefensos y aterrorizados, buscaron refugio tras las cajas y equipos. Pero los verdugos no se detenían. Avanzaban como sombras vivientes, sus rifles emitiendo destellos silenciados.

 

Desde las naves, más soldados desembarcaban. Los nahualli, expertos en sabotaje, desactivaron rápidamente los sistemas de monitoreo y anularon los accesorios para evitar que la alarma alcance los niveles superiores.

 

En los cuarteles, el equipo negro desencadenó un caos calculado. Explosiones controladas iluminaron los pasillos, y los gritos de los soldados locales se mezclaron con el retorno de botas y disparos. Cada acción del pelotón estaba diseñada para sembrar confusión, atrayendo a las fuerzas enemigas lejos del verdadero objetivo.

 

Mientras tanto, el equipo rojo y amarillo, se movían como espectros por los corredores. Liderados por el Huey Cuachic que estudiaba los planos holográficos proyectados en su visor, ajustando el avance con precisión. Las luces de emergencia titilaban, lanzando destellos rojos sobre las paredes metálicas mientras los soldados californianos intentaban desesperadamente bloquear su avance. Pero los verdugos no mostraron piedad.

 

— ¡Zona despejada! Continúen el avance. El laboratorio está a 200 metros. —informó rojo 0 al grupo.

 

Y así, los verdugos continuaron su marcha, dejando tras de sí un rastro de fuego y silencio.

 

Los verdugos avanzaron hasta llegar al umbral, donde una puerta ciega les bloqueó el paso al laboratorio enemigo. Antes de que pudiera acceder al elevador, un grupo de seis autómatas de combate pesado que hasta entonces había permanecido desactivados, como estatuas de vigilantes inertes, encendieron sus procesos internos. Estas moles robóticas, de más de tres metros de altura, poseían blindaje reforzado y armamento pesado, incluidos cañones rotatorios de plasma y lanzadores de microexplosivos. Sus movimientos eran torpes, pero su poder destructivo podía devastar la posición de los verdugos si no se accionaba rápidamente.

 

Tzilacatzin, el comandante de los verdugos, reaccionó de inmediato.

— ¡Verdugos, mutación autorizada! ¡Limpien esta sala!

 

Uno a uno, los verdugos activaron las manipulaciones genéticas incorporadas en sus cuerpos. La transformación era inmediata: los músculos se hinchaban, las pieles se oscurecían y endurecían como si fueran armaduras orgánicas, mientras los ojos brillaban con una intensidad animal, reflejo de los depredadores que ahora compartían su ADN. Estas alteraciones fueron resultado de modificaciones genéticas que incluyeron aportaciones morfológicas de varios animales, incluyendo panteras y tlacuaches, diseñadas para maximizar resistencia, velocidad y supervivencia.

 

Los genes trans humanos les otorgan una agilidad felina, permitiendo a los verdugos esquivar disparos, realizar saltos increíbles y moverse con precisión letal incluso en terrenos cerrados. Sus garras retráctiles en sus manos, cubiertas por una queratina hiper resistente, perforan blindajes ligeros con facilidad. Por otro lado, los rasgos del tlacuache les brindaban una resistencia sin precedentes al dolor, la capacidad de soportar heridas graves y una acelerada regeneración celular que les permitía continuar combatiendo, aunque estuvieran al borde del colapso.

 

La mutación, sin embargo, venía acompañada de un estado mental peculiar. Sus cuerpos, inundados por neurotransmisores como la adrenalina y la dopamina, entraban en un modo de combate inigualable. La agresividad aumentaba hasta niveles feroces, pero gracias a los procesadores híbridos biotecnológicos implantados en sus cerebros, los verdugos mantenían una concentración fría y táctica, capaces de evaluar la batalla incluso en ese estado casi animal. Estas modificaciones, más difundidas dentro del bajo mundo criminal, pero sin igualar el mismo grado de letalidad, aseguraban que el frenesí de combate no los volviera una amenaza para sus propios compañeros.

