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Un pasado posible, un presente probable.

El espejo humeante: una historia diferente

 

Según el efecto mariposa, una pequeña perturbación puede generar un gran cambio. Así, una pequeña decisión o una casualidad del azar pueden determinar el futuro de maneras impredecibles. Basándose en esta premisa, el artista Eduardo Villacís ha creado una exposición en la que relata una historia, con mayúsculas, diferente.

Bajo el título, “El espejo humeante”, esta exposición, que también cuenta con una novela gráfica, muestra cuadros, esculturas y demás objetos artísticos que recrean una supuesta expansión de la civilización azteca por Europa. La exposición explora qué habría sido si América hubiera conquistado el continente europeo. Para llegar a esa situación, el autor altera los sucesos que determinaron nuestro tiempo. Todo empieza con la llegada de Cristóbal Colón a América.

La llegada de Colón a América

Imaginemos que la historia hubiera sido al revés de cómo nos la contaron. Cuando Colón llegó a América en el año 1492, los aztecas le capturaron junto a su tripulación, por lo que nunca más se volvió a saber de él ni de sus descubrimientos. Así, los documentos de la época contarían que Colón fue considerado un inmigrante ilegal y detenido por negarse a contestar a las preguntas en una lengua conocida.

Aztecas

La civilización azteca se habría quedado con los barcos y armas que los europeos habían usado para llegar a América y con los mapas que llevaban. Con el paso de los años, los aztecas desarrollaron sus propias armas de fuego y construyeron barcos con los que poder atravesar el océano. Después de que uno de sus líderes espirituales tuviera una visión, valientes guerreros aztecas se embarcaron a la mar con el fin de descubrir la tierra de donde procedían esas personas.

De cómo empezó la civilización en “Améxica”

En esa época, la población europea estaba diezmada por la peste negra y era dominada por la Iglesia. Al llegar los aztecas, ataviados con plumas que imitaban las alas de un pájaro y con barcos que imitaban a monstruos como los descritos en el apocalípsis, las autoridades católicas pensaron que eran ángeles mientras otros pensaban que eran demonios por lo que ordenaron a los ejércitos no oponer resistencia.

Esas nuevas tierras descubiertas por los aztecas fueron llamadas “Améxica”, o sea, aquello que no es México. En la conquista de Améxica, varios pueblos fueron exterminados, como los ingleses, y con ello sus idiomas y referencias culturales. Los aztecas fundaron sus ciudades y construyeron pirámides en honor a sus dioses. Su capital fue establecida en Roma donde destruyeron el vaticano y crearon una gran pirámide.

En la actualidad existen muchos mitos y leyendas de la conquista de Améxica. Los aborígenes que allí habitaban no poseían una lengua civilizada y usaban símbolos arcaicos para escribir. Sus líderes no eran guerreros, más bien todo lo contrario. Estos eran personas gordas que no podían defenderse ante un ataque, al igual que los miembros del ejército de su dios.

Los aborígenes practicaban religiones arcaicas, en vez de sacrificar personas a sus dioses, éstos sacrificaban a sus dioses. La religión mayoritaria era el henrismo cuyo nombre proviene de su dios Henry. El nombre fue conocido muchos años después cuando los investigadores descifraron los extraños símbolos que escribían en las maderas que representaban el sacrificio de su dios (Inri). Sus prácticas eran absurdas pues comían y bebían el cuerpo y la sangre de su dios cada domingo; creían que los niños podían nacer sin la práctica sexual y por ello llamaban padre a sus líderes espirituales.

El espejo humeante: una historia diferente

Detrás del espejo humeante

El relato de como los aztecas conquistaron Europa y el surgimiento de mitos y leyendas que desprestigiaban a los habitantes europeos no es más que el revés de lo que pasó cuando se colonizó América. Y es que la historia de los vencedores necesita justificar el uso de la violencia y en esa justificación surge el desprestigio. Los perdedores de aquella época no tenían voz para contraargumetar por lo que Eduardo Villacís, a través de este relato fantástico, se la ha devuelto.