 

Raxdaoxhen, el médico del pelotón, supervisaba atentamente los signos vitales de cada miembro. Sabía que el uso prolongado de las habilidades mutantes podía provocar un colapso metabólico o un shock anafiláctico. Con su equipo quirúrgico portátil listo, mantenía comunicación constante con los procesadores de los soldados para intervenir si alguno cruzaba el umbral crítico.

 

Los autómatas disparan sus cañones de plasma, llenando el espacio de destellos ardientes y ondas de choque. Apoyándose con los verdugos del equipo amarillo. Yoco, armado con su ametralladora de riel, se posicionó en el centro, cubriendo a sus compañeros con una lluvia de proyectiles que mantenía a los robots a raya. Sus disparos, dirigidos a las articulaciones y sensores, debilitaban progresivamente la movilidad de las máquinas.

 

En el flanco izquierdo, Anorí usó su mochila de propulsión para realizar un salto sobre uno de los robots, aterrizando en su hombro ciego. Desde esa posición, clavó sus garras mutadas en el cuello de la máquina, arrancando cables y dejando expuesto el núcleo de energía. Aktzin lanzó una granada electromagnética que explotó justo en el núcleo, desactivando al autómata con una explosión controlada.

 

Mientras tanto, Tachi , con su habilidad puntual, utilizó su fusil láser para disparar a los puntos débiles en los cabezales de las máquinas, destruyendo sus sistemas ópticos. Bodaway, desde una posición elevada, lanzó esferas de plasma que derretían el blindaje de los robots, dejando a sus compañeros espacio para ejecutar los golpes finales.

 

En el flanco derecho, Wzio , armado con su emblemático «último rifle» modificado, ajustó su potencia al máximo y disparó un proyectil de 160 mm que atravesó a dos autómatas, perforando incluso el blindaje trasero. La sala tembló con el impacto, y una lluvia de chispas iluminó el campo de batalla.

 

El último robot restante intentó flanquearlos, pero Cochise, con su fuerza aumentada por la mutación, lo embistió, derribándolo al suelo. Con un rugido, arrancó el panel frontal del autómata y colocó una granada dentro del compartimento, que explotó segundos después, dejando al enemigo reducido a chatarra.

 

Con la sala despejada, Iktan desbloqueó la compuerta ciega que conducía al elevador. Tzilacatzin organizo el siguiente movimiento:

— equipo amarillo, primera escuadra, aseguren el subsuelo. Informe inmediatamente una vez despejado. Segunda escuadra, protejan este punto. Equipo rojo, prepárense para el descenso.

 

La primera escuadra del tercer pelotón ingresó al elevador, manteniendo una formación defensiva. Al llegar al nivel subterráneo, dos verdugos se parapetaron frente a la salida, mientras otros dos tomaban cobertura en los extremos del pasillo. El comandante del pelotón Ipan ce cuachiq, confirmando que no había presencia hostil en las inmediaciones

 

Por el comunicador cuántico, amarillo 1 informó:

— Acceso despejado. Sin contactos hostiles en el sector.

Tras recibir la señal, Tzilacatzin ordenó al equipo rojo ingresar al elevador.

El Huey Cuachic Tzilacatzin, portando la bomba de fusión portátil, encabezaba el avance. Su presencia imponía respeto; la figura de un líder decidido y letal, herencia viva de los guerreros mexicas. Mientras el elevador descendía, los soldados ajustaban sus armas, conscientes de que estaban a punto de enfrentar una prueba más peligrosa. La tensión era palpable, el aire parecía pesar más con cada metro de descenso. Aunque el enfrentamiento contra las moles robóticas había demostrado la capacidad letal de los verdugos, cada uno sabía que las amenazas en el laboratorio eran una incógnita que podría superar cualquier cálculo.

 

La misión aún estaba lejos de concluir.

 

Sobre la plataforma que descendía hasta el subsuelo viajaban once figuras, cada una con un trasfondo único que alimentaba el alma colectiva de los verdugos, una fuerza tan diversa como mortal.

 

Huey Cuachic Tzilacatzin rojo 0. Líder absoluto de los verdugos, Tzilacatzin había nacido en la región autónoma de Aztlán. Su nombre evocaba al legendario guerrero mexica conocido por su valentía y ferocidad en la batalla. En su sangre fluía la herencia Nikal Tinemi, la filosofía de los mexicas de “vivir verdaderamente”. Armado con un arma corta de riel y una bomba de fusión portátil, Tzilacatzin era más que un líder: era el símbolo de un linaje indomable. Bajo su liderazgo, los verdugos no solo combatían, sino que encarnaban la lucha por la supervivencia y el honor.

 

El Ipan Ce cuachiq del pelotón rojo 1, Cochise, de ascendencia apache, era un estratega de espíritu combativo. Su nombre era un homenaje al legendario jefe apache que resistió al ejército Angloamericano. Cochise portaba equipo de asalto pesado, su enfoque directo y contundente reflejaba su personalidad: un guerrero que prefería liderar desde el frente, sin temor a ensuciarse las manos. Era conocido por su sabiduría y su habilidad para mantener la calma en el caos.

 

Rojo 2 Anorí, de ascendencia inuit. Anorí era la viva representación de la adaptabilidad a los entornos más hostiles. Su mochila de propulsión lo hacía el más ágil del grupo, capaz de realizar movimientos imposibles para otros soldados. Su rifle de asalto láser era una extensión de su propia destreza. Silencioso y reflexivo, Anorí poseía una conexión instintiva con su entorno, un legado de su pueblo que lo hacía un cazador nato.

 

Rojo 3 Ravi. descendiente de inmigrantes hindúes que llegaron al Anáhuac durante las guerras mundiales, Ravi aportaba una mezcla única de tradición y modernidad. Su fusil láser y ametralladora balística le conferían versatilidad en el combate. Filosófico en sus ratos libres, Ravi creía en el equilibrio, pero en la batalla era feroz y precisa, motivado por un profundo sentido de deber hacia sus camaradas.

 

Rojo 4 Aktzin. heredero de la tradición totonaca, Aktzin era el encargado de abrir caminos con su lanzagranadas y fusil láser. Su nombre, que significa «señor del agua», reflejaba su fluidez en el combate y su capacidad para adaptarse a cualquier situación. Extrovertido y lleno de historias de su tierra natal, Aktzin era el alma del grupo, siempre listo para motivar a sus compañeros.

 

Rojo 5 Tachi. de herencia mixteca, Tachi era el francotirador del subgrupo de asalto, famoso por su paciencia y precisión. Introvertido pero extremadamente observador, su enfoque en el combate era casi meditativo. Equipado con un fusil láser, Tachi siempre encontró el punto débil de sus enemigos, demostrando que la paciencia es la mayor de las virtudes en el campo de batalla.

 

Rojo 6 Yoco. El encargado de la cobertura, Yoco , de herencia yaqui, era una fuerza imponente. Su nombre, que significa «jaguar», se reflejaba en su estilo de combate: explosivo y letal. Armado con una ametralladora de riel portátil, Yoco era el muro que sus enemigos no podían atravesar. Fuera del combate, era protector de su equipo, un hermano mayor para muchos.

 

Rojo 7 Wzio conocido como «relámpago», Wzio , de ascendencia zapoteca, era el tirador de precisión del pelotón. Su rifle de francotirador modificado, «El Último Rifle», le permitía neutralizar cualquier amenaza, por blindada que fuera. Además, su equipo de vuelo personal le otorgaba una ventaja táctica única. Aunque reservado, Wzio tenía una intensidad en su mirada que lo decía todo: siempre estaba dos pasos por delante de sus enemigos.

 

Rojo 8 Raxdaoxhen, El médico del grupo, cuyo nombre zapoteco significa «alma grande», era el guardián de la vida entre los verdugos. Su presencia tranquila y su habilidad para concentrarse bajo presión lo convertían en un pilar esencial del equipo. Sabía que su función era mantener a sus compañeros en pie, incluso cuando el desgaste de sus habilidades mutantes los pusiera al borde del colapso.

 

Rojo 9 Iktan, Ingeniero tecno-militar, Iktan era el cerebro detrás del avance tecnológico del pelotón. Su nombre maya, que significa «ingenioso», era una descripción perfecta de su habilidad para hackear sistemas, desbloquear accesos y manipular tecnologías enemigas. Aunque más inclinado a la tecnología que al combate, Iktan no dudaba en proteger a su equipo cuando era necesario.

 

Rojo 10 Bodaway, Artillero del grupo. Bodaway, cuyo nombre cheroquee significa «máquina de fuego», era una fuerza de destrucción en el campo de batalla. Con su cañón de plasma y equipo de vuelo personal, podía cambiar el rumbo de un enfrentamiento en cuestión de segundos. Era apasionado ya menudo impulsivo, pero su lealtad inquebrantable al equipo lo hacía una pieza vital en el pelotón.

 

En la retaguardia, los remanentes del tercer pelotón desarrollaron una línea de defensa impenetrable. Los pocos refuerzos enemigos que llegaron encontraron una muralla de fuego y acero, incapaces de romperla.

 

En el laboratorio, el caos se desataba como un torrente imparable. Los científicos, acostumbrados a una vida de rutina y cálculos meticulosos, sintieron por primera vez el frío aliento de la muerte. Sus rostros, pálidos y desencajados, reflejando un terror puro, incapaz de ser procesado por mentes acostumbradas a la lógica. Mondragón, centro y mente de la operación, quedó paralizado, sus manos temblorosas aferradas a un borde metálico. El eco de los disparos aun reverberando entre las paredes blindadas, cada detonación hundiéndolos más en la desesperación.

 

Sin embargo, entre los científicos, una figura destacó. Alvarado, un joven aparentemente tímido y desprovisto del aire solemne de los académicos, reaccionó de forma distinta al resto. Mientras los demás sucumbieron al pánico, él actúo con una velocidad y una eficiencia antinaturales para un asistente de investigación. Sus movimientos fueron precisos, casi instintivos. Apenas sonaron los primeros disparos, Alvarado se deslizó tras un banco de trabajo, utilizando las sombras proyectadas por los aparatos científicos como cobertura.

 

Sus ojos, normalmente serenos y distraídos, brillaban ahora con una intensidad nueva. Una mezcla de cálculo frío y una chispa de entusiasmo que contrasta con el horror que envolvía a sus compañeros. En un acto que podría pasar desapercibido para cualquiera menos atento, tomó una de las armas caídas junto a los cadáveres de los soldados californianos. Sus dedos recorriendo el arma con fluidez, como si hubieran sido entrenados para manipular ese tipo de equipo. Lo hace rápido, sin vacilar, y en silencio.

 

Desde su posición detrás de un generador experimental, Alvarado comienza a disparar ráfagas cortas. No lo hace con la intención de eliminar a los intrusos, sino para ralentizar su avance, sus movimientos coordinados indicando un conocimiento avanzado de tácticas defensivas. Cada ráfaga está medida, buscando más disuadir que dañar. Aunque el sudor corre por su frente, sus manos se mantienen firmes y su respiración controlada.

 

El joven utiliza el laboratorio como si fuera un campo de batalla, aprovechando cada aparato científico, cada estante lleno de herramientas y equipos, como cobertura improvisada. La habilidad con la que se mueve no es casualidad.

 

Su concentración es absoluta, pero no implacable. Una pequeña sonrisa curva sus labios cuando un disparo enemigo impacta contra un contenedor de solución química, generando una densa nube de humo que oculta momentáneamente su posición. En su mente, aquel «juego del caos» que aprendió en adiestramientos de realidad inversiva cobra vida. Para él, el laboratorio ya no es un lugar de trabajo, sino un tablero en el que cada pieza, desde el equipo científico hasta los invasores se mueve, según reglas que él comprende mejor que nadie.

 

Sin embargo, Alvarado no pierde de vista su objetivo. Cada disparo, cada movimiento, está diseñado para retrasar lo inevitable. Su misión, asegurar la posición hasta la llegada de los verdugos. Los Rangers pronto percibieron que los disparos no son ofensivos, sino tácticos. Pero antes de que puedan reaccionar completamente, Alvarado ya ha cambiado de posición, aprovechando la confusión para ganar segundos valiosos.

 

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